Capítulo 1: El Peso del Silencio
El aire de Oakhaven olía a pino húmedo y a leña quemada, un aroma que para cualquiera resultaría acogedor, pero que para Samuel era una cacofonía de estímulos. Sus sentidos, siempre un paso por delante de su voluntad, le informaban de todo: el rastro de un zorro a dos kilómetros, el latido rítmico del corazón del anciano que cruzaba la calle y, sobre todo, la presión en su propia sangre que anunciaba que el ciclo estaba por cerrarse.
Samuel se ajustó la capucha de su chaqueta gastada. Había elegido este pueblo por su mediocridad; un lugar donde los secretos suelen morir por falta de interés. Trabajaba en el aserradero local, un empleo físico que agotaba su cuerpo y mantenía a la "bestia" lo suficientemente cansada como para no protestar durante el día.
—¿Otra vez tarde, Samuel? —una voz clara y vibrante rompió su ensimismamiento.
Él se tensó, reconociendo el aroma antes de verla: una mezcla de químicos de revelado fotográfico y vainilla. Era Laura.
—El bosque es más grande de lo que parece —respondió él, sin mirarla directamente. Sus ojos, de un marrón demasiado profundo, solían traicionarlo cuando estaba nervioso.
Laura no se amilanó. Levantó su cámara, una vieja réflex analógica, y lo encuadró.
—Tienes una estructura ósea fascinante, Samuel. Pero siempre pareces estar esperando un impacto. Relaja los hombros.
—No soy un buen modelo, Laura. Búscate a alguien que no le tema a la luz.
—No le temes a la luz —replicó ella con una sonrisa ladeada, bajando la cámara—. Le temes a lo que la luz muestra. Hay una diferencia.
La Sombra en la Sangre
Esa noche, Samuel se encerró en su cabaña a las afueras del pueblo. Las paredes estaban reforzadas con vigas de acero ocultas tras la madera rústica. Se despojó de la camisa, revelando un mapa de cicatrices que ningún humano debería haber sobrevivido: marcas de garras, quemaduras de plata y el recuerdo permanente de una dentellada en el hombro izquierdo.
Se miró al espejo. La luna aún no era plena, apenas un setenta por ciento de su capacidad, pero el efecto ya era físico. El metabolismo de un licántropo se rige por una física brutal
No es solo una transformación física; es una conversión masiva de energía interna. La densidad de sus huesos empezaba a cambiar, y el dolor era una nota sorda que vibraba en su columna vertebral.
Escuchó un crujido fuera. No era un animal. Era el paso ligero de alguien que intentaba ser silencioso, pero que para sus oídos sonaba como un trueno.
—Samuel, sé que estás ahí —susurró la voz de Laura tras la puerta—. Olvidaste tu chaqueta en la cafetería. Y... he revelado las fotos de ayer. Tienes que ver esto.
Samuel cerró los ojos con fuerza. Sus uñas empezaron a alargarse, perforando las palmas de sus manos.
—Vete, Laura. Por favor.
—¿Por qué tienes tanto miedo de que alguien te cuide? —preguntó ella, apoyando la mano en la madera de la puerta.
A través de la madera, Samuel podía escuchar el flujo de la sangre de Laura, el bombeo constante de su corazón. La bestia en su interior despertó, reconociendo la fragilidad de la chica. Era una lucha interna entre el hombre que quería abrir la puerta y abrazarla, y el lobo que solo veía en ella una presa o una amenaza.