Barbies

1002 Words
Ivynna estaba cansada, eso era un hecho, pero nadie se daba cuenta. Estaba cansada y era muy joven para estarlo, pero lo estaba. Sus padres no le hacían sentir mejor como solían hacerlo, no se sentía inteligente o buena en algo, se sentía mala persona y que no merecía nada bueno del mundo. Por lo general cuando alguien nuevo llegaba a su vida, románticamente hablando, nunca sabía si era el indicado, pero siempre se preparaba para que las posibilidades de que funcionara fueran óptimas. Quería un novio modelo, casi un maniquí. No quería alguien que le reprochara nada, ni su manera de ser ni de pensar, que solo estuviera allí para servir como mandato social, como una compañía que le daba la pauta social de que no era una fracasada, porque vivía en ese mundo, sabía que las mujeres solas no le interesaban a las personas, que las mujeres bonitas si lo estaban debía ser por alguna extrañeza o una anomalía, nunca importaba lo que pensaban o lo que dijeran, siempre había alguien que las replicaría por como lucieran, y al final, tenía que ser sensual, inteligente pero no hipersexualizar su imagen, tenía que ser poderosa pero no demasiado, porque entonces alejaba a los hombres. En general, todo era una puta pesadilla. Pero quizás lo que más le molestaba no era la sociedad ni cómo funcionaba, ni todas las cosas con las que tenía que cumplir si saliera del mundo de sus padres, sino el hecho de sentir que no tenía futuro, ni planes, ni ganas de trazarlos. Y eso se sentía, además de extremadamente vacío, totalmente triste. Tenía una buena relación con su madre Sylvie, le regalaba todo lo que ella quisiera, le hacía sentir bien con todos sus pensamientos incluso con los más oscuros, compartía momentos que le interesaban a Ivynna. Y había notado desde que Ivynna era una niña, que sería particular y difícil tratar con ella, no le gustaba mucho las personas, solo su mundo, detestaba los juguetes de cocina o los bebes de juguete que daban la alusión de que ella pudiera ser su madre, habían pocas cosas que le gustaban en realidad, como sus barbies y aunque Sylvie no tenía dinero entonces le regalaba todo lo que existía de barbie, como la casa, el auto, el novio, y para ser honestos, aquello era lo único que tenía Ivynna, ya que tampoco tenía amigos. Las idas y vueltas de Ivynna se resumían en su culpa por ser una drogadicta, pero cuando las veía, no podía dejarlas. Necesitaba llevárselas a la boca, como pastillas de tic tacs. Pero ese es el problema del drogadicto, y otro aún peor es pensar que se tiene el control de ello. Ivynna para esas alturas ya no controlaba ni su léxico, comenzó a temblarle los dedos, comenzó a tener abstinencia, comenzó a vivir como una drogadicta, cada vez que salía de fiesta pensaba en cuantas horas tardaría para volver a tomar sus pastillas, para ese entonces se podría considerar que estaba neurótica. A Ivynna le encantaba estar drogada, y la sensación que le producía estarlo, se sentía como volar, pero en realidad, las drogas estaban destruyendo a su familia, todos hablaban por lo bajo porque ella se molestaba que le hablasen de sus pastillas. Y amenazó inclusive, de irse de la casa si se las dejaban de comprar. Ivynna estaba consumida en las pastillas, en un mundo oscuro y lleno de mierda, pero nadie se daba cuenta. Ella quería ser salvada, pero de eso solo te puedes salvar tú Su cerebro por alguna razón hizo que las pastillas fueran su droga favorita, ella vivía para seguir tomándolas, pero la razón que sea la había hecho creer que esas pastillas la calmaban, la alejaban de lo malo, pero solo la alejaba de lo bueno. No se puede estar sobrio en la cornisa, Ivynna siempre se encontraba en la cornisa, partida en dos mitades, y le encantaba la idea del amor, aunque no lo admitiera a viva voz, y el mundo, y sus padres, cada discusión o cada maldad del mundo era un objetivo para estar mal, o una excusa para llevarse aquello a la boca. No hay nadie que lo diga, que ninguna persona drogadicta se de la oportunidad de no serlo, y que se perdone por serlo, porque Ivynna tomaba sus pastillas pero luego se odiaba a si misma por tomarlas, escribía tristemente en su anotador que era una drogadicta de mierda. Todos nos odiamos cuando somos drogadictos, porque esa es la lectura de un drogadicto, esa es la visión que buscan las industrias al venderte el demonio que te meten. Y tú crees que es para ayudarte o divertirte, no, y el daño es irreversible, es un día a la vez, y ojalá esa frase fuera más frecuente de lo que suena, porque los días pesan y pesan mucho, los días en una vida tienen miles de cambios que en ocasiones las personas no pueden soportar, y eso es lo que las lleva a perder ese día, y el siguiente, y el siguiente, si de todas formas ya no hay manera de reparar nada. Pero sí la hay. Pero las pastillas te hacen creer que no hay manera de repararte, te aísla, te somete, y te denigra. Pero cuando eres una presuntuosa adolescente, que es cuando comenzó a tomar pastillas Ivynna, crees que puedes jugar con la vida y la muerte como si nada. El adolescente no le teme a la muerte porque la ve lejana, y el anciano ya no le teme, porque sabe que un día tocará su puerta. Pero peor que morir es estar muerto en vida, y eso producen las drogas, muertos en vida. Muerto en vida es aquel vejestorio lleno de puerquezas, en el que te conviertes cuando llevas una vida de mala racha o de mal humor, cuando te conviertes en un ermitaño y cuando haces lo que sea por tener droga, cuando incluso esa droga te importa más que seguir permaneciendo en el mundo.
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