El aire en la Ciudadela de los Susurros de Plata se había vuelto asfixiante. La Temporada de la Ceguera Nasal seguía en su punto más crítico, hundiendo a los lobos en un estado de irritabilidad paranoica.
Sin el olfato para identificar a sus aliados o detectar amenazas, los guerreros se movían por los pasillos como fantasmas, confiando solo en una vista limitada por la ventisca y en un oído que la nieve amortiguaba hasta volverlo inútil.
Kaelin, recluida en la torre, sentía cómo su cuerpo comenzaba a transformarse en una trampa. El contacto previo con Sebastián había dejado una huella eléctrica en su piel que no lograba borrar, una vibración que parecía haber encendido una mecha en su núcleo elemental.
Pero no era solo la energía de la estrella lo que la perturbaba. Su biología, despertada por la cercanía de sus compañeros y la presión del invierno, estaba reclamando su lugar.
Era su primer celo, no era un proceso biológico común. Para una loba elemental, el celo era una tormenta de energía diseñada para asegurar la supervivencia de su estirpe en las condiciones más extremas.
Mientras el mundo exterior se congelaba y los sentidos de los demás morían, Kaelin empezó a emitir una señal química que desafiaba las leyes del invierno. Ella podía olerse a sí misma: un aroma dulce, profundo y embriagador, como jazmines bañados en ozono y tierra húmeda después de un incendio.
Cerró los ojos con fuerza, sintiendo la humedad en su piel y el latido acelerado de su corazón contra las costillas.
—No ahora, Galatéa—, suplicó, hundiendo sus uñas en las sábanas de seda. —Si nos detectan así, perderán lo poco que les queda de razón. Seremos una presa, impotente frente a dos lobos irritables y terriblemente territoriales—.
—Es demasiado tarde—, respondió su loba, cuyos ojos púrpuras brillaban con una fijeza depredadora en su mente. —El llamado ha sido lanzado. El mundo está a oscuras y tú eres la única luz que pueden seguir, es nuestra naturaleza—.
En el Gran Salón, Júpiter y Sebastián estaban inmersos en una tensa calma.
La ceguera nasal los tenía de mal humor, pero en los últimos minutos, algo había cambiado de forma drástica.
Júpiter se detuvo en seco en medio de una frase. Sus fosas nasales vibraron con una violencia inusual, era imposible.
No debería poder oler nada, pero un rastro dulce y metálico golpeó su sistema nervioso con la fuerza de un rayo. Sus colmillos de Lobo Huargo descendieron de inmediato, hiriendo su labio inferior y dejando un rastro de sangre que no le importó limpiar.
—¿Lo sientes? —la voz de Sebastián fue un gruñido bajo, ronco, cargado de una urgencia que Júpiter reconoció de inmediato.
Sebastián estaba de pie, con los ojos de Lobo de Sangre brillando en un rojo carmesí. Él también lo sentía. En medio del desierto sensorial del invierno, el aroma de Kaelin era la única señal de vida detectable. Era una provocación biológica que estaba anulando cualquier rastro de diplomacia entre los hermanos.
—Es ella —respondió Júpiter, y su voz vibró con una autoridad que no admitía réplica—. Está entrando en celo.
—Es imposible —replicó Sebastián, aunque sus pasos ya lo dirigían hacia la salida de forma mecánica—. Ninguna hembra entra en celo durante la ceguera nasal, sin reclamarla es un suicidio biológico.
—Ella no es una hembra común, Sebastián, es un incendio —Júpiter se interpuso en el camino de su hermano, bloqueando la puerta con su imponente presencia—. Y no vas a subir allí, no en este estado.
—¿Y tú sí? —Sebastián lo encaró, con el rostro a centímetros del de su gemelo—.
Puedo ver cómo tiemblas, Júpiter. Puedo sentir tu deseo de marcarla y encerrarla donde nadie más pueda verla. Pero mi sangre reclama lo mismo que la tuya.
Siento su pulso desde aquí.
La rivalidad territorial, alimentada por años de duelo y una soledad que Kaelin había venido a romper, estalló. Júpiter lanzó un rugido y embistió a su hermano, estrellándolo contra las columnas del salón.
Los alfas se movían como sombras violentas, luchando por el derecho de ser el primero en llegar a la torre. En su frenesí, no se habían percatado que el aroma de Kaelin no solo los estaba afectando a ellos. Era una baliza que cruzaba fronteras.
Fuera de los muros de la Ciudadela, la comisión élfica liderada por el Rey Elowen se había detenido. Elowen inhaló el aire gélido y sus ojos se ensancharon con una mezcla de reverencia y terror.
—El despertar ha comenzado —dijo el Rey Blanco—. La loba está emitiendo su rastro de unión. Es una señal de auxilio del mundo, pero también un cebo para los monstruos.
—Majestad, los vampiros están cerca —advirtió su comandante—. Puedo sentir la pestilencia de Valerius acercándose desde el norte.
—No permitiremos que la toquen —sentenció Elowen—. Si los lobos no pueden protegerla de sus propios instintos en este estado, nosotros reclamaremos su custodia. El mundo no puede permitirse que ella se pierda en un apareamiento violento antes de recuperar la segunda estrella.
A kilómetros de allí, en el Reino Sombrío, el Príncipe Valerius se detuvo en seco.
Por primera vez en décadas, un rastro de algo que no era ceniza llegó a su mente.
No podía olerlo como un lobo, pero podía sentirlo en su sangre. Era una vibración de vitalidad pura.
—Ahí estás —susurró el vampiro, lamiendo sus colmillos—. Huele a placer. Huele a satisfacción.
Daemon murió protegiendo un banquete que ahora será mío.
En la torre, Kaelin escuchaba los rugidos y los golpes de la pelea de los gemelos en los niveles inferiores. Cada impacto contra las paredes de piedra le provocaba una punzada de dolor compartido.
A través de su conexión, sentía la furia de Júpiter y la sed de Sebastián. Eran dos fuerzas destructivas peleando por una salvación que ella no sabía si podía darles.
Dorian, el Gama, entró en la habitación con el rostro pálido y las manos temblando, tratando de mantener la compostura frente a la situación con sus alfas, era más que claro Kaelin y su celo aquel aroma que emanaba de la joven tenía enloquecidos a Júpiter y Sebastián.
—Kaelin, tienes que detener esto —suplicó Dorian—. Tus alfas se están matando allá abajo. Tu aroma está rompiendo el control de toda la manada.
Si no te estabilizas, la Ciudadela se convertirá en una carnicería, con ellos dos antes de que amanezca.
Kaelin lo miró con ojos que ya no eran azules, sino de un violeta eléctrico.
—No soy yo quien los destruye, Dorian —dijo ella, y su voz sonó como el eco de una marea lejana—. Es su propia ceguera.
Creen que me tienen el derecho de poseer algo que ni siquiera entienden, estoy aquí únicamente porque tienen esa estrella en el sótano, pero no saben que cada latido de mi corazón me acerca más al final.
En ese momento, el sonido de la pelea cesó. Los pasos pesados de los gemelos subiendo las escaleras de caracol llenaron el silencio. Júpiter y Sebastián aparecieron en el umbral al mismo tiempo. Estaban cubiertos de sangre, con la ropa desgarrada y las miradas fijas en ella con una intensidad que habría hecho arrodillarse a cualquier otro ser.
El aroma de Kaelin los golpeó con la fuerza de un tsunami. Era la única verdad en un mundo de sombras.
—Kaelin —gruñó Júpiter, dando un paso hacia ella, con su sombra de Lobo Huargo proyectándose gigante sobre la pared.
—No den un paso más —advirtió ella, y el aire alrededor de sus manos empezó a vibrar—. Sienten mi celo, sienten mi aroma... pero no sienten mi dolor.
Si quieren reclamarme, tendrán que demostrar que son más que animales hambrientos. Porque la segunda estrella está llamando, y el mundo depende de que yo sobreviva a esta noche... y a ustedes.
Júpiter y Sebastián se detuvieron, tensos como cuerdas a punto de romperse, divididos entre el deseo de poseerla y la advertencia de una mujer que parecía estar a punto de convertirse en una divinidad o en cenizas.