Entonces extendió un dedo hacia mí. Una oleada de recuerdos me invadió con fuerza, tan rápida que apenas pude respirar. Abrí los ojos y descubrí que estaba en un lugar desconocido. Cuando bajé la mirada hacia el suelo, el mármol blanco me devolvió mi reflejo. Me vi a mí misma de niña, dentro de un castillo completamente plateado, con columnas que resplandecían bajo la luz y un suelo claro atravesado por delicadas vetas doradas. La vegetación a mi alrededor también brillaba, como si hubiera sido arrancada de un sueño. Todo allí era blanco, incluso el cabello de los habitantes del lugar. Lo extraño era el mío. No era blanco. Los sirvientes me miraban con curiosidad, al igual que los demás habitantes del castillo. Mi cabello era n***o azabache, rizado y rebelde, contrastando con la perfec
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