Alina Torres
Nunca podría olvidarlo, aunque quisiera. Él es el recuerdo constante de lo hermoso que es sonreír, un eco perpetuo de esos tres días que vivimos con una intensidad arrebatadora, como si el mundo se fuera a terminar. En ese breve lapso, dejamos atrás el pasado y no nos atrevimos a imaginar el futuro. Solo existíamos en el presente, tomados de la mano, siendo dos desconocidos que, de algún modo, se conocían mejor que nadie. Mi desconocido más conocido.
Lo nuestro no fue algo que pudiera explicarse con palabras. Era fuerza, era un imán ineludible, era amor en su forma más pura y profunda. Ese famoso amor a primera vista que te roba la razón, que nubla tu juicio y te llena de emoción. No pensábamos en consecuencias, en si estaba bien o mal, simplemente nos dejamos llevar, como si el mañana fuera un lujo que no nos correspondía.
La despedida llegó, como un final inevitable que ninguno de los dos estaba preparado para enfrentar. Yo regresaba a Canadá; él se quedaba en Estados Unidos. En el aeropuerto, sus palabras fueron un puñal dulce:
—Gracias por la felicidad de estos días, por la alegría de conocerte— Me abrazó con una fuerza que parecía querer detener el tiempo, pero aun así nos soltamos.
—Podemos contactarnos, ¿no?— me preguntó con esa chispa de esperanza en sus ojos, y aunque mi corazón ya sabía lo frágil que sería esa promesa, le dije que sí.
Durante las primeras semanas, los mensajes fueron un refugio. Hablábamos con entusiasmo, compartíamos nuestras vidas como si la distancia no existiera. Pero, poco a poco, sus palabras se hicieron más escasas, hasta que, un día, llegó el mensaje que me rompió. Me dijo que iría a Afganistán, a un campo de batalla de los más duros. “No puedo pedirte que me esperes,” escribió, “porque ni yo sé si regresaré. Pero siempre recordaré lo que vivimos, Alina. Por favor, no sufras por mí”.
Ese fue el final de nuestras conversaciones. Nunca más volví a saber de él. En las noches que siguieron, recé no una, sino muchas veces, pidiendo que, a pesar de la distancia y el peligro, regresara con vida. Pero sabía que no podía aferrarme a él, porque lo nuestro siempre había sido un amor libre, sin cadenas, y eso me obligó a soltarlo, aunque mi corazón se resistiera.
El tiempo pasó, y con él, mi vida tomó nuevos rumbos. Me gradué, terminé mi especialidad, y regresé a Canadá para establecerme en Toronto, donde comencé a dar clases como profesora y abrí mi propia clínica. Me mantuve ocupada, siempre con la disposición de seguir adelante, aunque el recuerdo de él seguía siendo un susurro en mi memoria.
Hace un año, asistí a una fiesta por insistencia de mis padres. Allí conocí a Henry Levy. Era un destacado cirujano, conocido por su brillante carrera, pero lo que más me impresionó no fue su éxito, sino su forma de hacerme reír. Había en él una ligereza y una confianza tranquila que me atrajeron de inmediato. Esa noche fue la primera en mucho tiempo en la que me permití disfrutar sin pensar en lo que había perdido.
Con el tiempo, Henry y yo nos hicimos amigos. Descubrí que detrás de su aparente fortaleza había un hombre que también estaba enfrentando momentos complicados. Él tenía 35 años y yo 26, y ambos compartíamos una especie de presión silenciosa: la expectativa de que a nuestra edad ya era “hora” de casarnos. Esa insistencia externa, aunque incómoda, nos unió de una manera inesperada.
Nuestra relación comenzó lentamente, casi por compromiso más que por pasión. Pero, curiosamente, a pesar de cómo inició, disfrutaba su compañía. Henry era un hombre admirable, no solo por su carrera, sino por su forma de ser: tenía una empatía genuina y un sentido del humor que iluminaba cualquier conversación. Él me ofrecía algo que nunca había tenido antes: un espacio seguro donde podía ser yo misma sin temor al juicio.
A medida que pasaba el tiempo, nuestra relación se transformó. Aprendimos a apoyarnos mutuamente en nuestras luchas, sin presiones ni exigencias desmedidas. Henry entendía mis silencios y nunca intentó forzarme a hablar más de lo que yo estaba dispuesta a compartir. Su amor era un refugio tranquilo, diferente a todo lo que había conocido antes.
Aunque al principio nuestra relación no comenzó con el fulgor del amor apasionado, con el tiempo creció en algo más valioso: estabilidad, confianza y una alegría serena que nunca había experimentado. Incluso mientras el recuerdo de mi pasado seguía presente, aprendí que el corazón tiene espacio para más de un amor, y que cada uno, a su manera, puede transformar tu vida para mejor.
Una noche especial, durante una cena íntima que Henry había preparado con esmero, ocurrió algo que no esperaba. Entre velas titilantes y un ambiente cargado de serenidad, me pidió matrimonio. La propuesta me tomó por sorpresa, no tanto por el acto en sí, sino por las palabras que la acompañaron. Henry no prometió un amor arrollador ni sueños imposibles; habló con una honestidad que me desarmó. Me dijo que desde que llegué a su vida, había encontrado un propósito renovado, un deseo de ser mejor, no solo por él mismo, sino por lo que representábamos juntos.
—Alina,—me dijo, —tú cambiaste mi vida. Me enseñaste que la estabilidad y la paz no son monotonía, sino el cimiento de una felicidad duradera.—
Acepté. No porque hubiera sentido el impulso arrollador que a veces se describe en las novelas, sino porque sus palabras resonaron en lo más profundo de mí. Henry era un buen hombre, el tipo de persona que cualquier mujer desearía tener a su lado. Así, los planes de boda tomaron su curso, y me dejé llevar por esa corriente de tranquilidad que parecía prometer un futuro estable y pleno.
Sin embargo, el destino, con su habitual ironía, no había terminado de escribir mi historia. Una tarde, mientras ultimaba detalles para el enlace, me encontré con Bruce. El pasado se materializó frente a mí, personificado en aquellos ojos marrones que, por más que el tiempo hubiera pasado, aún lograban desarmarme. Sentí una taquicardia repentina, una mezcla de nerviosismo y emociones encontradas que creía haber dejado atrás. Aquella sensación, casi olvidada, de un amor que me arrebataba el aliento, volvió a golpearme con fuerza.
Sus ojos, que parecían teñidos de una tristeza inexplicable, se iluminaron al cruzarse con los míos, como si en mi presencia encontraran un destello de esperanza. Pero su comentario, dicho con una mezcla de ironía y resignación, me desconcertó: ese en el que dijo que El anillo no era para mí. En mi interior, algo se estremeció. Por un instante fugaz, me pregunté si él también había imaginado un futuro donde nuestros caminos no se hubieran separado. Pero no podía permitirme divagar. Bruce no había luchado por mí en su momento, y yo no podía luchar contra un destino que parecía decidido a mantenernos apartados.
Regresé a casa con un nudo en el pecho y la certeza de que debía enfocarme en lo que era real. Henry, aunque no era el hombre de los ojos marrones que un día amé con toda la intensidad de la juventud, era el hombre que había elegido para mi vida. Él me ofrecía algo que Bruce nunca pudo: certeza, estabilidad, y una forma distinta, pero igualmente valiosa, de amor.
El amor no siempre se presenta con fuegos artificiales. A veces, es un río sereno que fluye con constancia, un refugio que te protege de las tormentas del pasado. Y así, aunque mi corazón guardaba cicatrices de lo que no fue, mi presente y mi futuro estaban con Henry. Él le había dado un nuevo significado al amor, uno en el que la paz y la confianza tenían más peso que los caprichos del destino.