Mientras Elena se arriesgaba en la oficina de su jefe a resbalarse, caer y partirse el cuello tratando de alcanzar una carpeta, Julián estaba librando su propia batalla personal en el pasillo, una muy silenciosa, porque tenía que controlarse para no gritarle. Sabía perfectamente que, si le levantaba la voz, la situación sería peor, mucho peor, pero en su cabeza no dejaba de repetir lo mismo. «Si a este pequeño trabajador de Willie Wonka le pasa algo... a mí me despellejan vivo.» Respiró hondo varias veces mientras la veía bajar de la butaca como si nada hubiera pasado. — Voy a necesitar vacaciones. — murmuró para sí mismo. Muy lejos de ahí, en el vestíbulo del edificio, la mañana estaba comenzando con una calma engañosa. Las secretarias en la recepción eran nuevas, Elena no lo había no

