Uno.

2920 Words
Uno. Cerró los ojos cuando sus dedos tocaron la fría lápida, delineando como de costumbre, el nombre de Maria tallado en el mármol. A lo lejos escuchó la risa de Felipe y Valería y sintió como la brisa despeinó su cabello corto, convirtiéndolo en un desastre enmarañado. A veces, le gustaba pensar que las caricias del viento, eran en realidad de su chica. De su chica siendo libre como siempre lo soñó. —Oh, cariño, deberías estar aquí, conmigo. Viendo a tus hijos crecer, bebé. Enseñándoles el mundo. Deberíamos estar haciendo realidad todos aquellos planes que creamos para cuando finalmente la verdad saliera a la luz— murmuró, sin poder apartar su mano de la lápida, pero al decir la última parte, tuvo que detenerse. Un nudo en su garganta le impidió seguir hablando. Aún sentía la perdida de su otra mitad como el primer día. —Lola, ya no estés triste. Abu dice que mami está bien. Dice que ya no tiene dolor— la pequeña mano de Felipe se envolvió con la suya. Lola lo miró. Era el vivo retrato de su madre. Los mismos ojos cafés y su cálida sonrisa calcada al carbón. A veces, mirarlo era demasiado. Y otras, no era suficiente. Desde que María le disparó a su marido justo en medio de sus cejas como ella le había enseñado y luego, con la misma pistola acabó con su vida, Lola no había vuelto a sonreír. Se sentía como una traición al amor que profesaba por su chica. Pero esa mañana, gracias a la inocencia del pequeño niño idéntico a su madre, una pequeña sonrisa tiró de la comisura de sus labios, sintiendo como el entumecimiento que prevalecía dentro de sí misma, empezó a desaparecer. Una lágrima resbaló por su mejilla. La primera que derramaba en un año. Pero no se detuvo allí. Pronto, una inundación de agua salada empapó su rostro. Era como sí una presa se hubiera roto. El niño la miró preocupado, así que ella se apresuró a calmarle. —Lo sé, Pipe. Ahora lo sé— estrechó el pequeño cuerpo en sus brazos y tenía la sensación de que las lágrimas no se detendrían pronto. Pero eso no importó. Porque, sabía que nunca amaría a otra mujer con la misma intensidad que amó a María. Y también sabía que al morir, una parte de su alma se fue con ella. No obstante, se prometió a sí misma sobrevivir día a día, para que así, cuando fuera el momento de seguir a su chica al otro lado del camino, María se sintiera orgullosa de ella. Y esa era una promesa, que no estaba dispuesta a romper. FIN. Sonrío cuando coloco el punto final de la oración, satisfecha con el resultado. Es el final. He terminado otra historia. Y es momento de decirle adiós a estos personajes que tantos dolores de cabeza me habían traído durante los pasados cinco meses que ocupé escribiendo las cuatrocientas veinte páginas que componen la historia de Lola. Ahora solo queda, pasar por el proceso de corrección y edición, pero la mayor parte del trabajo está hecho. No puedo estar más feliz por ello. Algunos escritores sufren cuando terminan una historia. Sienten un vacío que tardará un poco en volver a llenarse al no volver a escribir más acerca de algunos personajes. Yo en cambio, siento un alivio casi orgásmico al escribir la última palabra de una obra, porque puedo acallar las voces de los personajes que hablan de manera constante en mi mente, rogando ser plasmados. Aunque este alivio es momentáneo, porqué inmediatamente cobran vida nuevos personajes, con nuevas situaciones e historias que debo escribir para no enloquecer. Con un bostezo, doy clic en guardar el documento y me levanto de la silla por primera vez—para algo más que no fuera ir al baño u obtener algo de comida—en tres días. Mis músculos se quejan cuando me estiro en la punta de mis pies y levanto mis brazos hasta donde logro llevarlos, debido a la falta de movilidad en los últimos días. Otra historia terminada, otro mundo que llega a su fin y yo sigo siendo la misma autora aburrida sentada frente a una computadora con demasiadas historias en mi cabeza que exigen ser contadas. Camino por mi piso, sintiéndolo extraño luego de haber pasado más de setenta y dos horas mirando solo la pantalla de mi ordenador y peino mi cabello enmarañado con mis dedos, decidiendo que hacer a continuación. Tendré algo de tiempo libre antes de que empiecen las reuniones de edición y corrección, así que bien podría escaparme a algún lugar por los siguientes días. Arrastro pesadamente mis pies a lo largo del pasillo, sonriendo al pensar acerca de la reprimenda que hubiera obtenido de mi madre al hacer aquello, sí aún se encontrara con vida. Finalmente entro a mi cocina, hallándola demasiado limpia debido a la falta de uso. Mi estómago gruñe en señal de protesta por la privación de alimentos y busco en los estantes algo que sacie mi hambre. Cualquier cosa bastaría, pero no hay nada que podría cumplir con esa misión en el refrigerador. Trato de recordar mi última comida, pero es un esfuerzo infructuoso, porque lo único que consigo, es un recuerdo de una cena tardía con Lola a escondidas de mis padres. Eso, obviamente, no es un recuerdo que me pertenezca, porqué: 1. Lola nunca saldría conmigo. María era todo en lo que ella podía pensar y; 2. Mis padres murieron cuando tenía nueve años. Con un suspiro, cierro el refrigerador luego de servir un vaso con agua y mis pensamientos viajan en dirección a mis padres. «Ellos si que tuvieron una historia de amor», pienso. Termino de beber mi vaso con agua justo antes de que el timbre suene. Y suene de nuevo. Insistentemente. Como sí la persona al otro lado tuviera mucha prisa por verme. —¡Sé que estás ahí, Dinna Ambrose. Llevas más de dos días recluida como un monje en tu apartamento! —la inconfundible voz de Wes grita desde el pasillo, siendo demasiado ruidoso para la hora que es. Aunque pensándolo bien, no tengo la más remota idea de que hora es en realidad. Sin embargo, está haciendo demasiado ruido. Me apresuro a abrir la puerta, antes de que algún vecino quejica llame a la administración y me gane una nueva sanción. —¿Qué? —espeto mientras al abrir, pero toda la irritación de antes, se esfuma y siento mis rodillas debilitarse al ver dos vasos de polietileno que contenían, a juzgar por el delicioso y adictivo olor que entró por mis fosas nasales, un reavivante café. Justo lo que necesito en este momento. Como siempre, Weasley lee mi mente. —Tres días sin saber de ti. ¡Tres! Es suficiente tiempo para estar al borde del colapso. No vuelvas a hacerlo —me reprende entregándome una de las tazas y entra a mi apartamento como sí hubiese invitado. Diez años de conocernos le otorgaban ciertas libertades, como entrar a mi hogar y dejarse caer en mi sofá cómodamente sin permiso alguno. —Pasa, Weasley. Estás en tu casa —digo con todo el sarcasmo que logro reunir a pesar de mi evidente agotamiento. —Muchas gracias, Ambrose —contesta ignorando el resoplido que sale de mis labios y toma una de las revistas en mi mesa de centro. Ruedo los ojos y bebo un pequeño trago, la cafeína entrante en mi sistema se siente como una descarga de adrenalina y casi gimo cuando se asienta en mi estómago. Me siento invencible. —¿Qué fue esta vez? ¿Final infeliz? ¿Tuviste una epifanía y decidiste que el resto de mortales merecemos leer un libro escrito por ti que termine con un 'vivieron felices y comieron perdices'? —coloca la bolsa de papel en la mesa de café y la abre, para tentarme con el contenido de estas—. No lo creo. Ya perdí las esperanzas luego del libro de la chica de cristal. Que por cierto, deberías presentárselo a tu editor en lugar de dejar que se marchite en tus borradores. Río, por primera vez en lo que parece un largo tiempo—el sonido es rechinante y nada natural para mis propios oídos—y echo un vistazo en dirección a la bolsa, casi saboreando las rosquillas glaseadas que estaban dentro. Wes arquea una ceja ante mi desesperación por el alimento y dice: —Sírvete, querida. Las traje para ti. Sin importar como me veo—como alguien muerto de hambre recibiendo alimento por primera vez en meses—, saco las rosquillas y las acabo en un bocado, mi estómago protestando por verse tan lleno de repente y mis mejillas infladas por el alimento. —Nada de eso. No es mi estilo escribir esos finales poco realistas donde el amor lo vence todo —explico con la boca llena—. Además, todos mis finales son felices, sólo que los protagonistas no quedan juntos. O vivos. En la mayoría de los casos. Me burlo un poco al decir la última parte y eso lo hace bufar. Llevo diez años molestándolo con las conclusiones de mis obras. Wes me mira fijamente durante lo que parecen horas y la intensidad de su mirada hace que desvíe la mía cuando no puedo soportarlo más. Odio que haga eso. Se siente como sí escarbara dentro de mis pensamientos, sin ninguna autorización. O tal vez, solo estoy imaginando cosas. —¿Tienes miedo del amor acaso? —suelta de manera repentina, cortando abruptamente el rumbo de mis pensamientos. Me tenso automáticamente ante su planteamiento, pero recupero la compostura en poco tiempo, masticando el alimento de mi boca lentamente, para comprar un poco de tiempo antes de tener que responderle y rebusco en mi mente por las palabras adecuadas para contestar. Palabras que no delaten lo que en realidad pasa por mi mente al pensar en la palabra amor. —No. De ninguna manera. Pero no creo que sea la solución de todo —contesto finalmente, de nuevo siendo atrapada bajo su hipnótica mirada que continúa estudiándome—. Las personas siempre están en busca de un final feliz. Eso les da esperanza de que no todo es horrible en el mundo. Se aferran al amor como sí de un salvavidas se tratase, sin darse cuenta de lo débil que es esa protección. Mi respuesta nos toma por sorpresa a ambos, haciendo que un extraño silencio se instale entre nosotros luego de eso. Sin embargo, Wes siendo como es, no deja que la incomodidad se quede demasiado tiempo. Encoge sus hombros y toma la última rosquilla de bolsa, dándole un mordisco y bebiendo un trago de su café. —Un día de estos, tus personajes cobrarán vida y te obligarán a darles sus felices para siempre —río ante su inverosímil declaración y él sigue hablando:—Las personas compran libros para alejarse un poco de la realidad, no para recordar lo horrible que es. Deberías darles algo de la efímera alegría de un final feliz, ¿no crees? —Sí fuera así, mis libros no estarían en las listas de los mejores vendidos. Las personas no los comprarían y no llamarían Ambrosía a mi estilo de escritura —respondo llevando la taza de café a mis labios, mis palabras completamente libres de cualquier rastro de egocentrismo. Simplemente relataba los hechos como eran, sin importar cuán narcisista suena mi respuesta. Lo cierto es que la tendencia que había iniciado con Lucifer había sido tan bien recibida por la crítica, que decidieron llamarla Ambrosía en honor a mi apellido: Ambrose. Y los dos siguientes libros publicados siguieron el mismo patrón que mi primogénito: la crítica adoró la crudeza de las historias que plasmé y mis lectores aún se debaten entre amarme u odiarme. —Touché —concede y bebemos el resto de nuestro café en silencio. Wes termina primero y finge estar ocupado hojeando la revista de modas que tomó de la mesa, pero sé que realmente no le está prestando atención a lo escrito allí. —¿Qué tienes para mí? —habla de nuevo, en referencia a mi más reciente historia. Ha sido el encargado de crear las portadas de mis libros y hasta ahora, nunca me ha decepcionado con sus diseños, como prometió aquel primer día que nos conocimos, hace más de diez años. —Es una pareja de chicas que no fue lo suficientemente valiente para enfrentar al mundo y salir del closet. Una de ellas se casó y tuvo hijos, pero mantuvieron su relación clandestina hasta que ella no soportó más el no poder estar a su lado y decidió dejar a su marido-quien era un abusador-, pero las cosas se ponen feas y ella termina cometiendo un homicidio-s******o. Al final, Lola toma a los hijos de su chica y vive feliz para siempre criando a una parte de su amor —resumo la historia e inhalo una gran cantidad de aire, a la espera de su contestación. Su opinión siempre será muy valiosa para mí y mis libros. Además, debo entregarle un manuscrito luego de que salga de la corrección para que empiece con el proceso de diseño de la cubierta. —¿Cuál era la petición de Derek? —pregunta, mencionando a mi agente. —Una historia romántica con una temática polémica. Quería algo que diera de que hablar como Lucifer —bufo, recordando mi primera historia publicada oficialmente. Al parecer, la idea de que el mismísimo Satanás se enamorara de un simple ángel custodio y que esta luego rompiera su corazón, resultó ser demasiado atractiva para el público y generó un gran debate entre religiosos y personas no ortodoxas; los primeros buscaban vetar en todo el mundo mi libro mientras que los últimos deseaban adaptarla en la gran pantalla. ¿Quién ganó? Pues, basta con decir, que la película fue un éxito de taquilla y las ganancias compraron este departamento. Incluso pedían a gritos una secuela. No era posible. Una vez que colocaba el punto final en una historia, no había forma de traer a los personajes de vuelta a mi mente. Por eso mis historias siempre son autoconclusivas. —Tierra llamando a Dinna. ¿Sigues aquí, cariño? ¿O ya estás escribiendo una nueva historia? —Wes interrumpe el hilo de mis pensamientos que habían ido a la deriva. —Nop. Solo pensaba en que debo comprar algunos alimentos hoy antes de encerrarme a escribir de nuevo. No quiero morir de hambre —miento descaradamente. No me gusta la manera en la que sus ojos parecen escudriñar mi mente, como sí quisiera saber todo lo que pasa por mis pensamientos. Ni siquiera a mí me gusta saber lo que está en mi mente. —Me gusta esa idea. Así no tengo un pequeño ataque cada vez que pienso en que estás pérdida en tu mundo de fantasía, completamente ajena a la realidad y muriendo de hambre. Oh, Wes. Sí tan solo supieras que permanecer en la realidad es casi utópico para mí. —Bueno, sí no quieres que muera de hambre, vete de aquí para que pueda tomar una ducha e ir a la tienda de comestibles —lo echo sutilmente, porque a pesar de disfrutar su compañía y que su presencia aleje por un rato a los personajes de mi mente que gritan por ser plasmados, demasiado tiempo a su lado hace que tenga pensamientos un poco extraños. Como la forma en la que sus ojos se achican cuando sonríe lo hacen ver demasiado adorable, o esos labios provocativos que hacen que mi estómago se revuelva en un buen sentido. Si, eso no era nada bueno. No debería pensar esas cosas de mi mejor amigo. —¿No necesitas ayuda en la ducha? Me han dicho que soy muy bueno con las manos —coquetea como de costumbre y le arrojo un cojín antes de dirigirme al cuarto de baño. Este impacta con éxito en su rostro y hago un pequeño baile de victoria que lo hace reír. —No quiero tus mujeriegas manos en cualquier lugar cerca de mi cuerpo, gracias —apunto sus manos con mi dedo índice, antes de empezar a alejarme de la sala, caminando de frente a él, a la espera de las represalias que tomaría por mi golpe. Sin embargo, él solo se encoge de hombros y recoge nuestros restos, dispuesto a deshacerse de ellos mientras estoy en la ducha. —Algún día rogarás por tenerlas sobre ti —contesta y yo blanqueo los ojos de manera automática. —Ya vete, Wes. Tengo cosas que hacer. —Pensar en mi propuesta es una de ellas, lo sé —responde y esta vez guardo silencio. En parte, porque eso hará que salga más rápido. Y la otra, es porque tiene razón. Sus palabras, aunque obviamente fueron pronunciadas como una broma, permanecerán resonando en mi mente por el resto del día. Y eso es algo que no podré evitar. Escucho su risa a través del pasillo al no oír la respuesta de mi parte seguida de un 'te veo luego' antes del sonido característico de la puerta cerrándose, indicándome que se ha ido. Suelto un suspiro de alivio y entro al baño, decidiendo hacer algo de compras de verdad, al recordar el pobre estado de mi cocina. Además, no he salido de casa en una semana, y mi piel pálida da fe de ello. Salir a comprar alimentos no va a matarme después de todo.
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