La mansión en las montañas era una jaula disfrazada de refugio. Ventanales que daban a un mar de árboles y niebla. Silencio absoluto. Ni teléfonos ni guardias que no fueran de Kazuo. Solo él… y ella.
—¿Por qué me trajiste aquí? —escupió Sayuri la primera noche.
Kazuo, apoyado en el marco de la puerta, no pestañeó.
—Porque nadie más puede tocarte. Porque eres mía.
Semanas después, esas palabras seguían mordiéndole la piel. El aislamiento era un veneno lento. Kazuo no solo dominaba su cuerpo: jugaba con su mente, dejando caer frases como cuchillas.
—Renjiro no te desea. Desea lo que representas.
—¿Y tú qué deseas? —lo retaba Sayuri.
—Romper lo que eres.
Las noches se llenaban de pesadillas donde veía el rostro de Renjiro desvanecerse y el de Kazuo aparecer sobre ella, mezclando odio y deseo.
Frente al espejo, una madrugada, Sayuri murmuró a su propio reflejo:
—¿Quién demonios soy ahora? ¿Esposa? ¿Prisionera? ¿O una mujer que está perdiendo la guerra?
De repente Kazuo entro, por prikera vez wueria hablar en calma, en paz, tratar de entenderla, pero eso seria imposible, ya que ko imaginable estaba por ocurrir. La mansion Arakawa, estaba siento atacada.
El ataque comenzó con un silencio antinatural. Una sombra cruzó la ventana. Luego, el estallido del vidrio.
—¡Kazuo! —el grito de Sayuri se perdió entre el rugido del primer disparo.
El jefe ya estaba de pie, pistola en mano, mirada helada. Los pasillos se llenaron de figuras armadas, gritos en japonés y francés.
—¡Atrás de mí! —Kazuo la empujó contra la pared. Tres disparos. Dos cuerpos cayeron.
La mansión tembló con una explosión. El fuego iluminó el rostro implacable de Kazuo. Sayuri apenas respiraba. Nunca lo había visto así: era la muerte encarnada.
Un proyectil silbó. El impacto sacudió el aire y la sangre brotó del costado de Kazuo.
—¡Kazuo!
Él no cayó. Siguió avanzando, matando uno por uno, hasta que el silencio volvió. El eco de la violencia flotaba en el aire, junto con el goteo de sangre.
El jefe se apoyó en la pared, respirando con dificultad.
—Mierda…
Sayuri lo sostuvo. Sus manos se hundieron en la tela empapada de rojo.
—¡Te estás desangrando!
Kazuo la miró apenas, y por primera vez, sus ojos dejaron caer una grieta.
—No… te… toquen… —murmuró, antes de desvanecerse en sus brazos.
En algún lugar de Tokio, Renjiro sonrió al recibir el mensaje: “Objetivo herido. Ataque cumplido.”
En la masion Arakawa:
Sayuri arrastro como pudo a Kazuo hasta la habitación fue una batalla contra el miedo y el peso de la realidad. Sayuri arrancó la camisa empapada. El cuerpo de Kazuo era una mezcla de fuerza y cicatrices: un mapa de guerra.
Las lágrimas le ardieron en los ojos. Lo cosió como pudo, deteniendo la hemorragia. Cada vez que sus dedos tocaban su piel caliente, un escalofrío la recorría. No era deseo puro. Era algo más peligroso. Era preocupación.
El olor metálico de la sangre mezclado con el de su piel la golpeó con una certeza brutal. Si muere… ¿qué queda de mí?
Presionó la herida, sintiendo el pulso débil bajo sus manos. En cada puntada, en cada gota de sangre, algo invisible se estaba trazando entre ellos.
—Maldito… no te atrevas a dejarme ahora… —susurró, sorprendida por el rastro de súplica en su voz.
En ese instante, con su vida en sus manos, entendió que verlo morir le dolería más de lo que quería aceptar. Y esa fisura era el principio de algo que podía ser amor… o condena.
Sayuri pasó la noche a su lado. Al amanecer, cambiando el vendaje, Kazuo murmuró con media sonrisa febril:
—Podrías dejar que muera.
—No te daré ese lujo. Si alguien va a matarte, seré yo.
Kazuo solo sonrio y volvio a caer desmayado.
Al dia siguiente Sayuri le llevó sopa. Cuando sus dedos tocaron su espalda para sostenerlo, un escalofrío la atravesó.
—¿Alguna vez alguien te ha cuidado? —preguntó.
—No lo recuerdo —respondió él, y por primera vez no sonó como el jefe del clan, sino como un hombre.
El silencio que siguió fue pesado, pero no incómodo. Sayuri siguió limpiando la herida, sus dedos rozando la piel firme de su costado. Kazuo no apartó la vista de ella, como si buscara algo que nunca había tenido.
—Debe ser… triste —murmuró Sayuri, sin pensarlo.
—¿Qué? —su voz era baja, áspera.
—No recordar lo que es que alguien te cuide. No recordar que eres algo más que… esto. —Señaló la pistola apoyada en la mesita de noche.
Kazuo exhaló despacio, casi un suspiro.
—Nunca tuve tiempo de ser “algo más”. Mi padre me crió para matar. El amor… era una debilidad que no podía permitirse.
Sayuri se detuvo. Sus manos, que aún sostenían la tela empapada, temblaron. Lo miró a los ojos y por primera vez vio no solo al jefe, sino al niño roto detrás del monstruo.
—Quizá por eso no sabes qué hacer ahora —dijo ella, suave, casi un susurro—. Porque por primera vez alguien quiere que vivas.
Kazuo la observó en silencio. No hubo sonrisa ni burla. Solo esa intensidad que la hacía sentir desnuda incluso con ropa.
—Y eso… ¿qué te hace a ti, Sayuri? —preguntó.
Ella no respondió. Solo bajó la mirada y continuó curando la herida, porque sabía que si hablaba, su voz iba a traicionarla.
Al tercer dia, ya esta rutina se sentia placentera, cuidar al demonio era una de las tareas mas agradables que tenia
.Kazuo dormía de lado, el pecho desnudo apenas cubierto por la sábana. La respiración lenta, el ceño ligeramente fruncido incluso en sueños. Sayuri lo miró largo rato desde la silla junto a la cama, sintiendo que estaba observando a alguien prohibido.
“Así es como se ve sin máscaras… No el yakuza, no el verdugo… solo un hombre. Un hombre que no sabe que está siendo amado y odiado al mismo tiempo.”
La cicatriz fresca en su costado parecía más humana que todas sus palabras de poder. Sayuri alargó la mano y, sin tocarlo, dibujó la línea de su hombro en el aire.
“Si pudiera odiarte dormido, sería más fácil. Pero verte así… verte vivo… me duele en un lugar que ni siquiera sabía que existía.”
Se inclinó un poco más, el susurro apenas escapando de sus labios:
—No sé si quiero matarte o salvarte… y temo que algún día sea lo mismo.
Sayuri abrió las cortinas. El sol bañó la cama. Y le dijo:
—Pareces humano cuando duermes —bromeó.
Kazuo la miró, medio sonriendo.
—Y tú pareces peligrosa cuando sonríes.
— Es un hermoso dia, deberiamos ir al jardin.
Se sentaron en el jardín. Sayuri llevó sake.
—Brindemos.
—¿Por qué?
—Porque seguimos vivos.
—Con nosotros, eso siempre es ambas cosas: bendición y maldición.
Sayuri giró la copa entre los dedos, mirando el reflejo del cielo en el sake.
—Quizá estamos malditos desde antes de nacer. Tú, destinado a matar. Yo, destinada a ser moneda de paz.
Kazuo la miró fijo, sin parpadear.
—¿Y si la maldición es que empezamos a querer algo más que eso?
Sayuri soltó una risa baja, amarga.
—¿Quererte? ¿Odiarte? Ya no sé dónde termina una cosa y empieza la otra.
Kazuo inclinó la cabeza, la voz apenas un murmullo.
—Entonces quédate aquí. En la línea donde se cruzan.
Ella lo observó. Por primera vez no supo si estaba hablando de guerra… o de amor.
Al quintondia mientras le cambiaba el vendaje, Kazuo tomó su mano.
—¿Por qué sigues aquí?
—Porque no quiero que mueras solo.
La respuesta lo quebró.
Por primera vez, Kazuo apartó la mirada como si no pudiera sostener el peso de esas palabras. El silencio entre ellos dejó de ser tenso; se volvió casi… vulnerable.
Sayuri sintió la mano de él, cálida y pesada, sujetando la suya. Podía sentir el pulso bajo su piel, todavía débil pero vivo.
—No deberías decir cosas así —murmuró él, la voz más baja que nunca.
—¿Por qué? —preguntó ella, sin soltarlo.
Kazuo respiró hondo, como si cada palabra que iba a pronunciar fuera peligrosa.
—Porque me haces querer quedarme. Y eso… no es algo que pueda prometerte.
Sayuri sintió un nudo en la garganta. Lo miró, y no vio al líder del clan ni al hombre que le había destruido la vida. Vio a alguien que había olvidado cómo se sentía ser querido.
—No te estoy pidiendo promesas, Kazuo —susurró ella—. Solo que no mueras.
Él cerró los ojos por un instante, sosteniendo su mano con más fuerza, como si ese gesto fuera lo único que lo mantenía atado al mundo.
—Qué ironía… —dijo al final, con una sonrisa rota—. Sobreviví a todo para que seas tú la primera que me haga querer vivir.
Sayuri no respondió. Pero esa noche, al salir de la habitación, sintió miedo. Miedo no de él… sino de lo que estaba empezando a sentir.
Sin poder dormir. El viento de la montaña golpeaba los ventanales y el silencio de la casa era demasiado fuerte. El eco de la conversación de esa tarde seguía dentro de su cabeza: “Sobreviví a todo para que seas tú la primera que me haga querer vivir.”
Se levantó de la cama sin pensarlo demasiado. Sus pasos descalzos apenas hicieron ruido en el pasillo de madera. Frente a la puerta de Kazuo, se detuvo. Podía escuchar su respiración al otro lado, lenta, cargada de cansancio.
No es por él… es por mí, se repitió, intentando engañarse. Pero la verdad era otra: necesitaba verlo, asegurarse de que seguía vivo.
Tocó una vez. No hubo respuesta. Empujó la puerta. La luz tenue de una lámpara bañaba la habitación en un tono cálido que no encajaba con la figura de Kazuo, acostado, con el torso vendado y el ceño fruncido incluso dormido.
Sayuri se acercó despacio, sentándose al borde de la cama. Sus dedos, sin pensarlo, rozaron el cabello oscuro que caía sobre su frente.
Kazuo abrió los ojos lentamente, confuso al verla allí.
—Sayuri… ¿qué haces? —su voz era ronca por el sueño.
Ella tragó saliva.
—No podía dormir. Tenía que… saber que seguías aquí.
Hubo un silencio. El tipo de silencio que puede romper algo o crearlo. Kazuo se incorporó un poco, sin apartar la mirada de ella.
—Entonces no te vayas. Quédate esta noche.
Sayuri sintió que la tierra se abría bajo sus pies. No había orden en su voz. Solo una petición. Y por primera vez, no quiso decir que no.
Esa noche no hubo palabras. Sayuri se inclinó y sus labios rozaron los de él, suaves, temblorosos. No fue un choque de poder. Fue un roce humano.
Kazuo la sostuvo con una delicadeza que jamás había mostrado. Se desnudaron despacio, cada prenda cayendo como una barrera rota. Cuando la recibió en sus brazos, cuando entró en ella, no hubo cadenas ni órdenes. Solo un suspiro compartido.
—No sé odiarte ahora —susurró Sayuri, con lágrimas silenciosas.
—Entonces no lo intentes. Quédate conmigo esta noche.
Sayuri no respondió. Solo asintió, y esa respuesta silenciosa pareció atravesar algo en Kazuo. La tomó de la cintura con una delicadeza que jamás habría imaginado de él, como si temiera que se rompiera.
Sus labios se encontraron de nuevo, pero no había prisa. Era un beso lento, casi torpe, como si ambos estuvieran aprendiendo un lenguaje nuevo. El sabor del sake y del miedo compartido se mezcló entre ellos.
—Nunca pensé que te… necesitaría —murmuró Kazuo contra su boca, como si confesara un crimen.
Sayuri sintió el corazón apretarse.
—Nunca pensé que podría… quererte —susurró, y la palabra “querer” se sintió peligrosa en sus labios.
Él hundió el rostro en su cuello, respirándola como si fuera aire después de ahogarse.
—No digas eso… o no podré odiarte nunca más.
Sayuri sonrió triste.
—Quizá ya no lo haces.
Kazuo la miró entonces, y por primera vez no vio a su enemiga. Vio a la mujer que estaba curando cada herida invisible en él.
—Eres mi maldición… y mi única salvación.
Ella acarició su rostro, sus dedos temblando al recorrer la línea de su mandíbula.
—Y tú… eres la guerra que no puedo dejar de pelear.
. Cada prenda caida era como despojarse de capas de odio. Cuando Kazuo la tuvo bajo su cuerpo, no hubo cadenas ni gritos, solo el sonido entrecortado de dos personas que encontraban algo que habían jurado destruir.
Entró en ella despacio, sus cuerpos encajando con una naturalidad que los asustó a ambos. Sayuri lo miró directo a los ojos y en ese momento entendió que el enemigo que había prometido matar… era también el único hombre que había hecho latir su corazón de esa forma.
—Kazuo… —su nombre salió como una súplica y una confesión.
—Sayuri… —su voz era rota, como si cada embestida lo acercara más a la verdad que había negado toda su vida.
Se movieron juntos, lento, como si quisieran memorizar el momento. No había placer brutal, había algo más peligroso: la sensación de que sus almas se estaban tocando.
Cuando el clímax los alcanzó, Kazuo enterró el rostro en su cuello, susurrando algo que ella apenas escuchó:
—No me dejes nunca… aunque me odies.
Sayuri lo abrazó fuerte, como si con sus brazos pudiera sostenerlo en el mundo.
—No sé qué somos… pero ya no puedo huir de ti.
Quedaron en silencio, su respiración mezclándose en la penumbra. Por primera vez, no eran jefe y esposa forzada. No eran enemigos. Solo eran dos seres rotos encontrando un hogar temporal en el cuerpo del otro.
Hicieron el amor lento, mirándose como si quisieran memorizar cada línea de piel. No hubo guerra, solo dos enemigos descubriendo el peligro de amar.
El hechizo duró poco. Una conversación de guardias rompió la frágil tregua:
—El francés sobrevivió… el jefe lo tuvo una semana encerrado. Pensé que iba a matarlo.
Sayuri sintió el mundo romperse. Entró en la habitación como un huracán.
—¡Lo tuviste encerrado! ¡A Renjiro! ¡Una semana al borde de la muerte!
Kazuo la miró, calmado como un demonio.
—Lo toqué porque te tocó. Si lo hace otra vez, no saldrá vivo.
—¡Eres un monstruo!
Él sonrió oscuro.
El silencio se hizo pesado. Kazuo no reaccionó con furia. Solo la miró, y en sus ojos había algo más peligroso que la violencia: certeza.
—Lo sabías desde el principio. Y aun así… pensaste que podías amarme.
Sayuri apretó los puños hasta que sus uñas le cortaron la piel.
—Me odio por eso. Por un segundo creí… que había algo humano en ti. Que podías cambiar.
Kazuo avanzó un paso, su sombra cubriéndola.
—No necesito cambiar. Necesito que dejes de mentirte.
—¿Qué? —escupió ella, con los ojos brillando de lágrimas contenidas.
Kazuo la acorraló contra la pared, su voz grave rozándole la piel.
—Es más fácil, Sayuri. O aceptas que me amas a mí… al hombre que destruyó a tu guardia, al hombre que te doblegó, al hombre que ahora late dentro de ti… O sigues viviendo una mentira, aferrada al fantasma de Reiku encarnado en otro hombre.
Sayuri sintió que le faltaba el aire.
—¡No me obligues a elegir!
Kazuo tomó su rostro con ambas manos, con una fuerza que no era ternura, era desesperación.
—Ya lo hiciste. Cuando dejaste que te tocara, cuando dejaste que te besara, cuando me cosiste la herida con esas manos. Me elegiste a mí… y eso es lo que más te aterra.
Las lágrimas cayeron sin permiso. Sayuri lo empujó débilmente, con la voz rota.
—Ojalá pudiera odiarte lo suficiente para matarte.
Kazuo bajó la frente hasta rozar la de ella, susurrando:
—Ojalá pudieras amarme lo suficiente para no intentarlo.
—Soy el monstruo que te hace temblar de odio… y de deseo.
Sayuri tembló de furia.
—Juro que voy a destruirte, Kazuo Arakawa.
Kazuo tomó su rostro con la mano aún marcada por la herida.
—Entonces será la pelea más hermosa de mi vida.