Tres.
Llegar a mi apartamento sin sufrir un crisis nerviosa fue todo un reto.
No dejo de darle vueltas a todo lo que sucedió.
Mi mente trata de darle una explicación lógica a los acontecimientos, pero los ojos grises de Hunter—o del chico que tenía un aspecto idéntico al suyo. Incluso usan el mismo estilo de ropa—, no dejan mi mente un solo segundo.
Y la expresión triste y dolida de la mujer que creí, era Lola, hace que sienta un nudo de culpa en el estómago.
Nada tiene sentido.
Saco las bolsas de la cajuela y subo a toda prisa de vuelta a la comodidad y seguridad de mi apartamento, sin importar que el portero me vea como una loca por correr de una amenaza invisible.
No es su salud mental la que está en riesgo.
Cuando cierro la puerta detrás de mí, siento que puedo respirar de nuevo. Tal vez solo necesito volver al trabajo.
«La historia del veterano de guerra olvidado en un asilo no va a escribirse sola», pienso.
Miro el cronograma de escritura en el tablero de la pared de mi estudio y tacho la historia de Lola como terminada.
Hay dos historias más que planeo completar antes que el año termine y sí quiero cumplir con los plazos autoimpuestos, lo mejor será darme prisa en iniciar la próxima historia.
Con una manzana en la mano y cientos de palabras esperando ser escritas, me siento frente al ordenador con la firme determinación de olvidar los acontecimientos de esta tarde.
Esperando tener suerte por primera vez en mi vida.
***
Ellos nunca quisieron que viniera aquí.
Por eso lo hice.
Pero ahora, me pregunto sí todo eso valió la pena.
Esa pregunta aparece en mi mente cada vez que uno de los chicos de mi pelotón cae en la batalla.
¿Acaso sus sacrificios son importantes para los que estamos defendiendo?
A veces, creo que no lo son.
Miro la pantalla, tratando de descifrar como continuar el siguiente párrafo del capítulo tres, cuando el sonido de mi móvil me hace saltar.
Busco en todos lados hasta que doy con el, metido en uno de las cajones de mi ropa interior—¿Cómo llegó ahí? No tengo idea—y toco la pantalla táctil para descubrir un número desconocido llamando.
Me debato entre contestar y dejar que salte al buzón, cuando deja de sonar. Suspiro, pero inmediatamente suena de nuevo.
Deslizo mi dedo en la pantalla táctil para contestar la llamada y coloco el teléfono en mi oído, esperando escuchar la voz de la otra persona, pero todo lo que oigo, es una respiración pesada al otro lado de la línea.
—¿Hola? —pregunto frunciendo levemente el ceño ante la falta de respuesta y la llamada se corta.
Eso fue extraño.
Vuelvo mi atención al ordenador, sintiendo como comienzan a fluir de nuevo las ideas y me pierdo en la historia de Ben, olvidando totalmente la peculiar llamada telefónica, sin tener la más mínima idea de lo que vendría a continuación.
***
Dos días después del incidente con las extrañas llamadas y mi visita al supermercado, me encuentro frente a una enorme pila de cartas enviadas por lectores y críticos de mi último libro, luego de la última firma—este fue uno bueno. El drama estuvo en su punto más bajo y la mayor parte de la trama se desarrolla desde el punto de vista de la protagonista y como la creencia de que se encuentra sumida en un profundo sueño, la hace ser finalmente ella misma—, donde las opiniones se encuentran divididas de nuevo.
Algunos lo amaron. Declaran que es mi mejor obra hasta ahora.
Y otros, simplemente se quejan de la falta de la angustia característica a la que ya se habían acostumbrado.
Estos últimos por lo general suelen ser los primeros en lloriquear cuando les doy un poco de drama, así que no suelo dejar que me afecten sus comentarios volubles.
Con que me guste como se desarrolla la historia y la evolución de los personajes, es suficiente.
Y me encantó como resultó todo en la historia de Taylor.
Tomo uno de los sobres a la par que bebo un sorbo de mi café no muy bueno, preparándome para una larga tarde de leer y responder cartas de mis lectores.
El teléfono suena cuando siento que llevo toda la vida nadando en papeles y con algo de esfuerzo, logro alcanzarlo en medio de la inundación de cartas en mi sala.
—¿Hola?
—¿Dinna? —la voz de Wes me saluda al otro lado y lucho muy duro para reprimir una sonrisa al escucharle.
—¿Qué pasa? —pregunto, tratando de sonar indiferente, para evitar que se diera cuenta de lo mucho que me afecta.
Estúpido enamoramiento que no se desvanece.
—¿Tienes planes para mañana? —indaga y sé de inmediato a donde se dirige la conversación.
—Solo escribir, ¿por qué? —respondo, siguiéndole el juego para descubrir que loco plan se le ocurrió ahora.
—Porque te has ganado el honor de ser mi acompañante —anuncia como un animador de fiestas.
—¿A dónde?
—Iremos a una feria. Me dijeron que la montaña rusa de esta es muy buena —explica y ahora si que no puedo reprimir la sonrisa al escucharle. Ambos tenemos una extraña obsesión con las montañas rusas y de alguna forma, él es experto encontrando las más osadas—. Tiene una decente cantidad de curvas, pero lo mejor es la pendiente. He visto vídeos, así que te aseguro que gritarás, nena.
Bufo.
—Espero que esta vez si puedas cumplir esa promesa, no como las últimas veces, ¿eh? —me burlo, mientras abro el sobre en mis manos, curiosa por la falta de remitente en este.
—Apostemos entonces —sugiere, antes de que tenga oportunidad de leer el contenido de la carta.
Mi atención se centra de inmediato en él.
—¿Qué apostaremos?
—Me darás un final feliz sí gano —propone.
—Hecho. ¿Y que ganaré yo? —vuelvo a centrar mi atención en el texto escrito en la carta en mi mano, frunciendo el ceño al leer las palabras.
«Cambia el final antes de que sea demasiado tarde. Tienes solo una oportunidad antes de que vayamos por ti. Aprovéchala», reza en la carta y un pequeño escalofrío de temor recorre mi espina.
Escalofrío que es rápidamente sustituido por el cansancio. Realmente algunos lectores se inmiscuyen demasiado en un libro.
Tanto, que terminan escribiendo ridículas notas amenazantes como la que sostengo en mi mano.
No es la primera vez que recibo una carta de este tipo y tampoco será la última, así que no doy demasiada importancia y paso a la siguiente.
—Seré tu esclavo por una semana —dice Wesley finalmente y yo río.
—Ya eres mi esclavo de todas formas.
Lo escucho reírse y bromear por los siguientes cinco minutos, logrando así, que olvide por completo la carta amenazante, sin tener la más mínima idea de cuanto estaba por cambiar mi vida gracias a ella.
Sin tenerla en absoluto.