XLIX A pesar de ya poder moverse hasta casi caminar, Jerom no deseaba moverse. Su voluntad había sido sepultada por esa serie de circunstancias horrendas que lo habían rodeado desde que se enteró de que era, de hecho, un Tramonte. Enfermedad, muerte, dinero y desdicha, todo por montones. ¿Por qué no solo pudo quedarse con su madre? ¿Por qué un día un hombre le ofrecía un futuro y todo se volvió una vida en blanco y n***o? Según lo poco que habían averiguado los escondidos, los cuerpos sepultados resultaron ser todos de chicas, las que, obviamente, serían achacadas a Jerom. Ellos escucharon cuando las enterraron y de nuevo cuando las sacaron. Lolita oró por cada una de ellas sin saber sus nombres, sus edades, nada; solo que no era digno lo que les hacían. —Señor, en dos días más nos irem

