Entró en la primera que encontró y en la cual no había cola, por cierto, y pidió un café americano solo y un cruasán. El café estaba tostado a la perfección, denso y chocolateado, y el cruasán tenía el exterior crujiente y con capas y el interior era una delicia con sabor a mantequilla. Por fin con el estómago satisfecho, Lacey decidió que era de encontrar ropa de más calidad. Había visto una bonita boutique de ropa al otro extremo de la calle mayor, y había empezado a caminar en dicha dirección cuando el olor a azúcar le asaltó el olfato. Miró a su alrededor, localizando una tienda de caramelos artesanales que acababa de abrir sus puertas, y entró en su interior, incapaz de resistirse. ―¿Quieres probar una muestra? ―le preguntó un hombre vestido con un delantal a rayas blancas y rosas.

