―¡Si soy real!, ¿acaso no te fías ni de tus ojos? Sorprendido por aquella respuesta me puse a la defensiva y pregunté algo alterado: ―¡Mis ojos!, ¿qué les pasa a mis ojos? ―Pues que con ellos me estás viendo. ―¡Ah, bueno, creía…!, ¡sí claro que sí, que me fio de ellos!, pero ¿tú de dónde has salido? ―¡Bien, veo que ya te animas! ―¿Animarme a qué? ―A preguntar algo. ―¡Sí, dime!, y ya no le des más rodeos, que nos va a amanecer y no me habrás aclarado aun nada. ―¡Amanecer!, ¿qué es amanecer? ―Mira, ¿acaso no habías dicho que fuera yo el que preguntara?, pues ahora no le des la vuelta a la tortilla, y no seas tú el que me empiece a preguntar. ―Sí, me has preguntado que de dónde he venido, ¡de allí! Y levantando su larguísimo brazo me señaló a las estrellas. ―¡Anda ya!, ¡eso no pu

