“Scarlett.” Esa voz me arrancó del sueño. Batí las pestañas y, cuando enfoqué bien, vi a Lucien sentado al borde de la cama. Miré al techo y supe al instante que no estaba en mi cuarto, sino en el suyo. Desde lo de ayer, ni siquiera había intentado volver a mi habitación. Lo observé. Tenía los ojos rojos y se veían sombras de cansancio bajo ellos. “¿Me desmayé ayer?” pregunté con la voz áspera. Lucien me pasó un vaso de agua ya preparado. Lo tomé como si llevara siglos sin probar líquido. “¿Qué pasó ayer?” volví a preguntar. “Te desmayaste justo después de hablar. Te llevé de vuelta y llamé al médico. Dijo que tenías fracturas.” Su voz sonaba truncada, como si la rabia le siguiera ardiendo por dentro. “Maldita sea… debí haberlos hecho sufrir más.” Intenté sentarme

