Capítulo 14 — Contar Pan, No Cabezas

1972 Words
El Reino Carmesí era hermoso como una herida. Torres de piedra oscura recortadas contra un cielo perpetuamente gris, ventanas altas como ojos vigilantes, estandartes rojos ondeando como sangre seca. El aire olía a hierro frío, a cera, a humo de chimeneas ricas… y a algo más antiguo: dominación. Allí, nada pedía permiso para existir. Todo se imponía. Cuando Cassian Dravenhart cruzó el portón principal, el silencio lo recibió como si el castillo lo reconociera como dueño. Los guardias se inclinaron con exactitud. Los sirvientes apartaron la mirada. Los nobles… fingieron humildad. Celeste caminaba a su lado. Su presencia era un contraste violento: luz fría en una corte que solo sabía oscurecer. Sus ojos arcoíris eran casi un insulto para el rojo eterno del reino. Su capa era sobria, sin ostentación, como si no necesitara brillar para ser vista. Y detrás de Celeste, casi como sombra noble… Aurora Morgan. Cabello recogido con disciplina impecable. Manto oscuro sin adornos. Ojos grises, opacos, como si el mundo no le interesara más allá de lo necesario. En una mano llevaba sus cuentas de rezo: no como devoción blanda, sino como un hábito de juicio. Aurora no entraba como invitada. Entraba como raíz. Como el tipo de riqueza que no se presume porque ya se sabe invencible. Cassian observó de reojo a Aurora y, por primera vez desde que salió del templo, sintió una presión que no era amenaza, pero sí exigencia: no la decepciones. El Consejo: la herejía del ábaco Cassian entró al salón mayor y no se sentó enseguida. Esa costumbre era intencional: mientras él estaba de pie, todos recordaban que su comodidad dependía de su voluntad. —Consejo —ordenó. Se abrieron las puertas laterales con ruido solemne. Entraron ministros, administradores, señores de sangre antigua, nobles vampiros con rostros bellos y crueles. Sus ojos eran rojos, negros, dorados: predadores nacidos para mandar. A ellos, Celeste les parecía una pieza extraña. Una Luna demasiado quieta. Demasiado lúcida. Demasiado… humana en sus prioridades. Aurora, para ellos, era un misterio peligroso: no olía a miedo, olía a decisión. Cassian habló: —A partir de hoy, cambia el sistema de abastecimiento del reino. Un murmullo se levantó de inmediato. Lord Vharos, viejo y arrogante, sonrió como si hubiera escuchado un chiste. —¿Por amenaza exterior, Majestad? Cassian lo miró sin emoción. —Por hambre. La palabra cayó como polvo sobre joyas. Lady Seraphine alzó la barbilla. —Nuestros tributos alcanzan. Cassian respondió: —Alcanzan… hasta que alguien corte rutas. Silencio. Vharos soltó una risa mínima. —Su Majestad habla como mercader. Cassian se giró despacio, letal. —Hablaré como lo que me convenga… para que mi reino no se desangre por estupidez. Le hizo una seña a un ayudante. —Traigan el ábaco. Las caras se quebraron un segundo. Un ábaco. En una corte vampírica. El ayudante volvió con la pieza, temblando. Cassian la colocó sobre la mesa del consejo como si colocara una espada ceremonial. —El Método Morgan —anunció. Hubo un murmullo más denso. —¿Morgan? —¿Los comerciantes? —¿Una Luna enseñando cuentas…? Cassian alzó la mano. —Quien se burle otra vez… se va. Esa frase podía sonar diplomática. En Cassian sonaba a sentencia. Celeste se levantó con calma, sin teatralidad. Su capa rozó el piso como nieve. Y caminó hacia el ábaco. —Primera regla —dijo. El salón guardó silencio absoluto. —Nada se calcula para hoy. Pausa. —Todo se calcula para cuando falte. Aurora deslizó una cuenta de rezo. Una. Como si diera fe del principio. Celeste continuó: —Se calcula el invierno completo. —Comida. —Lana. —Medicina. —Rutas seguras y vulnerables. —Reservas y pérdidas. Lord Vharos frunció el ceño. —¿Reservas? ¿Acaparamiento? Aurora habló desde su sitio, sin moverse. —Supervivencia. Vharos la miró, indignado. Aurora alzó los ojos grises, vacíos, y aun así… Vharos sintió que lo desnudaban por dentro. —El hambre no te pregunta si eres moralmente bonito. Silencio. Cassian golpeó la mesa con la uña. —Y aquí está lo que más les dolerá. Se inclinó hacia el consejo. —El reino no es solo vampiros. Un murmullo de desprecio. Cassian los cortó: —Los humanos trabajan. Los humanos sostienen. Los humanos son la base. Celeste añadió, glacial: —Y cuando mueren, la base se quiebra. Vharos escupió: —Se reemplazan. El aire se congeló. Celeste lo miró con calma mortal. —No. Y el no fue tan frío que algunas velas parpadearon. —Los humanos no son grano. Aurora deslizó una cuenta de rezo. Dos. Cassian sonrió apenas, como depredador viendo una herramienta perfecta. —Ahora entienden. —O aprenden. —O mueren con su orgullo. ❄️ “La caridad en el Reino Carmesí” — Celeste exige verlo con sus ojos Cuando el consejo terminó, Cassian creyó que el día acabaría allí. Pero Celeste no se movió hacia sus aposentos. Se quedó de pie, mirándolo. —Mañana no bastará —dijo. Cassian levantó una ceja. —¿Qué no bastará? Celeste habló con exactitud. —Tus nobles aprenderán a contar. Pausa. —Pero no aprenderán a sentir el peso del invierno. Cassian inclinó apenas la cabeza. —¿Estás sugiriendo…? Celeste lo interrumpió. —Estoy ordenándolo. El silencio en el salón fue absoluto. Aurora cerró los ojos un segundo, como si rezara sin palabras, y deslizó otra cuenta. Tres. Cassian respondió con calma peligrosa: —No eres reina aquí. Celeste lo miró, sin miedo. —Todavía no. Cassian se quedó inmóvil. Y en vez de enfurecerse… sonrió. Pequeño. Oscuro. —Dime lo que quieres. Celeste respondió: —Quiero ver los barrios humanos. —Quiero ver los depósitos. —Quiero ver las cocinas del reino. Cassian la observó. —¿Para hacer qué? Celeste dijo: —Para corregir. Cassian la miró un segundo largo. Luego habló: —Muy bien. Y añadió, mirando al consejo: —Todos los que se escandalicen… no vengan. Lady Seraphine apretó la mandíbula. Lord Vharos parecía enfermo. Aurora simplemente giró sus cuentas y pensó: ahora sí. Aurora y Celeste: madre e hija frente al pueblo Al día siguiente, la corte se levantó temprano. No porque quisieran. Porque Cassian lo ordenó. El carruaje real bajó por calles que los nobles vampiros rara vez pisaban. Calles donde la piedra estaba gastada por pasos humanos, donde el humo olía a sopa pobre, donde las paredes no tenían tapices sino grietas. Los humanos miraban con temor. El estandarte carmesí significaba impuestos. Significaba castigo. Significaba hambre. Pero esta vez el carruaje se detuvo, y bajaron dos figuras que no encajaban. Celeste. Aurora. Las mujeres más ricas… caminando hacia el barro. Una anciana humana se arrodilló de inmediato. —Perdón, mi señora… Celeste la detuvo con una mirada. —No te arrodilles. La anciana tembló. —Pero… Celeste se inclinó y levantó su rostro con dos dedos, como si le devolviera dignidad. —No vine a humillarte. La anciana rompió en llanto. Cassian observaba desde atrás. Y en su mente, una frase se repetía: esto compra más lealtad que diez ejecuciones. Aurora, con sus ojos grises, no mostró ternura teatral. Pero su voz fue firme: —¿Cuántos en esta calle? Un hombre humano respondió con miedo: —Cincuenta casas… mi señora. Aurora asintió. Sacó una libreta. Celeste sacó un pequeño ábaco portátil, más pequeño que el del consejo. Cassian se tensó. Celeste… llevaba ábaco como quien lleva arma. Aurora dijo: —Harina. Celeste movió cuentas. —Sal. Celeste movió. —Aceite. Celeste movió. La gente miraba sin entender. Aurora se agachó frente a un niño con tos seca. No lo tocó como si fuera sucio. Lo miró como si fuera importante. —¿Desde cuándo? —Tres días… —respondió la madre. Aurora deslizó sus cuentas de rezo. Y por primera vez Cassian notó algo: Aurora no rezaba a dioses. Rezaba a la disciplina. Aurora habló, firme: —Traigan agua caliente. Los nobles vampiros se quedaron rígidos. ¿Una noble ordenando agua caliente? ¿Aquí? Celeste abrió un pequeño estuche con ungüentos. —Esto, por la noche —explicó a la madre. Cassian la miró, casi incrédulo. —¿Sabes de medicina? Celeste lo miró de lado. —Sé de supervivencia. Aurora añadió: —Y yo sé de logística. Y madre e hija se miraron un instante: esa mirada que era más íntima que un abrazo. Celeste murmuró muy bajo: —Madre… la gente nos teme. Aurora respondió igual de bajo: —No por ti. Celeste tragó saliva. Aurora añadió: —Por el reino. Y entonces dijo algo que golpeó como verdad: —Si quieres cambiar un reino, Celeste… —empieza por hacer que el pueblo crea que no morirá. Celeste asintió. Y el aire se volvió más frío, no de amenaza… sino de determinación. 🍲 Cocina del reino: “harán sopa hoy, no mañana” Llegaron a los depósitos. Cassian abrió puertas enormes llenas de sacos. Vharos sonrió con arrogancia. —Aquí está la abundancia, Luna. Celeste caminó entre sacos y tocó uno. Se rompió un hilo: el trigo estaba húmedo. Celeste levantó la vista. —Esto está perdiéndose. Vharos se tensó. —Imposible. Aurora se acercó y, con su mano, tomó grano. Lo olió. —Mohoso. Vharos palideció. Aurora dijo sin piedad: —Tu abundancia es mentira si no sabes conservarla. Cassian miró a Vharos. Vharos se encogió. Celeste se giró al administrador humano. —¿Cuántas cocinas hay en el barrio bajo? —Tres… mi señora. Celeste respondió: —Hoy serán seis. Cassian alzó una ceja. —¿Hoy? Celeste lo miró. —El hambre no espera. Aurora deslizó sus cuentas. —Se duplica. Cassian sintió algo raro: admiración. Celeste ordenó: —Harán sopa hoy. Los nobles se indignaron. Lady Seraphine se adelantó: —Esto no es asunto del consejo. Cassian la miró sin emoción. —Ahora sí lo es. Seraphine apretó los labios. Celeste añadió: —Y mañana habrá pan. Vharos soltó: —¿De dónde? Celeste lo miró como si fuera tonto. —De tus reservas. Silencio. Cassian sonrió apenas. Aurora deslizó otra cuenta. Cuatro. Madre e hija: una escena íntima entre trabajo Más tarde, cuando el pueblo recibió las primeras ollas de sopa, Celeste se apartó un momento. El frío de su Don quería salir. No por rabia. Por tensión. Aurora se acercó. —No dejes que el hielo te domine. Celeste murmuró: —No es hielo. Aurora la miró. —Entonces, ¿qué es? Celeste apretó la mandíbula. —Es… dolor. Aurora no la abrazó. No era su estilo. Solo tomó su mano un segundo, muy breve. —El dolor también se administra. Celeste bajó la mirada. Aurora dijo: —Como taeles. Celeste soltó una exhalación. —Eres imposible, madre. Aurora respondió: —Y tú eres mi mayor obra. Celeste levantó la vista, casi sorprendida. Aurora habló, sin emoción excesiva, pero con verdad pura: —No le debes nada a Alessandro. —No le debes nada a nadie. —Pero sí le debes algo al mundo. Celeste murmuró: —Lo sé. Aurora deslizó su cuenta de rezo. —Entonces sigue. Y Celeste siguió. Cassian entiende el arma final: la caridad como conquista Cassian observó desde lejos cómo los humanos empezaban a mirarla distinto. Ya no como monstruo. Sino como esperanza. Y eso… era aterrador. Porque Cassian supo algo que sus nobles no sabían: si el pueblo ama a Celeste… Celeste podría destronarlo sin tocar una espada. Cassian caminó hacia ella. —Esto… —dijo, bajo— es peligroso. Celeste lo miró. —¿Para quién? Cassian respondió: —Para mí. Celeste sostuvo su mirada, sin ternura. —Entonces hazte digno. Cassian sonrió con filo. —Eso intento. Aurora observó esa escena con ojos grises. No dijo nada. Pero deslizó otra cuenta. Cinco. Y en su silencio dejó claro: Cassian estaba siendo medido. Y el reino, también.
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