"Cici," murmuró, con una voz tan baja que derretía metales, "¿le pusiste algo raro a mi sopa?" Sus ojos brillaban. "Solo tomé un sorbo y ya estoy... increíblemente acalorado." Se acercó aún más, sus labios rozando los míos. "Tengo muchas, pero muchas ganas de besarte." Un escalofrío me recorrió de punta a punta. Tragué saliva, y con ese tipo de valentía irracional que solo aparece cuando sabes que están solos, me puse de puntillas y lo besé. Como encender una chispa en un bosque seco, todo explotó. Él rodeó mi cintura con fuerza y me atrajo hacia él de un tirón. Su boca se apoderó de la mía, insistente, hambrienta y segura. Afuera, el sol seguía achicharrando, las cigarras chillaban. Adentro, solo existía él—su boca, sus manos, la forma en que mi corazón se vol

