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1582 Palavras
Punto de vista de Ethan. Me froté la cara con cansancio con una mano mientras tecleaba en mi portátil con la otra. Me quedaba hasta tarde en el trabajo debido a la carga laboral excesiva que ya tenía por aquellos días en que fui al bar en lugar de ir a trabajar. Han pasado tres días desde el incidente de la cena y no he hablado con Alexa. Ni siquiera ella ha intentado dirigirme la palabra. Ambas estábamos librando una guerra silenciosa, negándonos a reconocer nuestra presencia. La tensión entre nosotras era tan palpable que estaba segura de que todo el personal la había notado. Incluida Nana. Me preguntaba por qué no había intervenido para preguntar qué estaba pasando. Aparté la vista de mi portátil y cogí un documento para revisarlo cuando la puerta de mi despacho se abrió y entró Jacob. Fruncí el ceño. Era el único que podía entrar en mi despacho sin permiso y salirse con la suya. —¿Qué pasa esta vez? —pregunté, frunciendo aún más el ceño mientras lo veía sentarse en mi sofá. —¿Qué es lo que oigo sobre que no vas a asistir a la cena? —preguntó, frunciendo el ceño mientras esperaba mi respuesta. Fruncí el ceño confundida. “¿Qué cena?” Intenté recordar si había alguna cena a la que me hubieran invitado y que hubiera olvidado. “A finales de mes, tus trabajadores se organizan una vez al año. Es mañana, Ethan”, me recordó. «¡Mierda!». Rápidamente agarré mi agenda de la semana y fruncí el ceño al no ver ninguna mención de la cena que se suponía que se celebraría mañana. «Mi secretaria debe de haberse olvidado de añadirla a mi agenda». —Sí, tienes que cambiarla cuanto antes. —Se recostó en la silla—. No puedes olvidarte de estas cosas. La mayoría de tus socios estarán allí mañana y no te conviene faltar. “Sí, debería nombrarte mi secretaria.” Se burló. “Sí. Ya quisieras.” —De acuerdo, estaré allí después de salir del trabajo mañana —respondí, volviéndome hacia mi computadora portátil una vez más. —¿Entonces, tu esposa va a estar allí? —preguntó, alzando una ceja mientras me observaba. —Por supuesto que no —respondí con el ceño fruncido. “¿Por qué no?” Empezó a tamborilear con los dedos sobre la mesa, con una chispa de diversión en los ojos. “Porque no quiero que lo haga. ¿Es esa razón suficiente?” Crucé los brazos, mirándolo fijamente. “No. Jacob, es una cena donde estarán todos tus socios de negocios. Sabes, la gente te considerará más responsable si tienes esposa. Y esa cena a la que asistieron juntos la última vez no demostró en absoluto que estén casados.” —Sí, nos fuimos temprano —murmuré, frunciendo el ceño al recordar lo mal que había resultado una simple cena entre nosotros. —¿Por qué? —insistió, con los ojos brillando de interés mientras me observaba. “¿Y qué?” No iba a permitir que se entrometiera en mi relación de esa manera. Nunca había conocido a un hombre al que le gustara tanto el chisme como a Jacob. —Llévala a la cena. Preséntala a todos como tu siempre encantadora esposa. —Sonrió, mientras seguía tamborileando con los dedos sobre la mesa. “¡De ninguna manera!” Aprieto los dientes, me recuesto en la silla y me froto la cara. —¿Qué pasó en la cena? —preguntó, ahora con un tono más serio. —Fue un desastre —gemí—. Un desastre total. No quiero volver a salir con ella jamás. Sé que haría algo para arruinarlo todo. —Bueno, me temo que no tienes otra opción —murmuró—. Tienes que llevarla allí. Puede que no tengas otra oportunidad. Siempre habrá una oportunidad. Esto es el mundo de los negocios, Jacob. Siempre habrá algún evento empresarial al que pueda llevarla. Pero no quiero que provoque un berrinche entre mis socios. Los ahuyentaría —suspiré. “Ella no parece ser así. Creo que eres tú quien la está irritando constantemente con esa actitud de imbécil que tienes.” —¿Sabes qué? —exclamé con enojo—. Que te jodan. Si estás aquí para tomar partido, lárgate de mi oficina. Lo oí suspirar. —No estoy tomando partido, Ethan. Simplemente te estoy diciendo la verdad, algo que nadie más te dirá, excepto yo —dijo con paciencia—. Intenta ser indulgente con ella. Y tal vez ella también intente ser amable. Lo miré de reojo, luego suspiré y aparté la mirada. “Está bien. La traeré conmigo. Así que, por favor, deja de hablar de esto y dime cuál es la razón principal por la que estás aquí”. Hizo un puchero. “Estoy aquí porque te echo de menos”. “Menuda mierda.” —Vale, vale —dijo con una sonrisa, acomodándose en el asiento de una manera que me hizo saber que tenía algo interesante que contarme. “Tengo algo que contarte.” Entré en casa con el corazón latiéndome con fuerza mientras buscaba a Alexa. De todas formas, no esperaba encontrarla aquí. Seguramente ya se había acostado. Comencé a subir las escaleras en silencio cuando un movimiento me llamó la atención en la cocina. Fruncí el ceño, preguntándome qué hacía la abuela despierta a esas horas. Bajé las escaleras y fui a la cocina, abrí la puerta un poco más y me detuve al darme cuenta de que no era la abuela, sino Alexa. Levantó la cabeza y sus ojos se encontraron con los míos antes de apartar la mirada y tomar una bola de helado del bote. Estaba sentada en la isla de la cocina, vestida con un top corto y pantalones cortos que dejaban ver mucha piel. Me quedé mirando sus piernas, luego tragué saliva, apretando la mandíbula mientras la observaba. —Menos mal que estás aquí —empecé a decir, observándola en busca de alguna respuesta o reacción. No obtuve ninguna. —Alexa —llamé con impaciencia, frunciendo el ceño. Aun así, no hubo reacción ni respuesta. Mi ceño se frunció aún más. Le arrebaté el cubo de la mano y lo dejé en el suelo. “¡Oye! ¡Devuélvelo!” —Me alegra saber que puedes hablar —dije secamente. —Devuélveme el cubo —espetó, extendiendo la mano hacia adelante. —Me temo que no puedo. Tengo algo que contarte —respondí secamente. —Déjame adivinar, ¿tienes otra cena a la que quieres que vaya contigo? —Cruzó los brazos sobre el pecho, mirándome fijamente. “Sí, has acertado.” —No voy a ir —dijo, entrecerrando los ojos al mirarme. “Sí, Alexa. Lo eres.” “No lo soy, Ethan. Solo dame el helado y deja de ser un maldito imbécil.” No estoy siendo un idiota. Eres tú quien no quiere entender cosas sencillas. Hay una cena en mi trabajo. Es obligatorio que vengas conmigo. —Sí, pues me temo que no puedo ir a la fiesta contigo —dijo, bajando de la isla de la cocina y mirándome fijamente—. Y puedes quedarte con el resto del helado. Déjame en paz. Pasó a mi lado dando pisotones, y por reflejo le agarré la mano, atrayéndola hacia mí. Su piel se presionó contra la mía, con los ojos muy abiertos y los labios entreabiertos. Su aroma a vainilla me invadió, atacando mis sentidos. Me aclaré la garganta, endureciendo mi rostro mientras la miraba fijamente. «Realmente no tienes opción, Alexa. Debes venir conmigo y debes usar lo que te compre, ¿de acuerdo? De lo contrario, nuestro compromiso se extenderá de un año a dos». Jadeó y comenzó a zafarse de mi agarre. La sujeté con más fuerza y ​​pegué su cuerpo al mío. «A menos, claro, que eso sea lo que realmente quieras», añadí, con una sonrisa burlona en los labios. —Estás delirando —dijo furiosa, mirándome fijamente mientras seguía intentando zafarse de mi agarre. —¿Vienes o no? —pregunté. “De acuerdo. Asistiré a tu estúpida cena contigo.” “Bien. Bien. ¿Y te pondrás lo que te compre? No puedo permitir que te vistas como una maldita mendiga estando casada conmigo”, le dije. “No me pondré lo que me compres, Ethan. Deja de intentar vestirme, por Dios. Puedo hacerlo yo sola.” —Me temo que no puedes. —Entrecerré los ojos—. ¿Vas a ponértelo o debería pedirle a mi abogado que extienda la duración de nuestro matrimonio a dos años? —amenacé. —Bien, maldito enfermo. Me pondré lo que quieras —espetó ella. —Buena chica. Solté su mano, lo que la hizo tambalearse hacia atrás por la sorpresa. Se frotó la muñeca, jadeando, mientras me miraba fijamente. —Te odio —espetó antes de marcharse furiosa. La vi alejarse con paso firme, contoneando las caderas en todas direcciones. Luego miré el helado que ya se estaba derritiendo. Suspiré, frotándome la frente al sentir que me venía un dolor de cabeza. Me pregunté si debería haberme casado con Allesia, ya que ella no me daría tantos quebraderos de cabeza. Pero, pensándolo bien, ¿acaso habría querido una mujer que no me desafiara de vez en cuando? Suspiré, salí de la cocina y me dirigí a mi habitación.
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