Me temblaba hasta el alma, me agarraba del bajo como si fuera un salvavidas. Como si pudiera evitar que me ahogara en el aroma de su perfume, en su perfil, o en sus ojos cuando me miraba. Estaba hecha una colegiala, solo me faltaba la risita estúpida y hacerle caritas. —¿Quieres que te muestre algo más? —preguntó, pero sonó raro. A mí me sonó raro o me lo estaba imaginando. —No. Está perfecto. Él también se había dado cuenta. Me puse roja. —¿Necesitas algo más? —insistió. Peor todavía. —No, creo que no. —Bueno —dijo—. Te dejo tranquila, para que te acomodes. —Está bien. Puso la caja en la mesa, pero no se fue. Si yo estaba leyendo mal lo que quería decirme iba a durar dos días en esa casa. —¿Hace mucho tocas el bajo? —me preguntó. —Desde los 12. Mi abuelo tocaba, aprendí de él, u

