Capítulo 5

5954 Words
Antonio subió al segundo piso, sus pasos eran lentos, estaba exhausto. La discusión que mantuvo con su hija menor había sido agotadora. Sabía que Emma se sentía mejor después de alejarse de casa, ya que su departamento era el lugar más tranquilo que su hija tenía. Y ella solía reflexionar sobre lo sucedido cada vez que algo así pasaba. Suspiró, todo lo que le dijo era cierto, de verdad la necesitaban, la empresa no había tenido problemas hasta hace medio año. No era como si Emma fuese su última oportunidad, pero si no encontraban a alguien de confianza que cubriera las finanzas de Allan, el dinero comenzaría a desaparecer de nuevo.  Comenzó a pensar que mencionar a su hija para ese puesto había estado mal, no porque Emma no fuera capaz de hacerlo, sino porque Allan no la veía como una empleada, y eso era su culpa. Había contado a su jefe tanto sobre Emma, que no le sorprendía —mucho— que las cosas terminaran así. Allan tendría que dejar de ser un total idiota si quería que Emma lo ayudara, y si la terquedad y orgullo de su hija le impedían ver el problema real e inmenso en el que estaban metidos, todo se perdería, y la empresa se iría a la bancarrota. Suspiró y fue en busca de Silvia, le daría la buenas noches y besaría a su querido nieto, otro asunto que también le preocupaba; El pequeño Tony era adorable y el sueño de cualquier abuelo, pero Silvia no le mencionaba sobre el padre, aunque era obvio de quién era.  Abrió la puerta y encontró a su hija sentada frente al espejo del tocador, se aplicaba crema en las manos y las piernas. — ¿Emma se fue? —preguntó al terminar su labor. —Acaba de irse —dijo en voz baja— Tuvimos una discusión, otra más —confesó. —Lo siento por eso —hizo una mueca— Hablaré con ella mañana temprano, estoy segura que no será problema convencerla. —Me lo dejó muy en claro, cariño —llegó a la cama y se sentó junto a su nieto. El niño dormía abrazado a un conejo de peluche. — ¿Me dijiste que rechazó la oferta de trabajo en tu oficina, cierto? —se puso de pie y se abrochó la bata de seda negra que usaba. —Sí, la rechazó por completo, tanto a Allan, como a mí —talló su sien, angustiado. — ¿Ocurre algo más, verdad? —se acercó a la cama, se sentó al lado de su padre y sujetó su mano— ¿Papá? —La situación de Allan es delicada, necesita resolver su problema, y si no confía en nadie no podrá contratar quien lo ayude —dijo lo más que pudo, no era un asunto que pudiera divulgar. — ¿Y no le explicaste eso a Emma? —se cruzó de brazos. —No me dejó hacerlo, se fue antes de que le dijera todo —miró a su hija, con pesar. Tony se movió en busca de un abrazo, uno que su abuelo le dio. Lo cargó con cuidado y besó su frente. —Esto lo arreglaré yo, no te preocupes —Silvia estiró su mano y tocó el hombro de su padre— Hablaré con esa testaruda y orgullosa chica mañana a primera hora —su ceño se frunció— La llamaré en este momento para dejarle en claro lo que pienso sobre su actitud. —Cariño, no es necesario, si Emma no quiere hacerlo no pienso obligarla —sonrió apenas para calmar a su hija. —No se trata de eso, si de mí dependiera, lo haría sin pensarlo solo por el hecho de que eres tú quien necesita ayuda, y tu amigo ha hecho tanto por ti, ¿acaso ella no lo entiende? —Silvia —dijo sintiendo que no tenía otra opción— Habla con ella si quieres, pero no la obligues a hacerlo —aclaró— Yo le explicaré todo y aceptaré lo que ella decida. —Está bien, solo hablaré con ella —aceptó más calmada— Además tenemos que hablar sobre su reacción en la cena, no es algo propio de Emma, y me preocupa. —Bien —se puso de pie y le entregó a Tony— Descansa, yo haré lo mismo. —Buenas noches, papá —dijo después de abrazar a su hijo— Y gracias por recibirme de nuevo. — ¿Por qué no lo haría? —sonrió— Eres mi hija, no importa el tiempo que pases fuera, ésta siempre será tu casa, y yo siempre te recibiré. Silvia reprimió las lágrimas de felicidad y asintió cuando su padre salió de la habitación. Hasta hace unos días temía por la reacción de Antonio, una cosa era que ella volviera sola, pero lo había hecho con un hijo del cual ni él o Emma sabían al respecto. Sabía que era afortunada, tener una familia que la amaba incondicionalmente no pasaba todos los días. Y se prometió que nunca volvería a hacerles lo mismo.  Recostó a su hijo en la cama y después fue por su celular. Llamó a Emma, tenía que aclarar algunas cosas con su querida hermana. Emma condujo con prisa por las calles iluminadas de la ciudad, sentía como si un enjambre zumbara en su cerebro, y aunque su expresión no denotaba alguna señal de enojo o malestar, la temperatura de su cuerpo aumentó significativamente, y tuvo que abrir el vidrio para que el aire frío la calmara. Había sido humillada. No, ser humillado solo era posible cuando ella lo permitía, cuando sucumbía ante las palabras o acciones de la otra persona, y ella nunca permitía sentirse de esa manera tan baja. El incidente con el jefe de su padre había sido un momento desagradable, pero algo que ya había pasado, logró poner en claro sus palabras antes de dejar su casa, y a esa presencia, y estaba orgullosa por eso. Sonrió, de una manera divertida, una parte de ella se regocijaba al recordar la expresión de ese idiota cuando le dio el golpe bajo. Se lo merecía, por supuesto. Y tras verificar que no hubiera algún rastro de culpa en su subconsciente, sonrió aún más. Había sido un día muy largo. Pero a pesar del horrible comienzo y de la escena en casa de su padre —que de hecho no causaba problema en ella— acababa de enterarse que tenía un hermoso sobrino. Su hermana había vuelto a su vida, y les había dado, tanto a su padre como a ella, un pequeño maravilloso que adoraron al instante. Se sentía mal por decirle No a su padre, pero después de cómo se desarrollaron las cosas, no podía culparla —aunque claro, él no sabía nada—. Sacudió su cabeza, su prioridad ahora era encontrar un empleo decente, uno que conseguiría por su propio esfuerzo y dedicación. Al llegar a su departamento, era ella misma. Todo estaba en orden. Entró al ascensor y soltó un suspiro, no de frustración o algo parecido, sino uno que denotaba su cansancio, y sus ganas por tomar un largo baño de agua caliente.  Al estar en su departamento y encender la luz, sonrió dando una larga mirada a su hogar: Tenía paredes altas que fueron reemplazadas por enormes ventanales, de un estilo minimalista, ya que adoraba el orden, las paredes de la sala eran gris oscuro y el piso de madera beige. La cocina no era muy grande, ya que no sabía mucho sobre eso, ella misma se había encargado de la decoración. Ese lugar expresaba su verdadera esencia, una persona clara, directa y ordenada.  Dejó su bolso sobre el sofá y se quitó su abrigo. La promesa de ese baño largo y delicioso la hizo sonreír, caminó hasta entrar a su habitación y abrió la llave del agua, los chorros de vapor la tranquilizaron, pero su celular sonó en ese momento. Regresó a la sala, cuando vio el nombre de su hermana parpadear en la pantalla sintió un escalofrío. —Silvia, ¿todo está bien? Del otro lado escuchó un largo suspiro. —Sabes perfectamente que no —su tono era acusatorio y la hizo apretar los labios. — ¿De qué hablas? —Emma, necesitamos hablar sobre tu comportamiento con papá —dijo molesta— ¿Cómo pudiste ser tan fría? Incluso viniendo de ti, fue muy cruel. Emma resopló. No era su intención que su padre se sintiera mal, pero no conocía otra manera de dejarle claro que no trabajaría en ese lugar solo para complacerlo. —Silvia, por favor no hables como papá —pidió— Fue suficiente lo que él hizo el día de hoy, incluso sé que debería ser yo quien lo llame cruel, por el engaño que me hizo, pero no lo hago. —Papá es todo menos cruel —defendió frunciendo el ceño— Si tan solo pensaras como una persona normal con sentimientos, te darías cuenta que papá realmente está pasando por un problema grave. Emma frunció el ceño. — ¿Qué le sucede? — ¿Ves? No lo sabes —reclamó ella— Si tuvieras un poco de compasión, ayudarías a papá en lo que sea que necesite, solo por el hecho de que es tu padre. —Silvia —la detuvo— Comprendo que papá tenga problemas en su trabajo, pero la manera en que manejó todo no fue la mejor, si hubiera sido honesto conmigo desde el principio yo habría aceptado sin pensarlo, porque es mi padre. — ¿Entonces por qué le dijiste que no? Emma agarró aire. —No, espera, mejor ven mañana y hablemos en persona —pidió Silvia tallando su sien. —Lo siento, pero no tengo tiempo. —Pues cancela tus planes —ordenó— Necesitamos hablar porque obviamente hay algo que no me estas contando. Emma cerró los ojos, frustrada. —Iré mañana después del desayuno —aceptó a su pesar. —Bien —respondió Silvia antes de colgar. Emma dejó el celular en el sofá y dejó salir un largo suspiro. ¿Acaso su padre la había “acusado” con Silvia? Sacudió su cabeza, no, su padre no era así de inmaduro. Era cierto que tenía cosas que no había dicho, y sin duda alguna las diría mañana, después de todo, su familia tenía que saber la clase de hombre que era Allan Estrada. El baño caliente consiguió calmarla lo suficiente para volver a su control. Su casa era su ambiente, estando ahí era una persona serena y contenta. Las cosas eran diferentes cuando su padre la visitaba, entraba a su territorio, y por más cosas que dijera, no lograba alterarla. Pero, cuando ella iba a su casa, las cosas se salían de control tan rápido, que las visitas terminaban con ella ofuscada, y su padre sentido. No pensó que con el regreso de Silvia la situación empeorara, ahora sentía que esos dos habían formado alguna especie de bando, y estaban en su contra. El asunto del trabajo llevaba un par de semanas. No podía recordar cuántas veces rechazó la oferta de su padre, al principio con amabilidad, pero tras su molesta insistencia, tenía que recordarse que el hombre que la hacía perder la paciencia era su padre, terminaban discutiendo, y con ella dejando la casa. Odiaba pasar el día suspirando, pero volvió a hacerlo. Secó su cabello y lavó sus dientes. Cambió la toalla que la envolvía por una camiseta vieja que usaba de pijama, se puso ropa interior limpia y se acostó con lentitud. Las palabras de Silvia —y su padre— se repitieron en su cabeza. Aceptaba que estaba siendo grosera al rechazar de esa manera a Antonio, pero ellos no sabían toda la historia. Y aunque fue su error no haberlo dicho en su momento, se arrepentía por morderse la lengua cuando bien pudo aclarar que la razón principal por la que no aceptó ese trabajo, era por lo desagradable que era el idiota jefe de su padre. Silvia dejó el teléfono sobre la mesa al lado de su cama y suspiró, cubrió a su hijo con una manta y se recostó junto a él. El asunto con Emma había quedado claro por el momento, solo debía cuidar bien sus palabras, tener una discusión con ella siempre terminaba en una derrota instantánea.  Cerró los ojos, sentía culpa aún a pesar de hablar con Antonio, el tiempo alejada de su familia fue una época dura. Y aunque fue recibida con los brazos abiertos, sin hacer preguntas, no podía dejar de sentir que no merecía tanta aceptación y perdón de su parte. Los había extrañado mucho, y era claro que ellos pensaban lo mismo. Escuchó sonar su celular y respondió antes de que Tony despertara —ya que tenía por gusto contestarlo— y si eso pasaba, no podría lograr que volviera a dormirse. — ¿Diga?  —Silvia. Su pulso se detuvo. Bajó de la cama tan rápido que casi despierta a Tony, corrió hacia la puerta y salió al pasillo, sentía temblar sus piernas y un sudor acumularse en su espalda baja. —Ivan... —susurró con la garganta seca. — ¿Dónde estás?  Ella no supo qué responder. —Fui a tu casa en Grecia pero me dijeron que dejaste el país, ¿regresaste a casa de tu padre? — ¿Por qué me estás buscando? —preguntó entrando en pánico, ¿sabría de su hijo?  —Silvia, por favor —pidió— Necesito verte. — ¿Para qué?  —Fui un idiota al haberte dejado —respondió con sinceridad— No quiero que sigamos separados. Sintió arder sus ojos al escucharlo, ¿hablaba en serio? ¿Por qué tenía que venir ahora después de cuatro años sin saber de él? —Lo siento —dijo cuando la primer lágrima se deslizó por su mejilla— Pero yo no quiero volver a verte. —Por favor —volvió a pedir— Dime dónde estás, sé que no quieres que terminemos así. —Lo siento —susurró antes de colgar. Agarró aire y talló sus ojos, no iba a permitirse una sola lágrima más, ya había tenido suficiente por ese tiempo que pasó sola, embarazada y sin saber qué hacer. Ivan se había ido de su vida, y ahora que era madre, no permitiría que volviera. Era feliz ahora, su familia estaba de nuevo a su lado, y una llamada del hombre que una vez amó con toda su alma, no iba alterar la paz que tanto había buscado. Regresó a la habitación y se deslizó en la cama, Tony dormía plácidamente, sonrió a pesar de sus obvias ganas de llorar y se cubrió con la manta, cerró los ojos, pero solo porque de esa manera sería más sencillo impedir que el llanto se desatara. A la mañana siguiente, lo primero que hizo fue encender su celular. No tenía por costumbre apagarlo, pero dado su humor de la noche pasada no le importó. Le sorprendió ver que tenía un mensaje de voz de Antonio —y una docena de la oficina y demás— ya que él no acostumbraba dejar mensajes de voz, Antonio prefería hablar en persona. Apretó los labios y decidió escucharlo, de todas formas sospechaba el contenido. Antonio salió de su casa muy temprano en la mañana, bajó las escaleras a prisa mientras se hacía el nudo en su corbata. No desayunó, ni siquiera le avisó a Silvia. Tenía un asunto muy importante que discutir con su amigo. Subió a su auto y salió de la casa.  Llamó a Allan al llegar al primer semáforo. Si aún estaba en su casa iría para allá. Allan maldijo su suerte al escuchar el mensaje, ¿Por qué esa chica era tan jodidamente terca? ¿Acaso no entendía que de verdad necesitaba de su ayuda?  Al parecer no, ya que olvidé decirle.  Tomó el celular y volvió a escucharlo, lo hizo varias veces. Al terminar la quinta vez salió de su habitación, fue a la cocina a prepararse su desayuno. Las palabras de Antonio resonaban en su cabeza, claro que había pasado algo. —Tu hija me pateo la entrepierna, Antonio —dijo en dirección a la entrada de su habitación— ¿Te parece poco? ¡Porque aún me duele, maldición! Estaba furioso, tan frustrado que no sabía qué hacer. Si no podía confiar en sus empleados, ¿cómo podría sacar la empresa adelante? Tenía que ser él quien lo resolviera, pero necesitaba ayuda en un tema que no era su fuerte. ¿Por qué se dejó asombrar por lo brillante que era su hija? —Es tu culpa, Maldonado —volvió a hablar a la nada— Si no fuera por ti no estaría pasando por esta situación, no puedo contratar a nadie porque en quien confío es en tu terca hija. Se sirvió una taza de café con crema, vertió azúcar y bebió un sorbo. Sus ojos iban de vuelta al umbral de la habitación, como si su amigo estuviera ahí, observándolo, sonriendo como siempre. Se obligó a dejar de ver a ese lugar, metió dos rodajas de pan integral en la tostadora y sacó una crema de avellana de un cajón. Su celular sonó cuando estaba untándola en el pan. Corrió a contestar en cuanto lo escuchó, en algún lugar dentro de él, deseaba que fuera Emma quien llamara; pero no fue así. — ¿Estás en tu casa? —escuchó la singular voz de Antonio. —Sí, estoy desayunando —respondió dando un gran respiro. —Voy llegando, ¿me invitas?  —Claro, sube —dijo sonriendo. Colgó al escuchar una afirmación, ¿Por qué había querido —deseado— que la hija terca de Antonio le llamara? Eso era imposible. Esa chica jamás lo llamaría, así fuera el último hombre sobre la tierra. Silvia despertó al llamado de su hijo, Tony se movía entre sus brazos, abrió los ojos y lo arrulló, pero este quería levantarse y no se lo permitió. —Tranquilo pequeño, vuelve a dormir. —No quiero —hizo un puchero y se sentó. Silvia sonrió y se sentó al lado de él. Tony se puso de pie y dio un salto para bajar de la cama. Ella sonrió por la acción de su hijo, vio la hora; 7:25 de la mañana. Hizo una mueca por ser tan temprano pero su hijo había despertado con toda la pila. Quería volver a dormir, después de la llamada que recibió la noche anterior, había quedado exhausta. —Quiero jugo —pidió Tony acercándose a ella. Silvia sonrió al escuchar a su hijo y se bajó de la cama. Tomó la mano del niño y salieron de la habitación. Le sorprendió no encontrar a su padre, supuso que se habría ido a trabajar. Bajó las escaleras con el pequeño Antonio y entraron a la cocina, sirvió un vaso de jugo a su inquieto hijo y lo observó beberlo. Sin duda era idéntico a su padre, mismo cabello y misma actitud. Se obligó a no llorar, no frente al niño. Había decidido cuidarlo por su cuenta, y no dejaría que Ivan se enterara de su existencia. A las ocho en punto abrió los ojos. Su humor estaba como siempre, los incidentes de la noche anterior ya no le afectaban en absoluto, solo sintió una pequeña molestia ya que tenía que ir a hablar con Silvia. Recordar que vería a su recién conocido sobrino la hizo sonreír, así que bajó de la cama y fue a la cocina, tomó un vaso con agua y puso la tetera a hervir.  Recogió su cabello rubio en una coleta y puso un disco de música. Caminó de vuelta a su habitación cuando Disenchanted de MCR comenzó a sonar, esas notas de guitarra la calmaron —como siempre— y abrió las puertas de su clóset. Sabía que ese día estaba igual o más frío que el anterior, y ya que sus planes de conseguir trabajo estaban cancelados —por ese día—, se vestiría casual y cómoda. Sacó unos jeans azul claro de corte recto, una blusa beige de manga larga, una gabardina azul marino que llegaba a la rodilla, su bufanda crema y sus botines negros preferidos.  Ella amaba los tacones, pero las botas eran su perdición. Se vistió mientras la canción soltaba el primer coro y dejó el pijama sobre la cama. Se puso ropa interior a juego, la blusa y después los jeans. Le costó encontrar calcetines que hicieran par, así que, rendida, tuvo que usarlos de diferente color. Sonrió, porque hacía eso cuando era niña, un dato que su madre siempre notaba en ella, incluso cuando no podía verlos, su madre sabía que Emma traía una calceta de un color y el otro diferente. Calzó los botines y regresó a la cocina, la tetera comenzó a silbar y sacó una taza, apagó la estufa y vertió dos sobres de té. Cuando el agua caliente bañaba las bolsitas de té de manzanilla que siempre bebía, la canción terminó. Añadió una cucharada de azúcar y un poco de leche, bebió con gusto. Dejó la misma sobre la barra y sacó dos manzanas del refrigerador, las partió con rapidez y las comió mientras escuchaba la siguiente canción. Al terminar su desayuno lavó sus dientes, soltó su melena dorada y la cepilló hasta que sus mechones se acomodaron. Maquilló su rostro con una base, pintó sus ojos de un crema tenue, rizó sus pestañas, y cubrió sus labios de un rosa pálido. Estando lista tomó su bolso, celular, las llaves y salió de su departamento hacia la casa de su padre. Llegó media hora después —gracias al tráfico—, entró con la llave que todavía conservaba. —Buen día —dijo mientras dejaba su bolso en el sofá. Al primero que miró fue a su sobrino. El pequeño salió corriendo de la cocina gritando su nombre. — ¡Tía Emma! —dijo al llegar a ella, saltó para abrazarla y no la soltó. Emma sonrió sorprendida por tan efusivo recibimiento, no estaba acostumbrada a que los demás la abrazaran, pero con Tony era diferente, así que lo abrazó con fuerza. —Hola —sonrió cuando Tony la dejó respirar— ¿Ya desayunaste? —No, te estamos esperando —dijo sonriente, sus pequeños dientes se dejaban ver. — ¿Dónde está mamá? —sonrió por la imagen tan tierna— ¿Cocinando? —No, ella dijo que no quería volver a quemar la cocina, y pidió comida para nosotros tres —se explicó lo mejor que pudo, que fue impresionante. Ella soltó una carcajada, como no lo había hecho en mucho tiempo. Tony era muy inteligente. Su percepción era admirable. —Eres muy listo —dijo a su sobrino. El recuerdo de lo que pasó la noche la hizo fruncir el ceño. Tony había visto y oído todo lo que el idiota de Allan había hecho, ¿le habría contado a Silvia o a su padre? Miró al niño con preocupación, pero este sonreía deleitado. —Hola, Emma —saludó Silvia. Dejó salir el aire lentamente antes de mirarla a los ojos, la calma volvió a su interior, después de todo, ella era inocente. Silvia se acercó y sonrió. — ¿Desayunaste? —Solo un poco de fruta —respondió. —Y un té de manzanilla —dijo divertida— Sin duda no has cambiado. —Lo mismo digo —sonrió. Silvia esperaba alguna reacción por su parte, por todo lo que había pasado, al menos pensó verla molesta o alterada. Pero la tranquilidad de Emma era incluso frustrante, pero así era ella. — ¿Qué ordenaste? —preguntó mientras entraban al comedor, dejó a Tony en su silla alta y se sentó junto a él. —Hay un nuevo lugar que me gustó —dijo Silvia— Ordené diferentes platillos, el pollo sabe muy bien. Emma asintió, la comida olía delicioso. Sonrió a Tony que no dejaba de mirarla y comenzaron a comer. —Papá no te dejó usar la cocina —dijo a los minutos. Silvia soltó un resoplido. —Fue lo primero que hizo cuando llegué —recordó, ofendida— Como si quisiera volver a meterme a ese lugar, fue un horror la última vez. Emma rió divertida, cada vez que Silvia cocinaba, el lugar terminaba en llamas. La suerte que la acompaña es la suficiente para que no salga herida, pero aun así era aterrador. — ¿Te gusta el jugo de naranja, tía Emma? —la voz chillona de Tony hizo que las dos mujeres lo miraran. El pequeño sostenía su vaso con alegría. Emma asintió mientras bebía un sorbo del mismo para demostrarle a su sobrino que sí le gustaba. Tony sonrió deleitado y bebió de su jugo con todo el entusiasmo del mundo, como si ese momento fuera crucial para él, ya que estaba convencido en conocer todo acerca de su nueva tía. Silvia, por su parte, observaba a su hermana en búsqueda de algo, hablaría con ella al terminar la comida, pero Emma era siempre tan tranquila que era imposible saber cuando algo la perturbaba.  Pero era más que nada, porque Emma no se sentía perturbada, Silvia no podría notar algo simplemente porque ella estaba bien, contenta, para variar, y muy curiosa en las expresiones que su sobrino hacía. Cuando la comida terminó. Silvia limpiaba sus labios con una servilleta, Tony bebía el resto de su jugo y pidió a Emma que lo bajara de la silla. Y cuando sus pies tocaron el suelo corrió hacia la sala. — ¿Quiere ver la televisión? —preguntó divertida. Silvia negó con la cabeza. —Casi no la ve —dijo— Se parece a ti en eso, ya que prefiere leer cuentos, incluso libros grandes que terminó leyendo en voz alta, ya que hay palabras que aún no conoce. Emma sonrió más. Era maravilloso, ¿qué niño prefiere los libros a la televisión en estos tiempos? Eran casi una especie en extinción. Sin duda iba a entenderse con su sobrino, y eso la hizo muy feliz. —Es sorprendente —Silvia interrumpió sus pensamientos— Darme cuenta que era demasiado inteligente para su edad, me hizo recordar nuestra infancia, yo conocía cada programa que salía en la televisión, y tú la pasabas leyendo en el estudio. Emma la miró, había tenido una muy buena infancia, salvo por el hecho de perder a su madre, pero el tiempo en que fueron una familia completa, fue realmente feliz. —Es un buen niño —dijo ella— Me siento orgullosa de él. Silvia asintió mientras se ponía de pie. Llevaron los platos a la cocina y los metieron al lava vajillas. —Vamos, la máquina se encargará de eso —señaló la sala— Tenemos que ponernos al día.  Emma asintió y se sentaron en el sofá triple. Tony estaba sobre un puff rojo y leía un libro con ilustraciones. No le prestó atención a su presencia y eso la hizo recordar viejos tiempos. —Antes de cualquier otra cosa —Silvia comenzó a hablar— Quiero que me expliques qué fue lo que pasó anoche. Emma cruzó los brazos y miró a su hermana a los ojos. —Sabes que yo voy directo al punto —respondió ella— Para papá, e incluso para ti, la noche anterior fue una cena como cualquiera, pero no fue así. — ¿Pasó algo con Allan? —su insistencia hizo que Emma apretara los labios. —Sospecho que ya lo sabes —frunció el ceño. Silvia sonrió. —Cuando fui a la entrevista, encontré a ese hombre en la bañera con una mujer —dijo sin sorprenderle la expresión de Silvia— Me di cuenta que papá me había engañado al pasar unos minutos, el hombre se deshizo de la mujer de la bañera y comenzó con mi entrevista. —No puedo creerlo —la boca de Silvia estaba hasta el piso. —Estuvo fuera de lugar —dijo Emma— Pero tenía que cumplir con mi promesa, fue la única razón por la que me quedé. Silvia miró al cielo, Emma y sus promesas inquebrantables. —La charla que tuvimos no fue para nada profesional, parecía que el tal Allan quería conocerme personalmente, y después de notar el engaño, quise irme, el hombre no me lo permitió, me sujetó por los hombros y me besó. Ahora sí escuchó el grito de Silvia y tuvo que cubrir sus oídos. — ¿Qué fue lo que hiciste? —preguntó llena de emoción. —Lo mordí con fuerza para que me soltara —explicó— Y me fui de ahí. — ¿Lo mordiste? —la miró con otros ojos— No tenía idea que fueras tan salvaje. —Solo me defendí —aclaró— No tenía derecho a invadir mi espacio. —No entiendo como un simple beso pudo molestarte tanto —negó con la cabeza. —Es que no solo fue un beso —dijo ella tras resoplar. — ¿Pasó algo más? —el interés de Silvia era irritante. Emma agarró aire. —Al llegar a casa, después de encontrarme contigo… —Cuando Allan llegó —dijo Silvia emocionada. —Se me cayó el plato que tenía en las manos y papá se fue a la cocina por un recogedor, su jefe se me acercó de nuevo y me besó antes de que papá volviera. — ¡Oh! —chilló con los ojos bien abiertos— Esto parece un drama de televisión. —Papá volvió antes de que pudiera decir algo y entramos al comedor. — ¿Y por eso te retiraste de la mesa? —preguntó confundida. —No permito que una persona me trate de la forma que él hizo —aclaró— Y aunque no me gustó hacer esa escena, no pensé en algo mejor. Silvia asintió comprendiendo. — ¿Es todo? —No —dijo— Cuando tú y papá subieron a su asunto, él volvió a acercarse, y aunque le dejé muy claro que no me tocara, volvió a besarme. — ¡Tres veces en un día! —exclamó ella, sonriente— ¿Y qué hiciste? —Lo golpee en la entrepierna —respondió sin expresión— Y subí las escaleras. —No puede ser —la sonrisa de Silvia se congeló— ¿Un apuesto y sexy hombre te besa y tú decides darle un golpe bajo? — ¿Debo permitir que un desconocido me agreda físicamente por tercera vez solo porque es apuesto? —la miró confundida— ¿Qué clase de persona eres? Silvia soltó una carcajada. — ¿Qué clase de persona eres tú? —repitió su pregunta— Cualquier chica, como mínimo, hubiera respondido al beso, y no sé, hacerse la ofendida después. Emma frunció el ceño. —Me preocupa tu forma de pensar —susurró ella— No pienso permitir que alguien se aproveche de mí solo porque le entraron ganas. Silvia suspiró. Tenía razón, claro. Ahora entendía el porqué del mal humor de Allan. — ¿Eso fue todo? —Sí. —Vaya —cruzó los brazos— ¿Y Tony dónde estaba cuando todo eso pasó? Emma miró al niño. —Lo tenía conmigo —dijo incómoda— Eso fue lo que me hizo enojar tanto, hizo todo eso frente al niño. —Qué raro, Tony no me dijo nada —hizo una mueca— No te preocupes, mi hijo es muy listo, ¿recuerdas? Está bien. Emma asintió. — ¿Y con papá? —preguntó— ¿La razón por la que rechazaste el trabajo fue por lo que Allan te hizo? Emma la miró, sorprendida. — ¿Se te hace poco? —ahora sí se sentía ofendida— ¿Qué habrías hecho tú? —Primero que nada hablar con papá —dijo ella— Después de todo es su amigo, ¿no crees que debe saberlo? Emma resopló. —Se lo diré —aseguró— Pero algo me dice que eso no impedirá que deje de querer meterme a ese trabajo. Silvia volvió a suspirar, las cosas que pasaron eran demasiado para un solo día, comprendía el enojo de Emma hacia Allan, pero su padre no tenía la culpa de eso. —Creo que, a pesar de lo que Allan te hizo, deberías ayudarlos —habló en voz tenue— Después de todo, es el trabajo de papá. Emma lo pensó, tenía razón. Antonio no era culpable de eso, pero aún así. —Mira, habla con él —pidió— Me contó que están pasando por problemas de dinero, y necesitan a alguien que sepa de esas cosas, ¿qué mejor persona que tú? —Está bien —aceptó— Hablaré con él. Silvia asintió completamente sorprendida, ¿logró convencerla? Increíble, era la primera vez que eso pasaba. —Ven a la hora de la comida —dijo antes de que su racha ganadora se acabara— Y habla con papá. Emma asintió. Se puso de pie y se acercó a Tony. —Te veré a la hora de la comida —avisó al niño. Tony la miró unos segundos, asintió, y regresó su atención al libro. Emma acarició su cabeza y dio media vuelta. —Te veré en unas horas —Silvia agitó su mano. Emma sonrió mientras tomaba su bolso y salió de la casa de su padre. — ¿Qué ocurrió con Emma? —preguntó Antonio mientras bebían una taza de café. Allan lo miró unos segundos y después apartó la mirada. —No me iré de aquí hasta que me lo digas —advirtió— Mi hija está demasiado enojada como para que haya sido algo insignificante. —Tuvimos una discusión —mintió, aunque no del todo— Más de una discusión, de hecho. —Continúa. —Emma es muy terca —hizo una mueca— Y me exaspera que no acepte mis palabras, ni siquiera me dejó explicarle mis razones. —Ya sabías que ella era terca, yo te lo mencioné en contadas ocasiones —lo miró confundido. —Sí, pero no creí que fuera a tal grado —bebió de su café— Debo decir que es todo lo que me dijiste, no, no, es mucho más. Sonrió de repente, a pesar de su enojo inicial, de las mordidas que le propinó y de la patada en la entrepierna, realmente estaba contento por —finalmente— haberla conocido. —Si trataste mal a mi hija, me enteraré, ella me lo dirá, y si no, te obligaré a que lo hagas —amenazó frunciendo el ceño— Así que escupe de una vez, Estrada. Él suspiró, la sonrisa en su rostro se agrandó. —La besé —confesó. Antonio levantó una ceja, esperando. —Tu hija me mordió con fuerza, salió de la oficina y no volví a verla hasta la hora de la cena —dijo con honestidad— Y en tu casa volví a besarla. — ¿En qué momento? —preguntó curioso. —Cuando te fuiste por el recogedor —sonrió pícaro— Después de nuevo cuando nos dejaron solos, cosa que les agradezco, en especial a Silvia. Antonio suspiró lentamente, lucía un tanto molesto. —Emma jamás permitiría que la trataran de esa manera —dijo esperando una explicación. —Lo sé, ¿crees que solo dejó que me fuera? —preguntó— No, me dio un rodillazo en la entrepierna, tu hija sí sabe defenderse. Antonio no dijo nada. —Me dejó muy claro que no quería volver a verme, al parecer no soporta siquiera mi presencia —soltó un gruñido— Pero yo no acepté sus palabras, y no pienso aceptarlas. Antonio bebió el resto de café de un sorbo y pensó en sus próximas palabras. —La quiero junto a mí, Antonio —confesó— No solo como mi empleada. El hombre se levantó, sus ojos observaban fijamente a su mejor amigo. Dio unos pasos para acercarse lo suficiente, levantó su mano y la dirigió a la mejilla de Allan. El golpe se escuchó con más fuerza de lo que le aplicó. Allan cayó al suelo por el impacto. Miró a Antonio completamente sorprendido, ¿por qué lo había golpeado? —Eso, es por las cosas que le hiciste a mi hija, Estrada —dio un paso más y lo ayudó a levantarse. —De acuerdo, lo merezco —aceptó de mala gana. Antonio sonrió antes de volver a golpearlo en el mentón con su puño. Allan esta vez no cayó al suelo, pero le faltó poco, sujetó la herida y maldijo en voz alta. —Y esto es porque eres un idiota —dijo en voz alta— Te dije que Emma no es como las mujeres que frecuentas, ella no es una aventura de unas horas. — ¡Lo sé! —gritó a su amigo— Por eso no sé cómo portarme con ella, necesito su ayuda, lo sabes, pero tu hija es tan orgullosa que no querrá escucharme. —Eso no justifica que la hayas maltratado, idiota —exclamó antes de ayudarlo a levantarse de nuevo. Allan esperó —sin defenderse— a que Antonio le propinara otro golpe, pero no fue así. —Lo siento, no creí que reaccionaría de esa manera, Emma es... diferente —dijo tras suspirar— Tanto que no sé cómo debo tratarla, es frustrante y me asusta. Es directa y fría. —Escucha —talló su sien— Primero que nada debes disculparte, es muy orgullosa y no aceptará otra cosa que venga de ti, y eso si yo la convenzo de que acepte verte —palpó la espalda de su amigo. — ¿Lo harías? —preguntó emocionado— Prometo que no volveré a tratarla mal. —Por tu bien, eso espero —sonrió, aunque daba escalofríos— Y claro, hablaré con ella, solo la convenceré de que acepte tus disculpas, pero que acepte el trabajo depende de ti. —Lo lograré —su sonrisa creció— Definitivamente lo lograré. —Por el bien de la empresa, esperemos que sí —dijo, preocupado. Allan suspiró de nuevo, se sentía adolorido, y probablemente tendría moretones, pero no le importó, se sentía de maravilla con las palabras de su amigo, Antonio llegó con esperanzas de volver a verla, y él estaba deseoso de que eso pasara.
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