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Déjame con mi orgullo

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Blurb

"Idiota

Cree que teniendo perfectos músculos, unos ojos miel envidiables, una altura que te hace quebrarte el cuello cuando lo quieres mirar a los ojos, cabello rizado, perfecta piel besa…, esperen…, me he perdido, ¿qué estaba diciendo? ¡Oh, sí! Ese idiota cree que teniendo todos esos perfectos dones puede usar a una mujer como quiera, pues yo no lo creo.

Soy Annabella, pero, por favor, llámenme Ann si no quieren que los mate, y esta es la historia de cómo conocí al cretino desesperante que tengo como tutor...

Peter Harrison."

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LA FIESTA QUE LO COMENZÓ TODO



—…y Kiara le dijo a Justin, que le dijo a su amigo, que se enteró por su primo, que supo por mi vecino, que hay una fiesta—terminó de narrar Rose, a la vez que guardaba sus cosas en el casillero.
—Aún no sé a dónde quieres llegar al hablarme de ese complicado círculo de chisme, pero sea lo que sea perdiste mi atención —comentó Annabella con un leve tono sarcástico acompañado de una sonrisa.
Jamás fue una chica de fiestas, pero debía admitir que tampoco le desagradaban. El problema no era ir a la casa de un desconocido del cual ninguna había oído hablar, sino que radicaba en el hecho de ir exclusivamente con Rose y no con otro de sus amigos. Rose era simpática, se hacía llamar a sí misma la mejor amiga de Ann, pero eso no evitaba que en cada fiesta fingiera que no la conocía para irse con los más populares. De cualquier modo, prefería quedarse leyendo un libro en vez de aguantar a los borrachos sola.
—Vamos, ¡esta fiesta va a ser la mejor de todos los tiempos!
—exclamó la exaltada pelinegra.
—Es lo mismo que dijiste en Halloween; justo tres horas después estaba sujetando tu cabello mientras vomitabas los ositos de goma con vodka —cerró su casillero y comenzó a caminar con una sonrisa en sus labios, recordando lo gracioso que fue ese momento.
Rose la miró con un poco de fastidio, pensando lo aburrida que era a veces. Cerró su casillero con fuerza y comenzó a seguir a la morena sin detenerse a discutirle, pues sabía que iba a terminar aceptando de una forma u otra. El timbre de la escuela sonó, lo que claramente significaba que tendrían que separarse para ir a clases. Ann exhibía una mueca de fastidio, sabía que su siguiente tortura sería ir a la clase de «La Fósil», como era llamada por muchos, y tendría que sufrir de su nulo conocimiento sobre matemáticas. No le dio muchas vueltas a la idea de hacerse la enferma para no asistir, por lo cual se resignó a despedirse de Rose y caminar tranquilamente a su sala.
La verdad lo comenzó a meditar un poco. Hace tiempo que no iba a una fiesta y necesitaba comenzar a socializar un poco más con las personas que veía casi cinco días a la semana, pero que no sabía ni sus nombres.
Al entrar, notó que la mayoría de los asientos ya estaban ocupados y que el único que quedaba era, para su suerte, al lado de un chico con el cual compartía una que otra palabra en clases anteriores. Sin dudarlo, se sentó a su lado, y recibió una sonrisa simpática.
—¡Miren a quien tenemos aquí! Es la señorita cero a la izquierda —le guiñó un ojo a la Ann para molestarla.
—Oye, que sea mala en matemáticas no significa que no entienda esa expresión —rio un poco y comenzó a sacar sus materiales.
El chico era simpático y parecía una buena persona, tanto así que incluso a Ann le apenaba un poco no recordar su nombre.
—Oye, ¿oíste sobre la fiesta antes del campeonato? —habló el chico con tanta, o más, emoción que Rose anteriormente.
—Sí, pero la verdad es que no me llama mucho la atención —la chica se encogió de hombros—. Ni siquiera sabía que el equipo de básquetbol había llegado a las finales hasta que una amiga me lo dijo.
—Dejando de lado tu falta de entusiasmo por Los Halcones, deberías ir conmigo para divertirte y saber más del equipo.
No estaba coqueteando y ella lo sabía, pero tenía que admitir que él tenía lo suyo y en más de una ocasión lo vio besuqueándose con alguna chica en una esquina oscura, así que no veía muchas posibilidades de que fuera gay y solo se estuviera imaginando las miradas que de vez en cuando le dedicaba. Era atractivo, sus ojos eran de un azul intenso, y su cabello café claro parecía tan suave que te daban ganas de pasar tus manos por él. No obstante, no era el tipo de Ann porque, según ella, sus facciones eran un tanto infantiles.
—Sabes que mi respuesta va a ser no hasta que encuentre una razón válida para ir —le dio un ligero golpe en el hombro—. Cambiando de tema, ¿podrías decirme tu nombre?
—Llevamos de compañeros desde hace un año… y no sabes mi nombre —afirmó para sí, creyendo en parte que la chica estaba jugando con él.
Si de casualidad Ann hubiera nacido con un toque de delicadeza, feminidad, o un filtro verbal; se habría detenido a pensar en una forma más adecuada para preguntarle algo tan importante en una relación amistosa. No era su culpa que la única vez que él le dijo su nombre no le prestara suficiente atención. La morena le dedicó una media sonrisa, como de esas que el hombre del clima que veía cada mañana usaba para fingir que le agradaba su trabajo, y antes de sopesar en decirle que no era ningún tipo de broma de mal gusto, la profesora entró a clases y dejó caer el libro que traía con fuerza sobre la mesa. No existía motivo para llamar la atención de sus alumnos con tal acto, pero ella creía que así se ganaba la «intimidación» y el «respeto» de sus alumnos; dos palabras que costaba poner juntas en una oración sin que sonaran a algún tipo de tortura y/o extorsión.
Según Annabella, no podía culparla de ser una amargada cuando toda la escuela sabía que se enrolló con el profesor de Castellano; dejando el rumor de que se juntaban cuando ninguno de los dos estaba en clases y terminaban en el escritorio de la directora. La alumna que «los vio primero» fue nada menos que Megan Benson, quien lanzó un chillido que alarmó a la secretaria de la directora, a los maestros, a los alumnos y al pequeño conserje: Willy. Después de eso, los rumores insólitos se esparcieron como alcohol en una fiesta y la reputación de la profesora se conocía hasta en los colegios del otro lado del país; dejándola atrapada en este lugar con la vigilancia de la directora, y sabiendo que ningún colegio la contrataría a no ser que se cambiara el nombre.
Resumiendo todo eso: se desquitaba con los alumnos, a pesar de que eso pasó hace tres años, y quien más sufría era Ann.
La chica se irguió en su asiento y respiró profundamente, esperando que esta vez sí entendiera al menos todo lo que se explicaría en clases.
«Bien, si logro entender una sola palabra de lo que diga no estaré tan mal y podré saber que al menos pasaré el examen por los pelos», pensó, siendo pesimista desde un principio.
—Jasper —susurró el chico a su lado, aprovechando que «La Fósil» se había volteado.
Jasper era un lindo nombre para el chico. Abrió su cuaderno y le sonrió de lado, para hacerle entender que esta vez sí lo había escuchado. El chico pareció contento con su respuesta, y no la volvió a molestar de ninguna forma.
Media hora después se estaba lamentando por haber desviado la vista al patio durante diez segundos, ya que sin darse cuenta había perdido el delgado hilo de la clase. Todo lo que escuchaba no lo entendía, y lo que había comprendido antes no hacía más que confundirla con la materia de ahora. Resignada después de estar el resto de la hora tratando de encontrar sentido a lo que había en la pizarra, dejó caer su lápiz sobre el cuaderno con apuntes mientras gritaba internamente lo mucho que odiaba ser un cero a la izquierda en Matemáticas.
«De acuerdo, aún tengo oportunidad si busco en Internet la materia que estamos pasando», trató de subirse el ánimo, un tanto desanimada por no comprender de nuevo.
El timbre sonó y la profesora, como habitualmente hacía, dejó unos ejercicios pendientes que serían revisados el lunes de la semana siguiente. Tomó sus cosas y salió apresuradamente de clases, aliviada de que era hora del almuerzo y que hoy era viernes de pizza.
Suspiró mientras caminaba por el pasillo cuidadosamente. Se escuchaban los cotilleos de los adolescentes sobre la fiesta de hoy, cosa que no hacía más que molestarla, pero reconsideró la idea de ir porque al parecer le estaban dando señales del cielo o algo parecido. Sumida en sus pensamientos y paranoias, un cuerpo más alto que el de ella apareció por su lado y se encontró con la ancha, y perfecta, sonrisa de Megan Benson.
—Hola, mmm… Annabelle —le dijo sin sacar la sonrisa, creyendo que había acertado en el nombre—. ¿Pasarás por la fiesta de Derek?
Había muchas preguntas que quería hacerle a Megan en ese momento, algunas eran:
¿Cómo es que —casi— sabía su nombre?
¿Le estaba hablando a ella o era su imaginación?
¿Se había blanqueado los dientes o nació con genes perfectos?
—¿Es necesario que yo vaya a esa fiesta? —preguntó un tanto confusa, seguía sin fiarse de ella—. Por cierto, mi nombre no es ese.
La chica bajó un poco su sonrisa y puso una cara de confusión que al momento cambió nuevamente por la radiante sonrisa de antes y rio tontamente.
«Rara».
Megan era el tipo de chica que acaparaba toda la atención del pasillo, escuela, ciudad y, en especial, espécimen del sexo masculino. Si ella llegaba, la gente se abría y la dejaba pasar como si fuera una especie de celebridad que tenía alergia a la humanidad. Sus sólidos ojos azules se remarcaban en su rostro, sus labios rojos focalizaban toda la atención y ni hablar de sus curvas, que parecían sacadas de una modelo con buen Photoshop encima. Por otro lado, era una chica simpática, de promedio regular y un dudoso límite en la tarjeta que su mami le dio. En otras palabras, la envidia de toda chica y el deseo de todo chico.
—Claro que sí, todo el mundo va a ir y tu… —su sonrisa perfecta vaciló por unos instantes—… Y tu novio, Alex, también debería ir.
Por un momento le dieron arcadas a la pobre de Ann, quien sintió como si le hubieran golpeado fuertemente en el estómago con un bate de béisbol. Trató de recomponerse, pero el mero pensamiento de ella besándose con Alex le provocó un escalofrío tremendo.
—No es mi novio, no tengo ninguna relación con él a menos que sea necesario —respondió, diciendo en parte la verdad—. Ahora, me encantaría continuar esta charla contigo, pero me estoy perdiendo la oportunidad de tener un buen y grasiento trozo de pizza entre mis dedos. Adiós.
Le hubiera gustado decir eso último, pero decidió guardárselo para sí misma porque no quería meterse en problemas con uno de los peces gordos del lugar. Se quedó quieta ignorando la felicidad que parecía haberle provocado su confesión a Megan, quien estaba siendo llamada desde el otro lado del pasillo.
—Bueno, pero si tú vas supongo que Alex también irá… Así que espero que vayas si puedes —se despidió con la mano y parecía más alegre de lo que Ann creyó posible.
Comenzando a creer que de verdad ir a la fiesta era su destino o algo parecido, retomó su camino al comedor de la escuela.
Olía el aroma a queso y orégano desde lejos, por lo cual no pudo evitar el apurar el paso y que se le hiciera agua a la boca cuando entró al lugar donde todos los grupos de la pirámide escolar se juntaban.
—¡Ann! —la llamó una voz masculina a su espalda que le generó un desagrado notable. Al inicio, fingió que no la había escuchado, pero no tuvo escapatoria cuando una mano le tomó el antebrazo. Puso los ojos en blanco y se volteó. Se trataba de Alex que la miraba con una sonrisa que significaba algo bueno para él y algo malo para ella. Observó la fila para recibir la porción de pizza con añoranza, pero no luchó contra el chico que la jalaba de nuevo al pasillo.
—Sea lo que sea que quieras, no —respondió Ann con mal humor.
—Sabes que siempre obtengo lo que quiero —Alex la soltó cuando estaban lejos de la mayoría de los alumnos—. Necesito que me acompañes esta noche a la…
—Atrévete a decir algo sobre la fiesta de hoy y te juro que no seré tía en el futuro.
—Como bien sabes que soy el responsable de la familia… —la ignoró Alex, con la típica introducción al discurso que decía desde que su madre había entrado a trabajar en el hospital—, hoy tengo una fiesta y no podré dejarte sola en casa. Tienes que acompañarme o mamá literalmente me colgará del árbol. Sabes cómo son sus castigos.
Si Ann no había tendido su cama al día siguiente y como por acto de magia su móvil aparecía sostenido con cinta adhesiva en el techo de su adorado hogar. ¿El problema? Ann apenas si alcanzaba el metro sesenta y, para variar, la escalera se encontraba en el entretecho.
—¿No sería más responsable de tu parte no ir a la fiesta y quedarte en casa conmigo? —Ann sonrió con superioridad, esperando que su hermano perdiera toda esperanza.
—Entiéndeme, tengo que ir porque es la fiesta antes del campeonato. —Alex inclinó la cabeza a un lado, fingiendo ser un cachorro adorable.
Era la peor excusa del mundo, ambos lo sabían, pero aún así ella sabía que no perdía nada al ir o no. Sus opciones eran quedarse en casa a leer y comer frituras, o ir a la fiesta y aprovechar la comida chatarra que siempre estaba a su alcance. De cualquier modo acabaría comiendo y echada en algún sofá. Quizás podría conocer a algún chico que fuera su tipo.
—Como me dejes sola, Alexander —comenzó a amenazarlo Ann entre dientes. Alex era bastante responsable cuando se lo proponía, y otras… bastante imbécil. Todo dependía de qué humor estaba. Su hermano sonrió y sus ojos se achinaron.
—Te estaré vigilando como si mi vida dependiera de ello —se acercó y le aplastó los labios en la frente en un gesto molestoso—. Eres mi hermanita preferida, gracias por aceptar.
Alex se fue con una sonrisa ganadora.
—¡Soy tu única hermana, idiota! ¡Y no he aceptado nada, no te acompañaré! —gritó a espaldas de su hermano, mientras él la ignoraba.
Ann se tragó sus propias palabras.
Estaba parada frente a una casa repleta de personas, esperando a su hermano que había olvidado el celular en el auto que compartía con su madre de vez en cuando. A estas alturas, Ann ya estaba dudando sobre su promesa de te estaré vigilando como si mi vida dependiera de ello y no creía que fuera capaz de vigilarla toda la noche como un halcón sobre su presa. Por irónico que sonara.
—Perdón por la demora, estaba tirado en el piso —Alex volvió a su lado tranquilamente, sin notar la mirada de fastidio que su hermana le dedicó.
Ambos comenzaron a caminar en dirección a la puerta de entrada a la propiedad del que organizó la fiesta. Ann con un poco de nervios y ganas de volver a casa, y Alex esperando a que Félix estuviera ahí para retarlo a la «carrera del borracho» como le llamaban a un juego que ellos habían puesto de moda.
Un chico estaba recibiendo a las personas que entraban por el portón, dándoles algo que Ann no podía observar desde esa distancia. Cuando estuvieron lo suficientemente cerca, notó que se trataban de preservativos.
—¡No sean tímidos, la protección es primero! —exclamó sin escrúpulos. Como si estuviera hablando de cepillarse los dientes.
Le entregó un paquete plateado a Alex y luego a Ann, quien lo aceptó más que nada por curiosidad que por planear usarlo. Antes de darse cuenta, su hermano se lo arrebató de los dedos y lo lanzó lejos de ahí.
—¿Era necesario hacer eso? —preguntó un tanto divertida por su acción—. ¿No sería mejor que los tuviera conmigo?
—Nah, sé sobre tu condición virginal y que no te entregarías así de fácil porque voy a estar ahí para alejar a los imbéciles
—le sonrió de manera algo forzada.
—¿Y si ese imbécil fuera Félix? —no tomó en cuenta el condición virginal y trató de relajar el ambiente.
—Es diferente, es un imbécil conocido y no eres su tipo —sonrió deforma triunfal.
Ann hizo una pausa considerable, ya que le había encontrado la razón.
—¿Y si fueras tú? Según la mitad del instituto somos novios y la otra mitad dice que yo te sigo como perrito faldero —dijo con asco.
—Qué asco —su hermano puso una mueca—. Solo tienes que decir que somos amigos de infancia, si supieran que eres mi hermana, mis fans y mis enemigos no dejarían de perseguirte.
—Egocéntrico.
Ann rodó los ojos pero no mencionó nada más después de eso. Se estaban acercando a la fiesta y pronto la chica notó lo grande que resultaba ser el lugar en comparación con su casa. Parecía ser una de esas casas donde se hacían las películas de vacaciones para millonarios, esas en las que todas las chicas están en bikini y la comida sale mágicamente de cualquier parte. La música parecía hacer temblar los vidrios de la casa y los gritos de euforia, desenfreno y diversión atraerían a cualquier persona que buscara pasar un buen rato.
—¿Ann? —dijo su mejor amiga, pasando por su lado.
Ann puso los ojos como platos, ¿en serio esa era Rose? Traía una playera que tenía un escote en forma de corazón, por lo cual los chicos se quedaban con ganas de jugar ¿Hay o no hay sujetador?, y unos shorts que bien podrían quedarle pequeños a una chica de 9 años. La mirada de Rose pasó directamente a Alex y comenzó a comérselo con la mirada sin ningún tipo de vergüenza.
No había alguien en el mundo que pudiera negarlo. Alex era guapísimo. Su sonrisa era perfecta, sus ojos eran de un café oscuro haciendo que su pupila no se notara. Le ganaba por un poco más de dos cabezas a su hermana y estaba bastante preocupado por su condición física. Más de alguna chica se había acercado a Ann para preguntarle si era su novia, incluso amenazándola; pero ella siempre lo negó sin dar muchos detalles. La razón de este anonimato era fácil: no quería llamar más la atención.
Falsas amistades, auto-invitaciones a la casa de ellos, salidas que debían incluir a su hermano… Se volvió tan normal que eso pasara cuando tenía 12 años que terminó dejando de decir que Alex tenía parentesco con ella. Finalmente, cuando se cambiaron de instituto en secundaria, ella dejó de juntarse con él y comenzó a tener algunas amistades que no tenían idea de lo que ellos eran. Al menos fue fácil después de que tuvieran apellidos diferentes gracias al divorcio de sus padres.
Actualmente, nadie, excepto Félix y Rose, sabe que son hermanos y es mejor así.
—¡Oh, parece que Alex te está acompañando en esta ocasión! —habló con falsa sorpresa.
Pronto comenzaron a hablar de cosas del equipo y las finales, por eso, poco apoco, Ann se iba quedando más de lado en la conversación a medida que esta avanzaba. Se alejó de ambos, con cuidado de no alarmar a su hermano, en busca de algo para beber y la mesa donde podría encontrar algo para llenar su estómago. No sabía dónde estaba exactamente, pero supuso que la cocina no estaba lejos ya que los adolescentes solían juntarse donde pudieran mantener las cervezas frías y el hielo a mano. Un chico ebrio que no había considerado su límite de alcohol se apoyó en el hombro de Ann por accidente, siendo que en un principio iba a caer al piso por su incapacidad de mantenerse en pie, y ella lo miró con sorpresa y diversión al notar que se trataba de Jasper. El moreno pudo apoyarse en ambos pies, pero aún así tomó a Ann por los hombros como si se conocieran de toda la vida.
—¡Ann! —exclamó él con alegría. Olía a cerveza, demasiada—.
¡Viniste!
No tenía la intención de contestarle de manera sarcástica su último comentario, desaprovechando su oportunidad de hablar con alguien normal y no quedarse sola de nuevo. Le sonrió de medio lado y no se liberó de sus manos, mandando un poco su falta de diversión a lo más lejos de la fiesta.
—¡Sí, al final me convencieron! —habló un tanto más alto que la música.
Después de eso Jasper le invitó una cerveza y comenzaron a hablar de cosas triviales de las cuales probablemente el chico no se acordaría a la mañana siguiente. Después de la segunda botella de cerveza, Ann se sentía un poco más risueña y atrevida, en el sentido de confianza, por lo cual ya no le costaba hablar con esos desconocidos.
La charla que se mantenía fue interrumpida por el sonido de golpes en un micrófono, acompañado de los ruidos de un chico tratando de subirse a la mesa de la sala. Cuando estuvo arriba, la mayoría de los adolescentes de la fiesta comenzaron a aplaudirle mientras él hacía torpes reverencias, así que no fue difícil saber quién era el que organizó todo.
—¡Pongan atención! —comenzó a hablar. Era aquel que le ofreció preservativos en la entrada a ella y Alex—. ¡Eh, gilipollas, ponme atención y cállate! —señaló a alguien entre la multitud.
La fiesta quedó en silencio poco a poco, solo siendo interrumpida por los típicos payasos que comenzaban a gritar obscenidades y cosas sin sentido. Cuando el que se hacía cargo de la música empezó a bajar el volumen hasta que no quedara rastro mínimo de sonido, el rubio sobre la mesa se aclaró la garganta y una sonrisa de comercial para dentífrico apareció en su rostro.
—Estamos aquí para celebrar que nuestro equipo ha llegado a la final, ¿no? —un par de gritos y aplausos se escucharon en el lugar. Los silenció rápidamente—. Pues esto no sería posible sin nuestro querido capitán —dijo querido con un leve toque de sarcasmo. Algunas chicas suspiraron. Ann estaba tratando de ponerse en puntas para mirar mejor al chico que estaba gritando, pero lo único que lograba era obtener un poco de cabezas que afectaban su visión—. ¡Chicas, sostengan sus bragas y denle la bienvenida a Peter Harrison!
Si estuvieran en una obra de teatro, probablemente en ese instante una luz se habría instalado en la cima de las escaleras, donde un chico bastante apuesto alardeaba de forma un tanto juguetona. No había que ser un genio para notar que ese era el capitán del equipo de básquetbol de su hermano, ni tampoco para ver su atractivo que solía llamar la atención de muchas chicas. Comenzó a bajar la escalera como una celebridad y Ann pensó que quizás había practicado mucho antes de realizar su presentación.
«Parece que le gusta llamar la atención, pero es guapo», admitió Ann en su mente.
Peter Harrison era conocido por la mayoría de los estudiantes de su escuela, pero eso no iba de la mano con su personalidad. Pocos lo conocían de verdad y aquellos que intentaban acercarse a su círculo de amistades, normalmente se quedaban fuera de alguna forma u otra. Ann sabía que sus mejores amigos eran nada menos que Alex y Félix, los cuales eran el trío más buscado por las chicas.
Y hablando de chicas, tenía más de una interesada en él, y había salido con varias a pesar de que aún tenía más años para coquetear en el futuro. Como siempre, le encantaban las piernas largas y una pequeña conversación antes de la acción.
Los demás miembros del equipo le daban palmadas en la espalda y algunos le revolvían las ondas salvajes del cabello. Ann lo veía desde una distancia prudente, tomando de vez en cuando sorbos de su botella medio llena. Antes de darse cuenta ya se había volteado hacia la cocina para ir a buscar algunas papas, ignorando el escándalo que armaron las chicas a su lado.
—¡Gracias, gracias! —en algún minuto, Peter había tomado el micrófono que antes tenía el anfitrión—. Aunque debo admitir que el mérito no es solo mío, ¡sino de todos los jugadores! —las personas aplaudieron, gritando Halcones como si se tratara de alguna nueva secta—. Incluso gracias a ti, Derek, por estar apoyando desde la banca —no había mala intención en esas palabras, pero eso no evitó que el nombrado mostrara una sonrisa bastante forzada en sus labios.
Ann terminó de escuchar atentamente hasta ahí, porque lo demás que el capitán estaba diciendo no le parecía más que un discurso de campaña presidencial. Le estaba comenzando a doler la cabeza.
Al otro lado de la casa, Alex se encontraba riendo con Félix sobre una anécdota de hace años; ajenos a la escena que el capitán del equipo y uno de sus mejores amigos estaba haciendo.
La mirada de Megan no se alejaba de él en ningún momento, en espera de que Alex se dignara a siquiera notarla. Él no era idiota, sabía interpretar las miradas que le estaba dedicando perfectamente pero no se atrevía a dar el primer paso. Megan le había gustado desde que se cambió de instituto, pero a pesar de que su ego, confianza y popularidad lo ponían en una ventaja bastante notable con el sexo femenino, era alguien que no sabía si la chica de sus fantasías lo tomaría en cuenta. Era una tontería, pero a pesar de que hasta sus amigos le decían que se atreviera, él simplemente no lo hacía.
Una verdadera pena.
—Alex, sabes que te está mirando y que esas piernas te llaman a gritos —susurró Félix en su oído.
Alex volvió a pasar su vista disimuladamente por el cuerpo de la morena, quien se encontraba riendo con la mejor amiga de Ann. Literalmente, esas piernas lo llamaban a gritos y su sonrisa no hacía más que distraerlo de la realidad en la que se encontraba.
—Debe haber una trampa, no puede ser tan fácil como con otras chicas —Félix miró con reproche, como cada vez que daba la misma excusa pobre.
Su mejor amigo sonrió con complicidad y se tronó los dedos para fingir un aire más profesional; como en las películas. Alex lo observó con horror y un tanto de diversión, porque sabía que cuando el rubio hacía ese gesto era que algo malo pasaría.
—¿Porqué no jugamos a algo, chicas? —habló lo suficientemente alto para que Megan se diera cuenta de lo que decía. Ella se volteó y Alex no pudo evitar guiñarle un ojo en signo de complicidad.
No era tan mala noche, después de todo, pero sentía que se había olvidado de algo importante.
—¡Me dejaste solo! —lloriqueó Jasper, por tercera vez.
—Lo sé, estabas distraído babeando por el capi de Los Halcones —dijo Ann en broma.
No iba a echarle en cara que recién se había dado cuenta de su huida, cosa que había pasado hace quince minutos más o menos, pero decidió que tampoco debía decirle algo después de que no le importaba el quedarse sola o no.
—Yo no babeé por él; yo aspiro a ser como él —sonrió con orgullo.
—¿Bueno en el básquetbol? —habló con un leve tono de sarcasmo.
—Bueno bajando bragas —le sonrió de forma coqueta y ella lo empujó colocando una mano en su cara.
—Voy a buscar más papas, ¿quieres algo? —apuntó su cerveza y Jasper le agradeció, pero negó de todos modos.
Se volteó para irse y conseguir algunos bocadillos para ella, pero en medio del camino entre la multitud alguien le golpeó en la cabeza con un bolso de mano. Un tanto aturdida y algo sorprendida, trató de identificar quien era la persona que había aumentado su dolor de cabeza que ya traía de antes, y se encontró a una rubia que medía más que ella. Parecía alguien con la que no te gustaría meterte, pero Ann tenía el don de no medir lo que decía.
—Oye, no me interesa por qué traes un bolso como ese a una fiesta, pero al menos discúlpate por lo que hiciste —dijo con un tono desagradable.
Antes de que la rubia pudiera mirarla mal, alguien masculino se interpuso entre ella y su atacante. Era más alto que Ann y le resultaba ligeramente familiar.
—¡Oye!, ¿ese es Peter? —preguntó el chico con falso tono de asombro.
La rubia y sus amigas voltearon rápidamente en la dirección que había apuntado, y él aprovechó la oportunidad para jalar a Ann lejos de ahí. Cuando estaban a una distancia prudente y detuvieron su huida, se dio cuenta de que quien la salvó era Derek, el anfitrión de la fiesta.
—Eso debió doler —le sonrió en forma de disculpa—. Perdona mi actitud de antes, quizás buscabas pelea, pero tengo que evitar que alguien resulte herido por temas del seguro.
—No te preocupes —«de cualquier modo no buscaba pelea. Gracias por nada», pensó y agregó—: No tendrás algo para el dolor de cabeza, ¿o sí?
Derek le indicó que fuera al baño de la segunda habitación a la derecha de la escalera, el baño de sus padres. Ann se despidió de forma algo pobre con un gesto de su mano, y rápidamente comenzó a subir las escaleras con cuidado de no llamar la atención de la rubia que se encontraba a unos metros de ella. Era increíble como todo su buen humor estalló por tan simple cosa, pero supuso que se estaba reprimiendo desde la mañana.
Ya lo había decidido, después de encontrar aspirinas se iría a buscar a Alex y lo sacaría de la fiesta a la fuerza si era necesario. Subió las escaleras lo más rápido que le permitían sus piernas, y encontró la habitación de los padres de Derek sin mucho esfuerzo. Se llevó una sorpresa cuando notó que la puerta del baño estaba cerrada con llave, lo cual no hizo más que aumentar su dolor de cabeza. Tocó la puerta reiteradas veces, pero como nadie contestó, pegó la oreja a la madera, solo para comprobar si había una persona —o dos— adentro. No se oía nada. Pensó en la idea de bajar de nuevo y pedirle la llave a Derek, pero no tardó en darse cuenta de que la cerradura era igual a la que había en su habitación. En otras palabras, podía abrirla con una moneda.
Agradeció tener cambio suelto en su bolsillo, metió la punta de la moneda en la cerradura y la movió hacia la derecha, logrando que se abriera con éxito. Entró sin siquiera pensar en lo que hacía, y cerró la puerta para disminuir la música que se oía más insoportable que nunca. Suspiró con fuerza y se hincó para comenzar a registrar el mueble que estaba debajo del lavado, con la esperanza de que algo le saliera bien.
—Debo suponer que no eres Derek porque me habrías echado enseguida, pero si quieres saber, las drogas no están aquí —comentó una voz que provenía de la bañera, por lo cual Ann chilló un poco y cayó de trasero.
—¡Mierda! —se quejó por la sorpresa y el frío del piso.
Comenzó buscar alguien más en el cuarto y notó por primera vez que unas piernas sobresalían de la bañera, justo donde estaba la llave del agua, mientras que el resto del cuerpo se encontraba detrás de la cortina. Calmó su respiración, se sentó en sus rodillas y se dispuso a encarar al misterioso de la bañera, pero este habló primero.
—¿Cómo entraste? Juraría que había cerrado con llave para que nadie me molestara —habló con un poco de curiosidad.
No estaba obligada a responderle, pero pensó podía hablar con él por un rato y luego irse sin decirle nada al misterioso chico. Se acomodó sobre la alfombra sin dejar de estar alerta a cualquier movimiento sospechoso y volvió a su primera tarea, buscar las aspirinas.
—Sé cómo abrir esa cerradura, en realidad sí habías cerrado —habló normalmente, pero aún no sabía si hablar con él era una buena idea.
—¿Estás robando la casa? Mmm… No suena mala idea robar en medio de una fiesta, casi nadie lo notaría —parecía que en verdad lo estaba meditando, cosa que no hacía más que darle mala espina a Ann.
—No soy una ladrona, solo quiero conseguir aspirinas y evitar que mi cabeza estalle.
—Vaya, y yo que pensé que alguien más le aburría la fiesta y se había convertido en un bicho raro como yo —habló con fingida pena.
Ann no volvió a hablar por unos instantes, ya que parecía que no existía otra razón para que intercambiaran más palabras. El dolor de cabeza no era tan fuerte como antes, pero seguía sin encontrar las aspirinas y eso la comenzó a sacar de quicio.
—Oye, ¿sabes dónde puedo encontrar aspirinas? —le preguntó finalmente a la cortina que se interponía entre ellos.
—No tengo la menor idea, acabo de llegar y no tenía como misión buscar medicamentos —parecía estar pensando en otra cosa cuando dijo eso—. Pero si quieres aquí tengo hielo, eso podría ayudar —el desconocido asomó su mano por debajo de la cortina.
Ann estaba confundida por el hecho de que tenía hielo en una bañera, pero no lo pensó mucho y tomó lo que él le estaba ofreciendo. No tenía claro si el hielo podría ser contaminado con algún tipo de droga o algo, así que con algo de duda apoyó la bolsa sobre su cabeza y frente. Suspiró de alivio cuando el frío calmó su dolor, y cualquier mal pensamiento se esfumó rápidamente.
—Gracias —se apoyó en la pared y cerró los ojos.
—¿Te sentías así por la fiesta o…?
—En parte. La fiesta ya me estaba aburriendo y cuando iba a buscar comida una rubia ruda me golpeó con su bolso —hizo una mueca infantil—. El dueño de la casa me salvó de un escándalo y terminé aquí, hablando con una cortina y con hielo en la cabeza —sonrió un poco al oír la leve risa del chico al otro lado—. ¿Por qué razón trajiste hielo contigo a la bañera?
La curiosidad le había ganado una vez más, e ignoró lo bien que sonaba la risa del chico cortina. Era masculina y algo ronca, pero eso no le quitaba un cierto encanto juvenil que le sonaba ligeramente familiar.
—Como te dije anteriormente, llegué hace poco. Eso explica el porqué no se ha derretido todavía —hizo una pausa—. Y la razón de tenerlo es simple; una chica me golpeó con fuerza en los bajos, así que usé ese hielo en mis…
—¡Eugh…! —se quejó Ann antes de dejarlo terminar, soltando la bolsa de golpe y alejándola con un movimiento brusco.
Las carcajadas del chico cortina no tardaron en producirse, cosa que al principio molestó a Ann pero terminó uniéndose a él en poco tiempo. Si previamente había tensión o dudas por parte de ella, ahora no quedaba ni un rastro de esa sensación. El ambiente se había vuelto tan agradable con tan pocas palabras que ya ninguno recordaba la fiesta que había afuera, ni la razón por la cual él seguía en la bañera y ella sentada sobre la alfombra.
—¿Crees que la chica con la que estaba antes es la misma que te golpeó? —preguntó el chico con un tono animado.
—Quizás, de ese modo podría lanzarle la bolsa de hielo a la cara en modo de doble venganza —rio un poco y abrazó sus rodillas—. Claro que no me habría pasado eso si mi hermano no me hubiera dejado sola en primer lugar.
—Dejar sola a una dama inofensiva, yo jamás haría eso si fueras mi chica —habló en tono coqueto, pero se notaba que no iba en serio.
Ann no pudo evitar rodar los ojos con diversión ante eso. O este chico estaba desesperado por una conquista, o simplemente no tenía en cuenta la cantidad de cosas que podrían salir mal con ella alrededor.
—No deberías decir eso, podría ser una mujer mitad perro que está a punto de atacarte —fingió ladrar y su acompañante se rio sin poder evitarlo—. Aunque yo debería preocuparme; en una de esas eres un pervertido que ataca a sus víctimas en la bañera.
—Tranquila, hoy es viernes y mi día de a****r personas en una bañera son los sábados y domingos.
—Pero hace mucho vi que eran las doce de la noche —Ann sonrió inevitablemente—. Así que estoy en peligro, ¿no?
—Sí, pero como me pareces agradable fingiremos que aún es viernes —comentó con un tono que le pareció muy gracioso a Ann.
Así pasó el tiempo; hablando sobre tonterías y cosas que mucho sentido no tendrían para otras personas. Ella supo que el chico de la cortina odiaba el sushi, las polillas y que prefería salir con sus amigos a estar en una fiesta. Él le prestó atención a sus disparates y a sus gustos raros: como el leer con los pies en la pared, su obsesión con la crema de avellanas, y que andaba en cualquier cosa que tuviera ruedas (excepto un auto o motocicleta). La conversación algunas veces contenía un coqueteo por parte de él y una respuesta sarcástica por parte de Ann, cosa que parecía divertir en cierto modo a ambos. Chico C —como comenzó a llamarlo— seguía teniendo una voz bastante familiar y a cada minuto que hablaban le daba más curiosidad saber quién era la persona detrás de la cortina.
«Quizás no lo conoces y en verdad es un pervertido».
«Quizás es un hombre mayor».
«Quizás es un fantasma de alguien que murió en esa tina».
Dudas tan tontas como esas se hacían más presentes en la cabeza de Ann, por lo cual en algún punto decidió que ya era hora de ver de quién se trataba. Sus manos estaban temblando ligeramente en su regazo, cosa que no hacía más que ponerla nerviosa. Con cuidado de no llamar la atención de Chico C, que estaba contando una anécdota de sus amigos y él, se apoyó en sus rodillas y comenzó a gatear cerca de la bañera.
Estaba cerca cuando se detuvo y quedó en cuclillas, dispuesta a estirar su mano para tirar la cortina.
—¿Tienes curiosidad de cómo me veo? —preguntó la chica, sin poder darse cuenta de que sonaría más cerca que antes.
Hubo un silencio de parte del Chico C, ya que efectivamente se dio cuenta de que Ann estaba más cerca. En el fondo sí tenía curiosidad, pero no podía explicarse a sí mismo por qué no apartó la cortina cuando comenzaron a hablar. Sí, podría ser desde fea a resultar ser un chico con voz aguda. Lo último lo dudaba, ya que jamás existiría un hombre que pudiera imitar esa risa que le resultaba un tanto encantadora. Él estiró su mano un poco hacia la cortina, rozando con la punta de sus dedos el género.
—Un poco, no acostumbro tener citas a ciegas —sonrió, sin importarle que ella no lo viera.
—Esto no es una cita a ciegas, es una amigable charla entre… desconocidos.
Eso fue lo último que dijo Ann, justo un momento después se levantó un poco para poder quitar el género que los separaba. Como ambos lo hicieron al mismo tiempo, la cortina terminó cediendo por la fuerza del movimiento y se separó de las argollas que la sostenían del tubo. Todo pasó rápido, así que cuando Ann se dio cuenta de que gracias a su torpeza estaba cayendo hacia adelante, no tuvo más opción que apoyarse en la pared que estaba al otro lado de la bañera, con la cortina todavía en sus dedos. El Chico C, sorprendido por lo que pasó, se quedó quieto en su lugar notando cómo estaban más cerca de lo que había esperado para conocerse.
Fue un sentimiento extraño el que recorrió a ambos, y a la vez diferente. Ann tenía la boca ligeramente abierta y su cuerpo no estaba en una pose muy cómoda; tampoco sabía qué decir, porque esos ojos miel que la observaban con curiosidad y un tanto de diversión… sabía a quién le pertenecían, a pesar de que lo había visto de cerca con suerte tres veces en su vida. Era más claros de lo que hablaban las chicas.
Por otro lado, Peter no sabía cuánto tiempo llevaban viéndose a los ojos, solo podía notar que el color de los ojos de la chica eran algo que no había visto nunca antes. Su mente estaba en blanco, incluso olvidó que abajo había una fiesta donde tendría que volver a aparecer en algún momento. Quería hablar de forma sarcástica, con alguna broma, e incluso reírse del incidente que había ocurrido justo hace unos segundos; no pudo hacer nada de eso, así que contestó lo que pareció más claro en su mente:
—…verdes —fue la única palabra que salió de los labios de Peter Harrison.
Ann comenzó a balbucear cosas sin sentido, enredándose con las frases incompletas que se formaban en su cabeza.
«Mierda… ¡mierda! ¡Es Peter Harrison!», gritó su conciencia con pánico y emoción.
—Yo… yo —comenzó a decir, rompiendo el silencio que antes había—. Adiós.
Tomó la cortina con ambas manos y, sin pensarlo, mucho le lanzó el género en la cabeza al capitán del equipo de su hermano. Aún estaba impresionada, así que le costó unos instantes valiosos levantarse y abrir la puerta del baño para cerrarla a sus espaldas. Su corazón latía a mil y sus piernas se sentían extrañas por haber pasado tanto tiempo sentada, pero eso no evitó que comenzara a correr hacia las escaleras, evadiendo a las parejas a su lado.
—¡Espera! —escuchó un grito ahogado por la música y las paredes, lo cual no hizo más que apresurarla.
«¿Por qué su corazón latía tan rápido? Quizás era la adrenalina».
«¿Por qué huir de Peter Harrison de ese modo? No quería tener nada que ver con ese tipo de personas».
«¿Cómo llamarle a ese sentimiento de comodidad que había sentido cuando habló con él?», prefería no pensarlo.
Llegó al inicio de las escaleras, dispuesta a bajar cuando, una voz la detuvo de golpe y su vista se desvió hacia el final de los escalones. Alex y Félix estaban ahí, tomados por los hombros y sonriendo de forma bastante estúpida. Parecían, y estaban, ebrios.
Los sentimientos que estaba sintiendo Ann en ese momento no era más que un revoltijo; enojo por su hermano, miedo porque alguien llegara a su lado, ganas de salir corriendo… Incluso algo extraño en su pecho. Casi pisa el primer escalón para bajar, cuando una mano se cerró en su muñeca izquierda y ella se quedó paralizada por unos momentos antes de, por mero impulso, girar a la derecha y clavar su codo en la nariz de Peter. Era muy tarde cuando se dio cuenta de lo que había hecho, y también lo fue cuando trató de acercarse a él para disculparse y terminó pisando uno de sus pies. El chico de ojos miel, aturdido y sin saber dónde estaba, acabó dando un paso en falso. Cayó por las escaleras y pronto las personas, la música, las carcajadas e, incluso, el tiempo, se detuvieron. Por mera inconsciencia, Ann se quedó viendo cómo el chico estaba tirado en el piso y algunos trataban de hacer que reaccionara.
«Maté a Peter Harrison», pensó con horror.
—¡Peter! —fue lo primero que se escuchó justo después de que todos se quedaran en silencio.
Megan comenzó a abrirse paso entre la multitud que rodeaba el cuerpo de Peter en el piso, lo cual comenzó a generar murmullos y más de una persona que entraba en pánico ante lo que acababa de ocurrir frente a sus ojos. Alex no tardó en reaccionar y golpeó el hombro de Félix para que ambos se acercaran a ayudar a su amigo inconsciente.
Ann seguía en el mismo lugar donde estaba antes de noquear al capitán del equipo, dudosa entre correr o hacerse la valiente y bajar para prestar ayuda. La gente que se encontraba en la fiesta comenzó a huir en multitudes, excepto algunos que se quedaron grabando la escena y planeaban en secreto subirlo a Internet. Consideraron que no era buena idea levantarlo, así que después de revisar que seguía respirando y que no tenía ningún tipo de herida, un chico llamó a una ambulancia.
—¡Peter! —chilló Megan al lado del inconsciente de Peter—. Dios mío, ¿Peter? Peter, ¿estás bien?
Ann consideró que la pregunta era bastante tarada, pero en el fondo sabía que no podía aspirar a más por parte de Megan.
No sabía qué hacer, seguía observando cómo Alex trataba de despertar a su amigo, el cual por suerte parecía comenzar a moverse un poco. Había caído desde muy alto, pero aun así solo su nariz había comenzado sangrar, logrando que su mejilla estuviera cubierta de sangre.
Se sentía muy mal por lo que había hecho, y el sentimiento duró incluso a pesar de que Peter ahora estaba un poco más consciente, con Megan tomándolo del rostro y sonriéndole de manera aliviada.
Ann bajó el resto de las escaleras que le quedaban y recién notó que Derek estaba sacando a las personas de la fiesta con una calma casi envidiable. Félix estaba hablando con alguien por teléfono y una chica se apresuró a tomar una foto con su cámara antes de irse, excusándose que era para el periódico escolar.
Ese fue, sin dudas, el peor viernes de Ann.

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