Pues, al fin y al cabo, como si fuese una enfermedad más de las muchas que había tenido que tratar, debía de ser él mismo quien quisiera recuperarse y sanar, pero él no quería, el cual aprovechaba cada oportunidad que tenía para coger una piedra del suelo y lanzarla lo más lejos posible. Al principio era solo un juego, pero poco a poco se hizo cada vez más frecuente, y ya no la tiraba hacia lo lejos, sino que empezaba a apuntar a otras rocas, árboles e incluso a animales. Fue ahí cuando tuve que intervenir y prohibirle hacerlo, pues podía notar cómo sus sentimientos más instintivos empezaban a aflorar y se perdía cualquier pizca de compasión que tuviese más propia de su edad. La relación en poco tiempo se deterioró, pues de escucharme atentamente, pasó a una clara indiferencia. Nada de

