El señor Enrique Ocampo era hijo de un acaudalado terrateniente de Buenos Aires. Temperamental y testarudo, no solía aceptar las negativas a sus deseos. Sin embargo cuando la viuda más hermosa de la ciudad lo rechazó, quedó sumergido en su propio rencor, masticando su propio veneno, que terminó por hacer efecto el día que el que leyó el anuncio del compromiso de la dama en cuestión con otro hombre. Esa tarde la había pasado dando vueltas en la sala de su casona, recorriendo sus cortos encuentros en su memoria con la pena ahogandolo sin pausa. Cuando su familia por fin lo dejó solo, decidió que no se iba a resignar. Felicitas sería de él o no sería de nadie. Tomó el arma que su padre guardaba en el escritorio, la sujetó en su espalda y caminó con paso firme hasta el barrio de Barracas.

