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La cocina estaba en silencio, rota solo por el sonido suave del cuchillo contra la tabla.
Ella picaba verduras sin prisa, con el cabello recogido de cualquier manera y una camiseta amplia que todavía olía a jabón. Cocinar la calmaba. Le daba la ilusión de control.
Pensaba en Carmen.
En Javier.
En esa frase que había soltado sin pensar y que ahora le quemaba un poco en la conciencia.
La cerradura sonó.
Ella no se volteó de inmediato. Reconocía esos pasos.
Alejandro entró, aflojándose la corbata, con el ceño cansado y la camisa arremangada. La miró unos segundos sin decir nada, como si verla ahí, tan doméstica, tan suya, lo descolocara más de lo que quería admitir.
—Hueles rico —dijo al fin, dejando las llaves sobre la mesa—. ¿Qué haces?
—Cena —respondió ella, simple—. Pensé que llegarías con hambre.
Alejandro se acercó despacio. No la tocó enseguida. Se quedó detrás de ella, invadiendo su espacio solo con la presencia. Ella lo sintió en la piel.
—Fue un día largo —murmuró él.
—Lo sé.
Ella siguió cortando. Alejandro apoyó las manos en la encimera, a cada lado de su cuerpo. No la acorraló… pero casi.
—No desperté a propósito —dijo—. No quería incomodarte.
Ella se detuvo un segundo.
—Me desperté y la casa estaba vacía.
No había reproche en su voz. Eso fue lo que más le dolió a él.
Alejandro bajó la cabeza, apoyando la frente cerca de su hombro.
—Lo siento.
Ella giró apenas el rostro. Lo miró de reojo.
—No estoy reclamando —dijo—. Solo… no estoy acostumbrada.
Él la observó. Así, sin maquillaje, sin esfuerzo, le resultaba peligrosamente necesaria.
—En la oficina fue un caos —confesó—. Y ver a Javier ahí… —apretó la mandíbula—. Todo se mezcló.
Ella volvió a picar, pero ahora más lento.
—Carmen está aquí —dijo—. Se va a quedar.
Alejandro se tensó apenas.
—¿Lo sabe?
—No. Aún no.
Silencio.
Alejandro estiró la mano y, esta vez sí, la tocó. Le rozó la cintura con los dedos, suave, casi preguntando permiso.
—Ella… —empezó—. Yo no sé hacerlo fácil. Pero estoy aquí.
Ella dejó el cuchillo. Se giró. Quedaron frente a frente.
—No necesito fácil —dijo—. Necesito verdad.
Alejandro la miró como si esa palabra le pesara más que cualquier contrato.
—Entonces quédate —respondió—. Quédate conmigo… incluso cuando todo se complique.
Ella no sonrió. Solo asintió.
—La cena se va a quemar.
Él soltó una risa baja, la primera del día.
—Sería un crimen después de todo lo que hemos sobrevivido.
Ella volvió a la estufa. Alejandro se quedó ahí, observándola, entendiendo que el amor no siempre entra como un incendio…
a veces se cocina lento, entre silencios, heridas y promesas que aún tiemblan.
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La luz cálida del comedor apenas iluminaba la mesa, creando un ambiente íntimo. El aroma de la cena recién preparada llenaba el aire, pero ninguna de las dos cosas podía competir con la tensión que flotaba entre ellos. Ella no pudo evitar mirarlo mientras servía la primera copa de vino.
—Alejandro… —comenzó con voz temblorosa pero firme—, ¿por qué me dejaste sola en nuestra noche de bodas?
Él levantó la mirada, evitando por un instante que sus ojos revelaran demasiado. Tomó un sorbo de vino, como si necesitara tiempo para pensar la respuesta.
—No… no era nada personal —dijo finalmente, con calma pero evitando mirar directamente a Ella—. Estaba cansado… quería que descansaras, nada más.
Ella frunció el ceño, sin convencerse. Había algo en su tono que no cuadraba, pero no dijo nada todavía. Tomó un bocado de la cena, tratando de calmar su corazón acelerado, y luego se armó de valor para preguntar lo que realmente quería saber.
—Entonces… ¿por qué cuando llegaste en la madrugada, tomado, me hiciste el amor? —su voz bajó, casi un susurro, mientras sus dedos jugaban nerviosos con la servilleta—. ¿Tenías que estar tomado para poder hacerlo?
Alejandro tragó saliva, sintiendo cómo su mundo se removía por dentro. No podía decir la verdad aún; no quería arruinar el delicado equilibrio que mantenía entre su deber y lo que realmente sentía.
—No… no era por eso —respondió, desviando la mirada hacia la ventana—. Simplemente… necesitaba sentirte cerca. Era… un impulso, nada más.
Ella lo miró fijamente, buscando alguna señal de sinceridad. Podía notar que había más detrás de esas palabras, pero Alejandro se limitó a sonreír levemente, un poco nervioso, intentando mantener el misterio.
—Hmm… —dijo Ella, con un deje de frustración y curiosidad mezclados—, vaya, parece que no eres muy bueno con las explicaciones.
Él se inclinó ligeramente hacia ella, con esa presencia que la hacía temblar, y susurró:
—Créeme, todo tiene su razón… algún día lo entenderás.
Ella suspiró, cruzando las manos sobre la mesa, mientras un pequeño rubor subía a sus mejillas. Había tantas preguntas sin respuesta, pero también un deseo imposible de ignorar. Alejandro, por su parte, luchaba contra sí mismo, contra la verdad que todavía no podía confesar: que no había impulsos ni casualidad, que no había mentiras necesarias para excusas… solo un amor que lo consumía por completo.
La cena continuó, pero ambos sabían que esa conversación apenas comenzaba. Y aunque Alejandro mantenía las apariencias, su mente y su corazón estaban completamente atrapados en Ella.