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Secretaría por el día, Juguete del Alfa por la Noche

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Blurb

“No eres mi Luna. Solo eres una humana débil", me dijo él con su voz de hielo, atrapándome contra la pared de su lujosa oficina.Isabella necesita dinero para salvar a su hermano moribundo. Damian Sterling, su multimillonario y despiadado jefe, tiene todo el dinero del mundo... y un secreto peligroso. Él es un Alfa, un hombre lobo, y el aroma de Isabella lo vuelve loco. Él la rechaza como su compañera, pero la reclama como su propiedad. Un contrato oscuro lo cambiará todo: de día, ella obedece sus órdenes en la empresa; de noche, ella le pertenece en su cama.Isabella prometió no enamorarse de un monstruo, pero ¿qué pasará cuando su cuerpo y su corazón empiecen a traicionarla?

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Capítulo 1: Peligro.
Las luces del hospital eran demasiado blancas. Me daban un dolor de cabeza muy fuerte. El olor a medicina y a limpieza me hacía querer llorar. Estaba parada junto a la cama de mi hermanito. Él se veía tan pequeño bajo las sábanas tibias. Su piel estaba pálida, casi transparente. Yo sostenía su mano con fuerza. Su mano estaba fría. Él dormía porque el dolor era demasiado grande cuando estaba despierto. —Tienes que ser fuerte, Toby —le susurré muy bajito. Una lágrima rebelde rodó por mi mejilla. Me la limpié rápidamente con el dorso de la mano. En ese momento, la puerta de la habitación se abrió. La enfermera jefa entró con una carpeta gris en las manos. Su rostro no tenía ninguna pizca de lástima. —Señorita Ortiz, necesitamos que firme la extensión del tratamiento —dijo ella con una voz muy seca—. Pero el sistema no nos deja avanzar sin el depósito. —Por favor, déenme unos días más —suplicé, sintiendo un nudo horrible en la garganta. Mi voz temblaba mucho—. Conseguiré el dinero, lo prometo. —El director del hospital fue muy claro, Isabella —respondió ella, mirando sus papeles—. Si mañana a primera hora no está paga la deuda anterior y el adelanto, tendremos que trasladarlo. Trasladarlo significaba llevarlo a un lugar público donde no tenían los equipos para su enfermedad. Significaba dejarlo morir. Mi corazón se encogió tanto que me dolió el pecho. —Mañana lo tendrán —dije con firmeza, aunque por dentro me estaba muriendo de miedo. No sabía de dónde iba a sacar tanto dinero. Salí del hospital casi corriendo. El viento de la noche estaba muy frío. Caminé por las calles oscuras, apretando la carpeta con las facturas contra mi pecho. Ese papel pesaba como si fuera de piedra. Miré hacia el cielo. La luna estaba casi llena. Era enorme y brillaba con un color blanco muy extraño, casi mágico. Me dio escalofríos. Mis pasos me llevaron directo al centro de la ciudad. Allí se levantaba el gran edificio de Sterling Enterprises. Era una torre de cristal que tocaba las nubes. Era el imperio de mi jefe. Damian Sterling. El hombre más rico, poderoso y frío de todo el país. Y yo solo era su secretaria de día. La chica invisible que le llevaba el café y organizaba sus papeles. Entré al edificio usando mi tarjeta de empleada. El vestíbulo estaba completamente desierto. Las luces de los pasillos estaban a media potencia, creando sombras largas en las paredes. Me subí al ascensor privado del último piso. Mis manos sudaban frío. Apreté el botón dorando. El ascensor empezó a subir de forma muy suave. Sintiendo que el estómago se me caía, miré mi reflejo en el espejo del ascensor. Llevaba mi ropa de oficina de siempre. Una falda negra demasiado larga y una blusa blanca holgada. No me gustaba llamar la atención. Mi cabello castaño estaba un poco despeinado. Mis ojos se veían enormes por culpa del cansancio y del llanto. Parecía una niña asustada. El ascensor emitió un sonido suave. Las puertas se abrieron. El piso de la presidencia estaba en completo silencio. Era un silencio que asustaba. Caminé por la alfombra gruesa. Mis pasos no hacían ningún ruido. El pasillo parecía más largo de lo normal en la oscuridad. Llegué a la gran puerta de madera de la oficina de Damian Sterling. Estaba entreabierta. Una pequeña línea de luz salía desde adentro. Me extrañó mucho. Eran casi las once de la noche. Damian Sterling siempre se iba a las ocho en punto. Él odiaba perder el tiempo por las noches en la oficina. Empujé la puerta muy despacio. No quería hacer ruido. —¿Señor Sterling? —llamé en un susurro. Mi voz sonó muy débil en el gran espacio. Nadie contestó. Entré por completo y cerré la puerta detrás de mí. La oficina era gigantesca. Tenía muebles de cuero n***o y un escritorio de caoba que costaba más que toda mi vida entera. Caminé hacia el escritorio. Puse la carpeta con las deudas de mi hermano justo en el centro. Quería dejarla ahí para que fuera lo primero que él viera en la mañana. Iba a pedirle un adelanto de mi sueldo, aunque tuviera que rogarle de rodillas. Cuando solté los papeles, sentí algo extraño. El aire de la habitación se volvió muy pesado. Hacía mucho calor de repente. Un olor inundó mis fosas nasales. Era un olor delicioso pero aterrador. Olía a menta fresca, a bosque lluvioso y a algo salvaje. Un aroma que me hizo sentir cosas extrañas en el vientre. Sentí un cosquilleo en la piel. Era como una corriente eléctrica. Mi corazón empezó a latir muy rápido, como un tambor desbocado. De repente, escuché un ruido detrás de mí. Un jadeo pesado. Un sonido que parecía el de un animal grande y herido. Me di la vuelta despacio, con el miedo paralizándome las piernas. Mis ojos se abrieron de par en par. Damian Sterling estaba allí. Estaba de pie cerca de los grandes ventanales que daban a la ciudad. Pero no se veía como el jefe perfecto y elegante de siempre. Su saco n***o estaba tirado en el suelo. Su camisa blanca estaba completamente desabrochada, mostrando su pecho amplio y musculoso. Su piel estaba cubierta de una fina capa de sudor que brillaba bajo la luz de la luna. Él respiraba de forma agitada. Sus hombros anchos subían y bajaban con fuerza. Tenía las manos apoyadas en sus muslos, como si estuviera tratando de contener un dolor insoportable. —¿Señor Sterling? ¿Se encuentra bien? —pregunté, dando un paso hacia atrás de forma instintiva. Mi instinto me decía que corriera. Él levantó la cabeza despacio. Cuando vi su rostro, ahogué un grito con mi mano. Sus ojos grises ya no eran grises. Eran de un color amarillo brillante, como el oro puro. Brillaban en la penumbra de la oficina de una forma sobrenatural. Eran los ojos de un monstruo. Su mandíbula estaba tan apretada que se le marcaban las venas del cuello. Me miró fijamente. Su mirada no era la de un hombre. Era la de un cazador que acababa de encontrar a su presa. —Isabella... —su voz no fue normal. Fue un gruñido profundo, rasposo y tan bajo que vibró directamente en mi pecho. El sonido me hizo temblar de pies a cabeza. Mis piernas se sintieron como gelatina. Quise moverme hacia la salida, pero mis pies no me obedecieron. Estaba hechizada. En un parpadeo, él se movió. Fue tan rápido que mi mente humana no pudo entenderlo. En un segundo estaba lejos, y al siguiente, su cuerpo enorme estaba pegado al mío. Me empujó con fuerza contra el borde del escritorio de caoba. Los papeles se desparramaron por el suelo. El impacto me hizo soltar un gemido suave. Damian apoyó sus manos a los lados de mi cuerpo, atrapándome por completo. Sus manos eran gigantescas comparadas con las mías. Pude sentir el calor abrasador que salía de sus palmas. Era como estar cerca de un fuego. —Señor... por favor... —rogué, mirando su pecho desnudo que chocaba contra el mío. Mi respiración era corta y rápida. Él no me escuchó. Estaba completamente ido. Se inclinó hacia mí, bajando su cabeza hasta mi cuello. Sentí su respiración caliente directamente sobre mi piel desnuda. Me dio un escalofrío tan intenso que cerré los ojos. Millones de mariposas empezaron a volar como locas en mi estómago. Era una sensación contradictoria: tenía mucho miedo, pero mi cuerpo quería estar más cerca de él. Damian inhaló profundamente contra mi cuello, justo donde late la vena. Parecía que estaba bebiendo mi aroma. Su cuerpo se tensó aún más. Un gemido de satisfacción salió de su garganta. —Hueles... hueles tan bien —susurró contra mi piel, haciéndome vibrar por dentro—. Eres tú. Por fin eres tú. No entendía lo que decía. Solo podía sentir sus labios rozando mi piel. Eran suaves pero firmes. Luego, sentí algo duro y afilado presionar contra mi garganta. Eran sus dientes. Eran demasiado largos para ser humanos. Iba a morderme. Iba a lastimarme. Una lágrima de terror absoluto rodó por mi mejilla y cayó directamente sobre la mano de él. Al sentir la gota húmeda en su piel, Damian se congeló por completo. Sus ojos amarillos parpadearon. El brillo dorado empezó a desaparecer, volviendo a ese gris tormentoso y frío de siempre. Pareció reaccionar de golpe, como si despertara de un trance oscuro. Me miró a la cara. Vio mis lágrimas y mi cuerpo temblando descontroladamente de terror. Vio cómo intentaba encogerme para alejarme de él. Su expresión cambió. La mirada salvaje y llena de deseo desapareció en un segundo. Sus ojos se volvieron de piedra. La frialdad regresó a su rostro con una fuerza que me dolió. Me soltó de golpe. Dio dos pasos hacia atrás, acomodándose la camisa desabrochada con movimientos rápidos y perfectos. Volvía a ser el CEO implacable. El hombre que no tenía corazón. —Vístete bien y recoge eso —dijo con una voz de hielo, sin mirarme. Su tono era tan cortante que me hizo sentir una humillación terrible. Me deslicé por el borde del escritorio. Mis manos temblorosas fueron directo al suelo para recoger las hojas de las facturas médicas del hospital. Quería desaparecer. Quería que la tierra me tragara. Agachada en el suelo, empecé a juntar los papeles con torpeza. Damian se acercó. Sus zapatos de diseñador caros se detuvieron justo frente a mis manos. Él se inclinó y me quitó una de las hojas de un tirón. Yo me quedé quieta, mirando el suelo, con el corazón latiendo con fuerza por la vergüenza. Damian leyó el papel en silencio. Pasaron varios segundos que parecieron eternidades. El aire en la oficina se volvió denso otra vez, pero ahora era por una tensión diferente. Escuché cómo soltaba una risa suave. Una risa que no tenía nada de alegría. Era una risa malvada, calculadora. Se enderezó, sosteniendo la factura del hospital donde se veía el nombre de mi hermano y la enorme cifra de dinero que debíamos para mañana. —Mírame, Isabella —ordenó. Su voz ya no tenía el descontrol de antes. Ahora sonaba segura, poderosa y llena de una malicia oscura. Levanté la cabeza despacio, todavía arrodillada en el suelo. Lo miré desde abajo. Él se veía tan alto, tan inalcanzable. Sus ojos grises me clavaban como dos puñales de hielo. Él agitó el papel del hospital frente a mí. Una sonrisa de lado, cruel y arrogante, apareció en sus labios perfectos. —Veo que necesitas mucho dinero, Isabella —dijo, dando un paso lento hacia mí, acorralándome con su sombra—. Tengo una propuesta para ti. Una propuesta que salvará la vida de tu hermano, pero que te costará todo lo demás.

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