Capítulo 4

1560 Words
Un silencio cuelga en la habitación, lleno de palabras no dichas y preguntas sin resolver. Siento que la distancia entre nosotros crece y no sé cómo acortarla. Lo único que puedo hacer es esperar, con la esperanza de que mañana traiga al menos un poco de claridad. La chica extiende la mano y sus dedos, como una suave brisa, rozan mi rostro. Su tacto es tan cálido, tan tierno, que todo en mi interior se aquieta. Sus ojos, llenos de sinceridad y anhelo, me miran como si yo fuera su mundo entero. —No quiero decir adiós, así que tendrás que hacer espacio y compartir la cama conmigo —dice. Su palma se desliza suavemente sobre mi mejilla, y siento su calor penetrar profundamente en mi corazón, disolviendo todos mis miedos y dudas. Cierro los ojos, sumergiéndome en el momento. Sus dedos se mueven como el pincel de un artista, trazando patrones invisibles sobre mi piel. Cada toque es tan tierno que quiero fundirme en él, olvidar todo lo demás. Una sensación extraña pero placentera me invade, como si estuviera envuelto en un c*****o seguro donde nada existe excepto su calor y su amor. Quiero quedarme dormido solo para prolongar esta paz infinita, pero aún más, quiero responder —ronronear como un gatito que se siente querido y protegido. Katrin traslada su tacto a mis labios, y siento que sus dedos tiemblan ligeramente. Abro los ojos para encontrarme con su mirada. Sus ojos están llenos de ternura y miedo, como si temiera que este momento pudiera desvanecerse en cualquier instante. —No vuelvas a hacer eso. La próxima vez, puede que no regrese a ti —mis palabras son tranquilas pero firmes. No quiero herirla, pero ella necesita entender: sus acciones no siempre son inofensivas. Ante mis palabras, Katrin aparta la mirada y veo cómo la tristeza llena sus ojos. Intenta retirar la mano, pero no se lo permito. Tomando su palma entre las mías, beso cada dedo, inhalando el familiar y dulce aroma de su perfume. Estos besos son mi forma de decirle que sigo aquí, que aún la amo a pesar de todo. Luego vuelvo a presionar su mano contra mi mejilla, dejándole saber que estos toques son como el aire para mí: algo sin lo que no puedo vivir. —Te amo. Pero eso no significa que vaya a tolerar tu falta de respeto —la miro directamente a los ojos. Mi voz lleva tanto amor como determinación. —No estaba intentando humillarte, ni siquiera lo pensé —sus ojos son sinceros, pero también hay miedo: miedo a perder lo que tenemos. Su mano permanece en mi mejilla y siento su calor mezclándose con mi aliento. Permanecemos en silencio, pero este silencio contiene más entendimiento que mil palabras. —Lastimarme significa que no me respetas, como mínimo. Y en segundo lugar, nunca pensé que pudiera darte alegría —mis palabras tienen un sabor amargo. Los recuerdos pasan ante mis ojos como escenas de una vieja película. Su sonrisa burlona —juguetona y pícara— justo antes de que yo gritara de dolor. Esa sonrisa, que una vez pareció siniestra, ahora despierta sentimientos encontrados: dolor, confusión e incluso un dejo de arrepentimiento. —¿Alegría? ¿Cuándo sentí yo alegría? Más bien lloré cuando empacaste tus cosas en silencio —replica La Rebelde, con la voz temblorosa. Sus ojos, normalmente tan brillantes y seguros, ahora están llenos de lágrimas. Intenta explicarse, pero hay un dolor genuino en sus palabras. Es obvio que nunca quiso lastimarme: su mirada perdida y sus manos temblorosas delatan su culpa. —Justo antes de arrancar esa tira —o como se llame— me sonreíste con anticipación —le recuerdo, con un tono cargado de acusación. Ella se estremece como si la hubieran golpeado. Su rostro palidece y baja la mirada, como escondiendo vergüenza. —Sí, ¡porque pensé que apenas te dolería! Y luego, durante semanas, me burlaría de ti por no meterte conmigo —dice rápidamente, como temiendo que la interrumpa—. No sabía que sería tan horrible para ti. De haberlo sabido, nunca lo habría hecho. No quiero lastimarte, eso no me hace feliz. Sus palabras suenan sinceras, pero un regusto amargo perdura en mi pecho. Quiero creerle, pero el recuerdo de ese dolor, su sonrisa burlona, la humillación… no se desvanecerán así nada más. —Está bien, olvidémoslo y sigamos adelante —sugiero, intentando suavizar las cosas. Quiero que esto quede enterrado en el pasado, volver a ser quienes éramos: dos personas enamoradas, dispuestas a perdonar. Pero La Rebelde no ha terminado. Sus ojos arden con determinación y aprieta mi mano con tanta fuerza que sus uñas se clavan en mi piel. —No, no podemos simplemente olvidar —dice con firmeza—. No quiero que quede nada sin decir entre nosotros. No quiero que pienses que no me importaba. Me importas. Eres todo para mí, y odio haberte lastimado. Sus palabras calan hondo. Veo lo mucho que se esfuerza, lo desesperadamente que quiere arreglar esto. Y en este momento, me doy cuenta: tal vez ambos estuvimos equivocados. Katrin, en sus acciones. Yo, en mi reacción. Pero por encima de todo, queremos lo mismo: que volvamos a estar bien. —¿No me crees? —Últimamente, me he decepcionado tanto de ti que empecé a dudar de todo lo que me has dicho en todo este tiempo —admito con honestidad. Sí, sé que duele escucharlo. Pero ella necesita entender qué tan profunda es esta herida. Katrin se voltea en silencio, encogiéndose sobre sí misma mientras empieza a llorar. Me doy cuenta de que me he pasado. Ahora soy yo quien la está lastimando, y necesito arreglarlo —rápido. Porque ninguno de los dos quería esto. —Cariño, no… Lo siento, soy tuyo, ¡lo sabes! Vamos, no llores. Si quieres, podemos hacer la depilación de nuevo, solo deja de llorar —bromeo débilmente. Por supuesto, sé que ella nunca lo sugeriría de nuevo. —No, es solo que… no pensé que podría decepcionarte tanto. Soy una decepción para todos los que conozco. —Eso son tonterías. Eres nuestro sol. El mío, del abuelo Vi, de tu abuela… incluso el de nuestros compañeros. Y el sol debe brillar, no llorar. Yo solo le di demasiadas vueltas a las cosas, eso es todo. Vamos, nena, no llores —murmuro, besando su hombro, su cuello, su espalda, intentando calmarla. —Necesito descansar. Hoy ha sido duro y solo quiero que termine. Vamos a dormir, ¿de acuerdo? —dice La Rebelde, sin darme todavía la vuelta para mirarme. Me acuesto boca arriba, sintiendo cómo el colchón cede ligeramente bajo mi peso. La habitación está bañada en penumbra, solo la tenue luz de la luna se filtra por las cortinas, proyectando sombras extrañas en las paredes. El aire es denso con el silencio —pesado, como si algo no dicho flotara entre nosotros, inquietándonos a ambos. Mis ojos se fijan en el techo mientras mis pensamientos giran en torno a ella, en torno a nosotros. Sus palabras —«Necesito descansar»— resuenan en mi mente una y otra vez. Palabras simples, pero cargadas de un agotamiento que parece haberse filtrado en su misma alma. Quiero preguntarle qué la aflige, atraerla hacia mí y prometerle que todo estará bien. Pero sé que no está lista para eso ahora. Me ha cerrado la puerta y puedo sentir ese muro invisible que nos divide. —De acuerdo. Dulces sueños, amor —murmuro, buscando la mejilla que intenta ocultarme y dejando caer un beso sobre ella. Anhelo rodearla con mis brazos, pero el peso en mi pecho me lo impide. Y en este momento, comprendo: a pesar de todo, lucharé por nosotros. Porque ella es aquella por la que atravesaría el infierno. El beso que dejo en su mejilla es leve como una pluma, pero lleva consigo toda la ternura que no puedo poner en palabras. Ella no responde, no se vuelve hacia mí, y eso duele más de lo que quisiera admitir. Mi corazón se oprime, pero me niego a dejar que se note. Permanezco inmóvil, forzando respiraciones pausadas para disimular la tormenta interior. Mis manos se aprietan en puños, luego se abren, aferrándose a la nada. Quiero abrazarla, sentir su calor, su aliento, su cercanía. Pero no puedo. Ahora no. En cambio, cierro los ojos, concentrándome en los sonidos a nuestro alrededor. Su respiración es pausada, pero sé que no está dormida. Katrin está fingiendo, igual que yo. Yacemos juntos en este silencio, cada uno atrapado en nuestros propios pensamientos, nuestro propio dolor. Me doy la vuelta de lado, frente a ella pero sin tocarla. Su silueta en la oscuridad está tan cerca y a la vez es imposiblemente lejana. Más que nada, quiero que se vuelva hacia mí. Que me abrace y me susurre que todo estará bien. Pero Katrin no se vuelve. Y así permanezco yo, sintiendo cómo el silencio entre nosotros se vuelve más pesado, más sofocante. El sueño no llega. Mis pensamientos son demasiado fuertes, mi corazón demasiado pesado. Aprieto los ojos con fuerza, imaginando que mañana cambiará todo, que encontraremos el camino de regreso. Pero incluso en mis fantasías, no puedo estar seguro. Y así permanezco. En la oscuridad. A su lado, pero solo. Solo con mis pensamientos, mis miedos y este amor que amenaza con destrozarme.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD