Edward recostó la parte baja de la espalda en el mueble del lavabo y atrajo a Madison para abrazarla. Ella se enlazó a su cintura como si fuese una niña en busca de refugio. Ahora su piel estaba algo fría. —¿Te sientes bien? —quiso saber él mientras le acariciaba los cabellos y la espalda. —No sé, es extraño. Puedo captar cada partícula de polvo en mi piel y cada suave brisa —reveló con la cara hundida en su pecho. —¿Quieres que te lleve al hospital? —No. Solo quiero que no me sueltes, por favor —suplicó, apretando más su agarre. Se sentía en extremo sensible, tanto física como emocionalmente. El orgasmo la dejó tan vulnerable que tenía miedo. Nunca había experimentado ese tipo de emociones. —Tranquila, te juro que no me apartaré de ti. Vamos a la ducha, ¿sí? —Pero abrazados —respo

