Un mes después… Entro a mi apartamento con una furia que me calcina por dentro. El sonido de mis tacones resuena como si cada pisada fuera una sentencia, hasta que me los quito de un solo tirón y los lanzo a un lado. Mi voz retumba al ordenarle a Alexa que reproduzca una lista de Luis Miguel. Baladas, por supuesto. Me merezco una buena sesión de drama. ―¡¿Cómo se atreve?! ―exclamo, temblando de indignación al recordar la sensación de llegar a lo que debería ser mi lugar seguro, mi galería de arte, y que una empleada, con nervios en los ojos, me diga que por orden de mi esposo no puedo estar ahí. ¡Mi esposo! Mi respiración se agita, mi pecho sube y baja con fuerza, y por dentro me hierve la sangre. Lo peor de todo es que ni siquiera puedo calmarme con una copa de vino porque estoy embara

