Llegué a duras penas al trabajo a la mañana siguiente. Me dolía hasta el alma, tenía el cuerpo molido y caminaba como una cría de venado dando sus primeros pasos sobre hielo. Quién diría que un maratón de placer podía dejar a una persona tan destruida al día siguiente. Ni el corrector milagroso logró cubrir del todo la marquita en mi clavícula. La retoqué a toda prisa mientras le mentaba la madre al genio que decidió que las blusas de oficina solo pueden ser blancas. Cuando por fin aterricé en mi escritorio, necesitaba urgentemente un café cargado, un masajista, y posiblemente una coartada. Al llegar el mediodía, decidida a no repetir el teatrillo de telenovela de ayer, me planté en el vestíbulo de la empresa. Prefería atajar el drama en la entrada antes de que subie

