Dos.

1134 Words
Dos. Salir de compras realmente va a matarme. No literalmente, pero si que va a acabar con la poca paciencia que poseo. Para una persona que ha vivido cerca de quince años a base de comidas ya preparadas, comenzar a elegir cuáles son los mejores tomates para una ensalada o la leche perfecta para preparar un café, es una especie de misterio. Un misterio que no podré resolver sin un poco de ayuda. Miro a mi alrededor, buscando entre las personas en el mismo pasillo, en busca de alguien que luciera lo suficientemente benevolente para ayudarme un poco en la ardua tarea de escoger vegetales. —¿Disculpa? —llamo la atención de una joven mujer que está justo en frente de mí, pero con su espalda en mi dirección, obteniendo un vistazo de las lechugas—¿Puedes decirme como sé si un tomate es perfecto para la ensala-? Mis palabras se cortan cuando me quedo sin aliento al ver el rostro de la mujer cuando se gira. Era familiar. Demasiado. —Los verdes son perfectos para ensaladas calientes y los rojos también son excelentes con algo de lechuga y pepinos —dice con un pesado acento mexicano. Un acento mexicano que he escuchado cientos veces en mi mente. Definitivamente debo estar enloqueciendo. Ella no puede ser Lola Grier. A pesar de que su apariencia es la misma que dibujé en mis pensamientos, con es cuerpo alto y delgado, facciones duras pero que se suavizarían cuando sonriera y el mismo cabello castaño y ojos avellana, esto es solo una simple casualidad. «Es una coincidencia», repito constantemente en mi mente, en busca de que eso logre calmar el latido acelerado de mi corazón. Sacudo la cabeza y le brindo una sonrisa agradecida antes de alejarme lo más rápido posible de la mujer que tiene exactamente el mismo rostro que estaba en mi mente durante todo el proceso de escritura de 'Lola y todos los secretos de su armario'. «Es una extraña coincidencia», continuo repitiendo en mi mente, a medida que me alejo más de la desconocida. «Aún no has salido por completo de la historia y por eso ves el rostro de tu personaje en el de esa mujer». Compro rápidamente todos los comestibles que encuentro a mano y salgo de la tienda sintiendo un peculiar estremecimiento en mi columna. Y un cosquilleo en mi nuca, donde ese sentido primitivo que todos poseemos, me avisa que estoy siendo observada. No obstante cuando doy un vistazo al estacionamiento casi desierto del supermercado, lo encuentro vacío. Trato de alejar mi mente de todas las películas de terror que he visto alguna vez, mientras apresuro mi paso hasta el lugar donde aparqué más temprano. En realidad estoy teniendo un mal presentimiento de todo esto, pero no me dejo pensar más allá de eso. Mis manos tiemblan cuando trato de meter las bolsas en la cajuela de mi auto y el sonido de una motocicleta acercándose hace que me sobresalte. «Es solo una motocicleta, Dinna», me reprendió. «Has visto cientos de esas antes». Volteo para observar al conductor de una Ducati reformada y me tenso cuando este se quita el casco. «Es otra coincidencia. No es nada más que eso, Dinna», piensa una parte de mí. Mientras que la otra, un poco más escéptica y recelosa, llega a la conclusión de que son demasiadas coincidencias para una tarde. Tal vez, finalmente, estoy enloqueciendo. Los ojos grises del conductor me estudian desde su lugar, con una mirada aburrida en el rostro—justo como Hunter, el chico torturado y abandonado por su madre, con un padre abusivo que tuvo que sobrevivir por su cuenta y cuya alma gemela fue arrancada de su lado por el cáncer. El chico que estuvo en mi mente durante los siete meses que duró el proceso de escritura de Crawling—antes de alejarse y entrar a la tienda sin dar una mirada más en mi dirección. Dejo salir un suspiro aliviado y entro a mi auto para conducir de vuelta a casa. Definitivamente ir de compras no iba a matarme, pero podría acabar con mi cordura. *** Comencé a escribir luego de la muerte de mis padres. Alrededor de un año después de su deceso, cuando acepté finalmente que se habían ido. Creí que al escribir sobre ellos. Sobre su historia, sobre el final que creía que ambos merecían, ellos permanecerían vivos a través de mis palabras. Mis primeras historias siempre estaban encaminadas a encontrar el modo de darles el final feliz que tanto se merecían después de tanto luchar para estar juntos. Los padres de mi madre nunca aceptaron el hecho de que ella prefirió ser una mamá y una esposa, en lugar de seguir el camino que se esperaba de ella: que fuera una doctora como el abuelo. Fue marginada por su familia y nunca se arrepintió de ello, según sus propias palabras. Sin embargo, al escribir sobre ellos, sentía que nada de lo que escribía podía hacerle justicia al final que ambos debían haber tenido después de todo. Entonces, cuando tenía doce años, le pregunté a mi profesora de redacción de textos cual era la mejor forma de hacer un final feliz con los protagonistas consiguiendo todo lo que siempre quisieron. Me prometió que me daría una respuesta, cuando leyera mis escritos y cuando lo hizo, sus palabras me dejaron completamente fuera de balance. —Los finales no siempre son felices. La realidad es cruda y fría. Las personas mueren, se divorcian o son infieles. No todos tienen una historia de cuento de hadas. Además, la realización personal de tus personajes no debe estar sujeta a otros personajes. Deben depender de sí mismos para que destaquen entre los demás. —Yo sólo quiero escribir sobre el final que mis padres querían —recuerdo haber contestado. —Y eso es algo fantástico. Vas a escribir sobre algo tan cercano a ti, que tus emociones y las de tus personajes se enlazarán y serán más reales de lo que se espera. Escucha esto, Dinna, y aplícalo en tu carrera: escribe porque quieres, porque te nace, porque las palabras necesitan salir de tu mente y ser plasmadas en algo más permanente. Pero nunca escribas por obligación, para agradarle a alguien más y sobre todo, no escribas para seguir una tendencia. Esos libros rápidamente desaparecerán de la memoria del lector. Las palabras de mi profesora me acompañaron desde el inicio de mi carrera como escritora y lograron que creara mi propia tendencia. Lo único con lo que mi profesora no pudo ayudarme, fue con la avalancha de ideas y personajes que se instalaron en mi cerebro desde ese momento y nunca pararon. Y a mis padres, les di el final que merecían. Fue una lástima que ese final no los incluyera en mi vida.
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