POV Ofelia
Alzo la mirada hacia el majestuoso salón de la Mansión Vitiello. Todo brilla bajo cientos de lámparas de cristal suspendidas sobre nuestras cabezas, iluminando el mármol blanco, las columnas revestidas en oro y los enormes ventanales que dejan entrever el jardín donde decenas de periodistas permanecen detrás de las rejas, esperando una sola fotografía.
La fotografía. La de la futura unión entre dos de las Casas más poderosas del país.
Mi corazón late con fuerza.
Las tres Grandes Casas de la élite empresarial están representadas esta noche. Los Vitiello, los Rymer y los Craven.
O, al menos, casi todas.
Porque el heredero de la Casa Craven jamás se presenta en ningún evento social. Nadie sabe realmente cómo luce.
Algunos aseguran que es un hombre tan despiadado que prefiere negociar entre sombras. Otros juran que vive encerrado en sus tabernas clandestinas, rodeado de criminales. Incluso he escuchado decir que tiene el rostro de un monstruo, que asusta a las personas y por eso evita aparecer ante la prensa.
Rumores. Solo rumores.
Aun así, la ausencia del famoso heredero Craven siempre consigue convertirse en el tema de conversación de cada gala.
Yo misma me he preguntado más de una vez cómo será realmente ese hombre al que todos llaman el Cuervo de las Tabernas.
Pero esta noche nadie ha venido por él. Todos han venido por nosotros. Por Gael Rymer y por mí.
La pareja perfecta. Aunque, oficialmente nuestro matrimonio no esté anunciado. Todos dan por sentado que nos casaremos, ya que, he estado prometida a él desde siempre.
Enderezo la espalda, inhalando profundamente antes de colocarme junto a mi prometido.
―Sonrían.
Los flashes comienzan a dispararse. Siento el brazo de Gael rodeando mi cintura. Firme, seguro. Como si realmente quisiera sostenerme. Un ligero escalofrío recorre mi piel. Levanto la vista hacia él y, durante un instante, vuelvo a creer.
Porque cuando Gael quiere... sabe mirarme como si yo fuera la única mujer que existe.
Su sonrisa es impecable. Sus ojos azul intenso desprenden una calidez que solo aparece frente a las cámaras.
Es absurdamente atractivo.
Alto, de hombros anchos, ojos azules, cabello rubio oscuro perfectamente peinado y esa elegancia innata que hace que cualquier traje parezca confeccionado exclusivamente para él.
Parece un príncipe. Y cualquiera juraría que está completamente enamorado de mí. Yo también lo he creído durante mucho tiempo. Aunque, ya no estoy tan segura con su actitud distante y fría.
―Un poco más cerca, señor Rymer.
Él obedece sin protestar. Inclina la cabeza hasta apoyar su frente contra la mía.
Mi respiración se corta. Escucho los suspiros de algunas mujeres. Los empresarios sonríen satisfechos.
Los fotógrafos no dejan de disparar sus cámaras. La heredera de la Casa Vitiello. El heredero de la Casa Rymer. La futura unión entre dos imperios. Será la boda del siglo.
Y, entonces... todo termina.
Ni siquiera transcurren cinco segundos antes de que Gael retire el brazo de mi cintura como si acabara de recordar que estaba tocándome.
Da un paso atrás. La sonrisa desaparece. También el brillo de sus ojos.
―Tengo asuntos que atender. ―Deposita un beso ligero sobre mi mejilla.
Ni siquiera espera mi respuesta. No me pregunta si deseo acompañarlo.
Simplemente se marcha. Como ha hecho durante las últimas semanas. Frío, distante e inalcanzable.
Permanezco inmóvil unos segundos antes de obligarme a sonreír nuevamente.
La prensa continúa haciéndome preguntas sobre la alianza entre las Casas, sobre si ya es oficial el matrimonio y sobre el futuro de los conglomerados.
Respondo lo necesario. Sonrío cuando debo hacerlo y poso para algunas fotografías más.
Todo mientras aprieto con fuerza la copa de champán que sostengo entre mis dedos. Cuando finalmente consigo escapar de los periodistas, comienzo a recorrer el salón con la mirada. ¿Dónde estará Gael?
Intento convencerme de que simplemente está ocupado. Después de todo, dirige uno de los conglomerados más importantes del país. Siempre tiene reuniones. Siempre hay ejecutivos esperando por él. Además... nuestro compromiso fue arreglado por nuestras familias.
El amor también necesita tiempo para aprender a convivir con tantas responsabilidades. ¿Verdad?
Sigo caminando entre los invitados hasta que mis pasos se detienen por sí solos. Lo encuentro. No muy lejos de mí. Y no está solo.
Isadora ríe con esa facilidad que siempre consigue atraer todas las miradas. Mi media hermana posee una belleza difícil de ignorar.
Su largo cabello cobrizo cae en suaves ondas sobre su espalda, contrastando con una piel clara y unos ojos color café capaces de transmitir inocencia incluso cuando guarda silencio.
No nos llevamos muchos años. Mi madre falleció cuando yo aún era una niña de tres años, y antes de que transcurriera un año, nuestro padre ya había contraído matrimonio con la madre de Isadora.
Crecimos bajo el mismo techo. Compartimos el mismo apellido. Pero nunca el mismo lugar dentro de esta familia.
Observo cómo Gael inclina ligeramente la cabeza hacia ella mientras escucha algo que dice entre risas.
Entonces ocurre. Con una naturalidad que me deja inmóvil, levanta la mano y aparta con delicadeza un mechón cobrizo que había caído sobre el rostro de Isadora.
Un gesto pequeño. Insignificante para cualquiera, devastador para mí. Hace semanas que Gael no me toca así, que no acomoda mi cabello, que no me mira con esa cercanía.
Mi pecho se oprime. No. Sacudo apenas la cabeza.
Estoy exagerando. Es mi hermana. Gael jamás me engañaría. Debe haber una explicación. Siempre la hay.
Obligándome a sonreír, camino hasta ellos.
―¿Interrumpo algo? ―Pregunto.
Los dos levantan la vista al mismo tiempo. Isadora me dedica una sonrisa radiante.
―¡Ofelia! Justo hablábamos de ti.
―¿Sí? ―pregunto, alternando la mirada entre ambos―. ¿De qué se ríen?
Por una fracción de segundo, Gael parece incómodo.
Aclara la garganta.
―Nada importante. Solo una conversación sin sentido. ―responde demasiado rápido y evasivo―. Debo reunirme con unos ejecutivos antes de que termine la gala.
Hace una leve inclinación de cabeza.
―Si me disculpan. ―Y vuelve a irse.
Lo observo alejarse sin comprender por qué últimamente siempre encuentra un motivo para marcharse cuando llego.
―No deberías agobiarlo tanto ―La voz de Isadora me obliga a girar hacia ella.
―¿Qué?
Ella sonríe con aparente dulzura mientras acomoda el collar que lleva en su cuello. Que me es muy familiar.
―Los hombres como Gael viven bajo mucha presión. Si los asfixias con demasiada atención... terminan escapando. Sería una pena que espantaras a tu futuro esposo antes de la boda. ―Sus palabras son suaves. Casi cariñosas.
Pero algo en ellas me deja un sabor amargo. Antes de que pueda responder, una voz grave se impone sobre el murmullo del salón.
―Ofelia.
―Isadora.
Nos giramos al unísono.
Mi padre avanza hacia nosotras con la misma autoridad con la que dirige la Casa Vitiello.
Los invitados se apartan a su paso.
―Dentro de dos meses anunciaremos oficialmente la unión de las Casas. ―Su mirada se posa primero sobre mí―. Espero que estés preparada para convertirte en la futura señora Rymer.
Después mira a Isadora.
―Y tú ocuparás tu lugar junto al heredero de la Casa Craven.
Endereza los hombros.
―Mis dos hijas estarán al lado de los hombres que dirigirán los conglomerados más importantes del país. No pueden cometer errores. Lo que hagan ya no hablará solo de ustedes... hablará del honor de la Casa Vitiello.
Trago saliva.
Porque, por primera vez desde que comenzó la noche, siento que ese futuro que todos describen como perfecto... pesa demasiado sobre mis hombros.
A la mañana siguiente, la empresa principal Rymer se encuentra sumida en el mismo ritmo frenético de siempre.
Secretarios recorren los pasillos con carpetas bajo el brazo.
Asistentes hablan por teléfono mientras coordinan reuniones.
Guardaespaldas custodian cada acceso del enorme edificio corporativo donde Gael pasa la mayor parte de sus días.
Respiro hondo antes de salir del ascensor. No suelo aparecer sin avisar, pero ayer apenas pudimos cruzar unas cuantas palabras durante la gala.
Y necesito verlo. Necesito convencerme de que todo está bien. Que solo estoy imaginando cosas.
Su secretaria me recibe con una sonrisa educada.
―Buenos días, señorita Vitiello.
―Buenos días. ¿Gael está ocupado?
La mujer consulta rápidamente una agenda electrónica.
―Terminó una reunión hace unos minutos. Debe encontrarse en el jardín interior.
Asiento con una sonrisa agradecida.
―Gracias.
Camino por el amplio corredor de cristal que conecta las oficinas ejecutivas con el patio central.
El sonido de una risa femenina llega hasta mí antes de doblar la esquina. Reconozco esa risa al instante. Isadora.
Mis pasos se ralentizan.
Cuando finalmente los veo, una extraña sensación se instala en mi pecho.
Gael permanece de pie frente a ella, con una taza de café en una mano mientras escucha algo que Isadora le cuenta entre carcajadas.
No parecen notar mi presencia. Entonces ocurre. Isadora da un paso hacia atrás.
El tacón resbala sobre el borde de una baldosa.
―¡Ay! ―Chilla.
Todo sucede en cuestión de segundos. Antes incluso de que termine de perder el equilibrio, Gael ya la ha sujetado por la cintura.
Con firmeza. Con una rapidez que me deja inmóvil. Sus manos permanecen sobre ella un instante más del necesario.
―¿Estás bien? ―pregunta con una preocupación que hace mucho no escucho en su voz.
Isadora alza el rostro hacia él y sonríe con dulzura.
―Perdón... soy tan torpe ―murmura inocentemente.
No sé por qué, pero mi cuerpo se tensa.
Él exhala con una leve sonrisa.
―Deberías mirar por dónde caminas.
Mi garganta se seca.
No recuerdo la última vez que Gael sonrió de esa manera por algo que yo hubiera dicho.
Me obligo a seguir avanzando.
―Buenos días. ―digo.
Los dos giran hacia mí.
Isadora es la primera en sonreír.
―¡Ofelia!
Gael, en cambio, retira lentamente las manos de la cintura de mi hermana.
Su expresión vuelve a endurecerse. Como si alguien hubiera apagado la calidez de unos segundos atrás. Me observa.
Sin una sonrisa. Sin alegría. Solo con esa distancia que últimamente parece instalarse entre nosotros.
―¿Necesitas algo? ―Su tono no es amable.
Tampoco especialmente alto.
Pero basta para que varios empleados que pasan cerca disminuyan el paso con discreción.
Trago saliva.
―Solo... vine a verte.
Él deja escapar un suspiro apenas perceptible.
―¿Otra vez? ―Pregunta con algo de dureza.
Parpadeo.
―¿Cómo dices?
―Ofelia, tienes que dejar de buscarme cada vez que no sabes dónde estoy. ―Cruza los brazos sobre el pecho―. Tengo reuniones, responsabilidades, un conglomerado entero que dirigir. No puedo estar informándote de cada paso que doy.
Siento cómo varias miradas comienzan a posarse sobre nosotros. Intento mantener la compostura.
―No era mi intención molestarte. Solo pensé...
―Exactamente ―Me interrumpe―. Pensaste.
Su mandíbula se tensa.
―No necesito una jodida niñera siguiéndome por todos lados.
El silencio que sigue a esas palabras resulta ensordecedor. Mi corazón parece detenerse durante un segundo.
Jamás me había hablado así. No delante de otras personas. Mucho menos delante de Isadora.
Bajo la vista hacia mis manos, incapaz de responder de inmediato. Quizá... quizá sí estoy exagerando. Quizá realmente interrumpí una reunión importante.
Quizá debí llamarlo antes de venir.
―Gael... ―Mi voz apenas es un susurro―. Solo quería saber cómo estabas.
Él cierra los ojos durante un instante, como si la conversación lo agotara.
―Estoy perfectamente. ―Su respuesta es seca. Cortante―. Ahora, si no tienes nada importante que decir, debo volver al trabajo.
―Pero Isadora también está aquí… ―murmuro.
―Isadora solo ha venido a traerme café, sabe que me gusta beberlo y casi no tengo tiempo. Le agradezco por recordármelo.
Aprieto los labios para contener el nudo que se forma en mi garganta.
―Entiendo.
Isadora da un pequeño paso hacia mí. Su expresión parece preocupada. Compasiva.
―No te lo tomes a mal, Ofelia. Ya sabes cómo se pone cuando tiene demasiadas cosas en la cabeza.
Asiento con una sonrisa que no siento.
―Sí...
Claro que lo sé. O, al menos... eso es lo que intento convencerme de creer.
Porque el hombre que hace apenas unos minutos sostenía a mi hermana como si temiera que el mundo pudiera lastimarla...
Es el mismo que acaba de hacerme sentir como una carga frente a todos.