POV AMELIE Damián se había disculpado por la brusquedad de la Tía Clara y el Abuelo en el comedor, pero no había tocado el tema del bebé. Su irritación por la llamada de negocios (o lo que fuera) se había transformado en una molestia fría, y yo era el centro involuntario de su malestar. El silencio reinó durante todo el viaje por los pasillos, un silencio más pesado que cualquier grito. Me sentí incómoda, como si la franqueza que habíamos construido en Londres se hubiera congelado en este castillo escocés. Al llegar a la habitación, me quedé sin aliento. A diferencia de los pasillos austéricos, la suite era un refugio de lujo cálido, con maderas nobles y textiles ricos. Lo más impresionante era el balcón que daba al jardín. La vista era hermosa; las luces del patio trasero iluminaban l

