DYLAN.
—¡Basta de chismes, Darla! ¿Qué es lo que quieres? —dije, sintiendo cómo mi irritación burbujeaba a la superficie.
Me costaba creer que Darla se convirtió en mi martirio. Tenía razón cuando dijo que no era como las demás. Sin embargo, nunca imaginé que las cosas llegarían a este punto. A pesar de lo complicado de la situación, tenía que admitir que ella había expresado sus deseos de una relación más seria.
—Quería arreglar las cosas contigo, pero está claro que ya no te interesa… No, más bien, nunca te interesó. —La tristeza en su voz era palpable mientras cruzaba los brazos, tratando de proteger su corazón herido—. Si crees que con él vas a encontrar algo especial, te equivocas. Con Christopher tenías el título de novia y así te trataba. Pero con él, nunca tendrás eso. Para él, solo serás alguien con quien pasar el tiempo. Nunca esperes un paseo por el parque o una salida al cine. Todo lo que vas a encontrar es el paseo de su cama. —Su confesión a Zoe, fue dura y directa, a su estilo.
Tenía que reconocer que había verdad en sus palabras. Lo que contaba me enfurecía, pero también sabía que tenía motivos para sentirse herida. Era un error que había cometido al no haber sido claro con mis sentimientos desde el principio.
Zoe, que había estado escuchando todo, notó la tensión en el aire. —Esto es solo un malentendido… Creo que es mejor que me marche —dijo, caminando hacia el corredor con una mezcla de sorpresa y tristeza en sus ojos.
Justo cuando Zoe iba a doblar la esquina, se encontró con Lucy.
—¡Lucy! —exclamó Zoe, visiblemente sorprendida, reflejando mi propia sorpresa.
—Hola, estaba buscando a Max —respondió Lucy, lanzándome una mirada de complicidad.
—Acaba de irse. ¡Vamos, te acompaño! —dijo Zoe, tomando la mano de Lucy y llevándola lejos de mi alcance, y, más que nada, de la situación complicada con Darla.
Una vez que nos quedamos solos, el aire pareció volverse más pesado, pero estábamos listos para enfrentar lo inevitable.
—Bueno, ya estamos solos. ¿De qué quieres hablar realmente? —pregunté, decidido a escuchar lo que Darla tenía que decir.
—Venía a ofrecerte una disculpa y a decirte que quité la foto de tu padre del periódico, pero me equivoqué. No debí quitarla —dijo casi al borde del llanto, dándome la espalda. Me sentí un imbécil por mi comportamiento.
—¡Darla, espera! —la detuve suavemente, tomándola del brazo. Sabía que, aunque le pidiera perdón, no enmendaría el daño que le causé. Pero al menos quería que supiera que lo lamentaba de verdad—. Disculpa, por ser un idiota. Sé que mis disculpas tal vez no signifiquen mucho ahora, porque ya te hice daño, pero quiero que sepas que lo lamento en verdad. Perdóname por no poder corresponder a tus sentimientos —expresé con sinceridad, buscando una reconciliación.
—Tienes razón, tus disculpas no sirven de nada —respondió ella, mirándome fijamente por un breve momento antes de marcharse. Sus ojos estaban llenos de orgullo y coraje, y solo podía esperar no empeorar más la situación.
Mientras salía de la escuela, no podía dejar de preguntarme qué era lo que realmente había escuchado Lucy. ¿En realidad buscaba a Max? No lo sé; tal vez es imaginación mía. ¿Por qué me buscaría? Sí, fui grosero con ella.
Llegué a casa y mi padre ya estaba con Laura practicando el piano. Siempre salgo tarde del colegio, y rara vez logro cenar con ellos. Por lo general, tomo la cena en la cocina. Mi nana siempre me pregunta qué se me antoja comer, mencionando lo que papá y mi hermana comieron. Siempre elijo lo que ya está preparado.
Esta vez, estoy cenando mientras escucho el suave sonido del piano de fondo. Es fácil discernir cuando lo toca papá y cuando lo hace mi hermana, y nada me llena más de felicidad que verla contenta.
Después de una ducha rápida y sin planes en mente, me dispuse a meterme en cama. Sin embargo, el zumbido de mi móvil cambió el rumbo de mi noche. Max me llamó, eufórico, anunciando que me esperaba en el club. Era imposible ignorar la insinuación de que Lucy también estaría allí. Sin pensarlo dos veces, decidí salir, aunque con la condición de no llegar tarde.
Al entrar al club, el ambiente estaba cargado de risas y luces parpadeantes. Saludé a los chicos, pero noté la ausencia de las chicas. Max, como de costumbre, me recibió con una cerveza fría en la mano.
—¡Eh, qué bueno que llegaste! —dijo Max, con una sonrisa cómplice. Sin embargo, su expresión cambió al atender una llamada.
—Mira, no te enfades, viejo —comenzó, guardando su móvil—. Lucy viene, pero hay un pequeño detalle: su madre la trae. Quiere asegurarse de que tú no estés aquí.
Me sentí sorprendido y un tanto molesto.
—¿Estás insinuando que me marche? —pregunté, tratando de ocultar mi descontento.
—¡Para nada! Solo sugiero que te escondas un rato. Es la única forma de que la señora Sofía la dejé quedarse con nosotros. No entiendo por qué te tiene en la mira, pero es la condición —explicó Max, encogiéndose de hombros.
Sus palabras resonaron en mi cabeza. No entendía qué le había hecho yo a esa señora para que me viera como una amenaza. Nunca antes la había visto hasta que conocí a Lucy. Suspiré, aceptando el reto, solo por verla.
Con una sonrisa de complicidad, le pedí a Raúl que estacionara el coche a una cuadra del club; así, nadie notaría mi presencia. John decidió salir a fumar, vigilando la llegada de las chicas, listo para avisarme cuando era momento de desaparecer. Un silbido agudo rompió el ruido de la noche, y supe que era mi señal.
Me escabullí con rapidez hacia el baño de los hombres. Mientras me sentaba en el retrete, reflexioné sobre la absurda situación. Sentía que todo había comenzado con el pie izquierdo, que lo nuestro era una historia destinada al fracaso mucho antes de empezar. ¿Por qué los adultos meten a sus hijos en estos embrollos? Y peor aún, ¿por qué me tocó a mí, y a ella?
—¡Dylan! Ya puedes salir —gritó David, su voz llena de impaciencia, rompiendo el silencio del baño.
Solté un enorme suspiro, tratando de dejar atrás la frustración que me había estado quemando por dentro. Abrí los ojos lentamente, recobrando la compostura antes de cruzar el umbral de la puerta. Sabía que Lucy estaba molesta. Podía sentirlo en el aire, denso y tenso, como una tormenta que amenaza con desatarse.
Nos habíamos pasado la noche charlando y bebiendo, rodeados de risas y la familiaridad del grupo. Pero algo en mi comportamiento había roto el hechizo, y ahora Lucy evitaba mis ojos con deliberada atención.
De fondo, resonaban los acordes de “Imitadora” de Romeo Santos. La canción favorita de Max y Emma. Nos encantaba verlos bailar, perdidos en su propio mundo de movimientos sincronizados y sonrisas cómplices, y cuando Karla y John se unieron, era como si el salón entero respirara al ritmo de la bachata.
Atrapado en mis pensamientos, mi mirada se encontraba, casi sin querer, con la de Lucy. Ese momento efímero en el que nuestros ojos se fijaron el uno en el otro lo decía todo, lleno de palabras no pronunciadas y sentimientos crudos.
—¡Vaya, viejo! Tienes que enseñarme a mover así el trasero —comentó David entre risas cuando la música cesó y los chicos tomaron asiento.
Aprovechando la pausa, me alejé en busca de un cigarro, necesitando un respiro del tumulto de emociones. El humo se elevaba lentamente hacia el cielo, ensortijándose en el aire fresco de la noche mientras contemplaba el vacío.
De repente, en mi visión periférica, vi a Lucy acercarse con paso decidido. Había algo en su mirada que no lograba descifrar, pero cuando sus ojos se encontraron con los míos, sentí una chispa familiar.
—Siento que tuvieras que esconderte en el baño —dijo, sentándose en la banca que adorna la terraza. Su tono era serio, cargado de una sinceridad que me desarmaba—. Imagino que ya sabes quién es mi madre, y entiendo que estés molesto.
Esos ojos, llenos de una mezcla de culpa y comprensión, la hacían ver más vulnerable de lo que jamás había estado ante mí. Quería decirle que no estaba molesto, al menos no con ella. Aunque pensándolo bien esta mañana, tal vez sí lo estaba un poco.
—Si lo dices por lo grosero que fui esta mañana, lo siento. No eres tú el problema. Y sí, ya sé quién es tu mamá… pero también sé quién es Lucy —dije mientras una ligera sonrisa se formaba en su rostro.
Les aseguro que lo más hermoso de una mujer es su sonrisa, y Lucy se veía divina.
—Lo sé. Pero así son los adultos, especialmente mi madre, ¿sabes? —respondió ella con un suspiro. Sentí el deseo de sentarme a su lado en la banca, para poder verla mejor—. Desde que tengo memoria, mamá siempre me protegió demasiado. Ella espera mucho de mí. No quiero defraudarla, pero a veces me siento asfixiada —confesó, sus palabras fluyendo como un río de emociones. Quería saberlo todo sobre ella: qué la afligía, qué la hacía feliz. Quería cada detalle.
—No puedo decirte que te entiendo completamente, porque viví asfixiado en la soledad —comenté, permitiendo que mis pensamientos escaparan en voz alta.
—¿A qué te refieres? —preguntó, sus ojos llenos de curiosidad.
—Olvídalo. Mejor dime, ¿sabes algo de lo que ocurrió en el pasado con nuestros padres? —le pregunté, desviando el tema.
—No lo sé. Mamá, casi nunca habla del pasado, y prefiero no preguntar por qué sé que es doloroso para ella —respondió. De repente, nos envolvió un silencio frío. Mis pensamientos giraron en torno al deseo de confesar lo que sentía. Nuestras miradas se encontraron, cada una tratando de descifrar a la otra. Mi corazón latía a mil por hora, como si fuera a saltar fuera de mi pecho en cualquier momento. Pero entonces, su celular sonó, rompiendo la magia del momento. Sabía que era su madre por la expresión de su rostro.
—¿Cenicienta tiene que volver? —bromeé, tratando de aligerar el ambiente.
—Muy chistoso —rio, levantándose y extendiéndome su mano, dijo: —Volvamos con los chicos.
Sentí una corriente de energía fluir a través de mí al tomar su mano.
A partir de ahí, comenzamos a ignorarnos delante de su madre, como si fuéramos casi invisibles el uno para el otro. Esa rutina matutina la mantenía tranquila, así que, aunque nuestros ojos se encontraban de vez en cuando, actuábamos como si no nos conociéramos. Sin embargo, dentro de la escuela, la historia era otra.
MESES DESPUÉS.
Con el concurso a punto de empezar, la emoción estaba en el aire. Las apuestas estaban divididas, ya que Lucy ha demostrado ser un buen rival. El plan era confesarle mis sentimientos justo después de la competencia, la cual está programada para mañana. Sin embargo, la idea de enfrentarme a su madre todavía me daba escalofríos, pero estaba dispuesto a hablar con ella si era necesario.
El camino hasta aquí no había sido fácil. En casa, celebramos el cumpleaños de mi hermana con una gran fiesta. Papá se aseguró de que fuera especial, a pesar de la ausencia de mamá. Ese mismo día, visitamos su tumba, llevando rosas al cementerio. Mi hermana Laura siempre rompe en llanto, y ver a papá consolarla me llenó de emoción y dolor, como un fuego en mi pecho, ya que es la primera vez que él nos acompaña. Él siempre suele venir solo.
Durante este tiempo, Zoe se unió a nuestro grupo de amigos. Es la única que sabe lo que siento por Lucy. Luego estaba Dante, siempre al acecho, como Pepe Le Pew persiguiendo a Penélope. Sus intentos de ganar el afecto de Lucy con flores, poemas y chocolates comenzaban a inquietarme. La idea de perderla antes de poder tenerla me causaba un nudo en el estómago.
Hasta ahora, Lucy lo ha rechazado, y eso mantiene viva mi esperanza. Creo que siente lo mismo por mí. Siempre se recuesta en mi hombro, me toma de la mano con frecuencia, y no importa dónde estemos, se sienta a mi lado. Hay algo en su mirada que dice mucho más que solo amistad.
Hoy es el día. Estoy más nervioso por confesarle mis sentimientos que por la competencia en sí. La competencia me da igual; si pierdo, no me importará. Lo que realmente me importa es Lucy.
Bajé a desayunar y noté que papá no estaba allí como de costumbre.
—¿Y papá? —preguntó Laura.
—No lo sé, pero no te preocupes —respondí, intentando sonar despreocupado—. Seguro tuvo algo urgente con la empresa. Tal vez vuelva temprano.
—Está bien, ¡desayunemos! —dijo con una sonrisa, mientras se echaba a la boca un pedazo de fruta. Terminamos de desayunar y Raúl ya me esperaba para llevarme al colegio. Pensé que estaba con papá, pero al parecer no es así. Hoy, Raúl no puso música y el silencio me hizo sentir aún más inquieto respecto a mi padre.
—¡Raúl! —lo llamé, tratando de romper el silencio.
—Sí, joven Dylan —respondió, sus ojos encontrándose con los míos a través del retrovisor.
—¿Sabes dónde está papá? —pregunté, intentando descifrar alguna pista en su rostro.
—Tuvo una emergencia esta mañana. Salió muy temprano y me pidió que lo trajera al colegio —respondió con una ligera incertidumbre en su voz.
Decidí no preguntar más. Ya estábamos frente al colegio, así que tomé aire, tratando de calmar la preocupación que revoloteaba en mi pecho. Los chicos ya me esperaban, y me recibieron con alboroto.
—¡Viejo! Las apuestas están que arden, y vas arrasando —dijo Max, su blanca dentadura reluciendo en una sonrisa.
—Sí, pero también hay un pequeño conflicto —dijo Karla, quien acababa de llegar con el ceño fruncido.
—¿Qué clase de conflicto? —pregunté, intrigado.
—¿Acaso no tienes activadas las notificaciones? —me miró Karla, con una mezcla de sorpresa y reproche.
—¡No! —contesté rápidamente. Saqué el móvil del bolsillo y lo desbloqueé, dirigiéndome enseguida a las noticias de la universidad. Ahí estaba, un titular que no me sorprendió del todo: “¿Podrá una becaria quitarle el trono al heredero?”
El artículo estaba lleno de comentarios incendiarios: “Los becarios no deberían participar”, “No creo que una mujer piense mejor que un hombre”, “La inteligencia no se mide en dinero”, “El dinero no quita la misoginia”, “Temen que un becario supere a un heredero, y más si es mujer”.
Mientras leía, me embargó una sensación extraña. No era la primera vez que un becario participaba en un evento así, y, aun así, el alboroto era notable.
Absorbiendo la tensa atmósfera de los comentarios, no me di cuenta de Max hasta que me empujó bruscamente. Estuve a punto de gritarle, pero me detuve al oír un murmullo: eran Lucy y su madre.
Me quedé tras el auto donde había caído, observándolas desde la distancia. La madre de Lucy le hablaba con gesto serio, como si la estuviera reprendiendo. Lucy lucía abatida, con un asentimiento silencioso y una expresión de tristeza que me partía el alma.
No me gusta verla así. Daría lo que fuera por borrar esa tristeza de su rostro, y hacerla sonreír.
“Desearía ser el Dylan de mis sueños.
Él que te ama sin miedo a lo eterno.
Viajero de tu cielo y navegante de tus besos.
Anhelo ser quien te acaricie despierto.
Ser el viento que le susurra a tu alma, él te amó que guardo en mi almohada”.
Con amor, DYLAN.