Capítulo 4: Flores.

1391 Words
Todos ayudaban a la pareja con los preparativos finales para la boda —a pesar de que faltaba más de un mes para ella—, la familia de Lucía se encontraba tan entusiasmada, mucho más que el mismo novio, su pequeña Lucía contraería matrimonio con un buen hombre, uno que la amaba. Tenían razón en una de dos. Pues él era un buen hombre y el simple hecho de no querer separarse para no romper el corazón de una muchacha tan dulce como Lucía, evidenciaba aquello, pero de ahí a amarla… Thomas suspiró, remeneó hacia un lado y hacia el otro su cabeza, buscando así sacar de allí aquellos pensamientos que lo sofocaban. Debía de estar feliz por contraer matrimonio con Lucía, pero al contrario, se encontraba tan abrumado y desinteresado… que no sabría como fingir una cara feliz ante la familia de su casi esposa. La familia de Lucía lo apreciaba mucho, él se atrevía a decir que mucho más de lo que lo hacía la misma Lucía, cada vez en la que quería llenarse de valor y decirle a Lucía que fuera por un mejor hombre, que él no la amaba, se arrepentía intensamente, el solo pensar en la reacción que tendría la madre de Lu… no, no, aquella mujer era dulce como un trozo de pastel preparado por las manos del amor mismo, no podía permitirse decepcionarla. Además, se armaría un completo escandalo si los medios se enteraban que él había terminado con Lucia. Era casi capaz de imaginárselo. “¡El CEO de la empresa Covergger ha cancelado el matrimonio con su esposa a solo pocas semanas de este concebirse!”. Sentía fastidio de solo imaginárselo. Él nunca había querido ninguna clase de fama,, fortuna sí, pero jamás fama, aunque la tenía en aquel instante, más de la que deseaba. Mientras Lucía y sus familiares se encargaban de comprar ciertas cosas que se necesitarían para terminar de adornar la boda, él se encargaba de las flores. Le había dicho a Lucia que era demasiado pronto, que faltaba un mes completo y que comprar flores era extremista, ella le había respondido que no tenía que comprarlas todas, solo irles echando el ojo para ver cuales eran las más preciosas. Por supuesto, Lucia le había dicho que no tenía que ir él, que podía mandar a uno de sus empleados, pero Thomas se había negado. «Deberías actuar según el dinero que tienes», le había dicho Lucia. Aunque no era la primera persona que se lo decía. Jamás le prestaba la atención suficiente a esos comentarios. Sabía que ir a comprar flores, o al menos así le habían hecho creer, era una actividad femenina, que era extraño ver a un hombre en una florería, pero hacía un tiempo que había dejado de importarle lo que la mayoría de personas tenían para decir de él, al menos en ese aspecto. Pero no siempre fue así, recordaba las golpizas que le proporcionaba su padre por aquello… por algo tan simple como que un muchacho amase las flores y los colores. Todas las veces en las que la palabra «Maricón», emergía de entre los labios de su progenitor eran abrumadoras, pensó que aquello había quedado en el olvido cuando se mudó con su madre, pero el destino tenía un azar distinto al que él creía, puesto que el acoso escolar nació desde el primer momento en el que un tal sujeto de nombre «Bob», supo que a Thomas le gustaban las flores. Cerraba sus ojos y podía recordar las palizas que su cuerpo recibía, las lágrimas que sus mejillas recorrían, las preguntas que en su cabeza crecían. «¿Es este el precio de ser diferente?», se preguntaba, y él mismo estaba a dispuesto a responderse en aquel entonces: «No. No lo es. Ni siquiera soy diferente, solo me gustan las flores, ¿es acaso ese un gran problema?», se decía. Los abusos no habían parado por tres años, pero siempre llega la gota que colma el vaso, aunque debía agradecérsele a esa gota, pues era el inicio de la liberación. Una tarde habían llamado a la madre de Thomas para decirle que su hijo había herido a otro, cuando la madre de él llegó, se alarmó demasiado al ser recibidora de la noticia de que su hijo había clavado un lápiz en la mano de otro estudiante. El castigo para Thomas iba a ser severo, estaba tan angustiado que su propia saliva no le pasaba por la garganta, todos estaban reprochándole, gritándole cosas que la mayoría eran inentendibles ante sus oídos, iba incluso a ser expulsado, y fue en ese momento en el que la luz relució en medio de las tinieblas. “¡Él es una víctima!”, una voz chillona había salido a defenderlo. Diablos. La podía recordar como si todo aquello no había tenido lugar hace más de diez años. Una niña había salido a defenderlo, a decir que Thomas era víctima de acoso escolar, que Bob se lo merecía, Thomas jamás se había sentido tan protegido en toda su vida. La directora había reconsiderado la decisión de expulsar a Thomas, había dirigido su rigidez hacia Bob, y aquella pequeña niña se había convertido en la amiga inseparable de Thomas. Él sentía un profundo vacío cuando ella lo dejaba, cuando ella se iba de su lado, o cuando se enojaba con él, quería que ella siempre estuviese feliz con él, que compartiera con él sus mejores momentos, quería verla sonreír, porque eso lo hacía feliz, más tarde había descubierto que aquellos deseos eran amor, más tarde había descubierto que estaba enamorado profundamente de aquella muchacha llamada Amber. Thomas suspiró. Recordaba como al entrar de la adolescencia se había convertido en el novio de Amber, no podría sentirse más feliz, pero luego el destino había jugado tan sucio con ellos… separándolos. Al final, Thomas había perdonado a su padre, a Bob también y se había ido de la ciudad con su madre tras descubrir la noticia de que Amber había viajado a otro país. Ni siquiera había podido decirle adiós a Amber y eso era lo que más lo frustraba. Aquel adiós que nunca pudo murmurar. Habían pasado doce años de eso y lo recordaba perfectamente, cada instante. Aunque ya las cosas habían cambiado, él era dueño de una empresa, él era rico, él buscaba en otros labios el vacío que los de Amber le dejaron… él se iba a casar… pero en el fondo seguía siendo aquel pequeño que quería que la fuente de su felicidad volviera. Entró a la florería, inhalando el aroma suave que desprendían. Amaba aquel olor, tanto que era imposible poner en palabras la fascinación que sentía. Sin importar que tan difícil fuese el problema que lo atormentaba, solo era cuestión de inhalar el aroma de cualquier flor y su mente lograba tranquilizarse. —Buenos días —saludó, pero no recibió respuesta—. Buenos días… —repitió, dándose cuenta de que no había nadie en el puesto. Tal vez quien vende ha salido, pensó. Sonrió, cualquiera podría robarle. Thomas empezó a observar las flores que lo rodeaban, sintiéndose en el más profundo paraíso. Las había de todos los tipos; margaritas, dalias, hortensias, rosas, girasoles, tulipanes, pero la flor más especial no estaba entre uno de esos ramos… —Por Dios, lo siento mucho, señor, he tenido que revisar algo en la parte de atrás, me dije que solo un segundo de ausencia no afectaría en nada, que nadie llegaría… lo siento… pero soy yo sola aquí… —Esa voz… aquella voz… aquella… Thomas sintió como un balde de agua hirviendo le hubiese caído sobre el cuerpo, no un balde de agua fría, como se solía decir, uno de agua hirviendo, que lo quemó desde adentro hacia afuera. Giró con la rapidez de un relámpago y ahí fue en donde la vio. Decir que sintió un nudo en su estómago era minimizar el asombro abrasador que lo golpeó con la fuerza de mil toros, no había adjetivo existente que fuese capaz de describir las emociones que se apoderaron de su cuerpo, como justo un demonio poseería un cuerpo, el asombro, la perplejidad y los nervios se encadenaron a él. En el momento exacto en el que los ojos de ambos se conectaron, fue cuando todo lo demás se volvió ajeno. —Amber…
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD