La mañana siguiente amaneció gris y cargada de humedad. Anto caminaba rumbo a la escuela con paso rápido, sus pensamientos tan revueltos como el cielo encapotado. Sus manos jugaban con el cierre de su mochila, mientras el recuerdo de las palabras de Sebastián la perseguía como un susurro incesante: "No voy a dejarte escapar de lo que ya sabemos los dos". Ella lo odiaba. Odiaba cómo la miraba, cómo lograba desarmarla con un solo gesto, cómo la hacía sentirse viva y vulnerable al mismo tiempo. —¡Basta! —se dijo en voz baja mientras cruzaba la reja de la escuela—. No voy a dejar que me confunda más. Cuando llegó al patio, lo vio de inmediato. Sebastián estaba con sus amigos —Agustín, Lautaro, Ezequiel, Máximo— todos riendo y bromeando como si no existiera un mundo fuera de su grupo. Él la

