Capítulo 3: El Sabor del Olvido

684 Words
Alejandro regresó a la mansión a las dos de la mañana. El evento benéfico había sido un desfile de vanidad: champán caro, risas fingidas y el perfume empalagoso de una modelo que intentó, sin éxito, convencerlo de que la llevara a su habitación. Se sentía vacío. Al entrar al gran salón, el silencio le pareció más pesado que de costumbre. Aflojó su corbata y se dirigió a la cocina por un vaso de whisky, pero se detuvo en seco al ver una luz tenue sobre la isla de mármol. No había whisky. En su lugar, había un cuenco de cerámica tapado con una servilleta de tela y una nota escrita con una caligrafía firme y elegante. "Llegar a una casa vacía es malo, pero llegar con el estómago vacío es peor. Lo de la fiesta era solo aire. Esto es comida de verdad. Caliéntalo 30 segundos. —Abi." Alejandro resopló, divertido por la audacia de la mujer. Estaba a punto de tirarlo a la basura, pero el aroma que escapaba de la servilleta lo atrapó. Era un olor profundo, dulce y terroso. Destapó el cuenco. Eran Canoas de Plátano Maduro rellenas de carne molida sazonada con especias frescas y un toque de crema de coco. Al primer bocado, Alejandro cerró los ojos. El mundo de los negocios, los hoteles y las modelos se esfumó. El Recuerdo De repente, tenía ocho años. Estaba en la cocina de la casa de campo de su abuela. Su hermana mayor, la madre de Luna, le robaba un trozo de plátano frito mientras reían. Era el sabor de la seguridad. Era el sabor de cuando no tenía que ser "El Magnate Valeriano", sino simplemente Alejandro. —¿Le gusta el viaje en el tiempo, señor Valeriano? Alejandro casi se atraganta. Se giró para ver a Abi apoyada en el marco de la puerta. Llevaba una bata de algodón sencilla sobre su pijama, y su cabello estaba suelto, cayendo en cascada sobre sus hombros. Sin el delantal de trabajo, se veía peligrosamente suave. —Es… aceptable —dijo él, recuperando su máscara de frialdad y dejando el tenedor, aunque se moría por terminar el plato. —Miente —dijo Abi, acercándose con paso silencioso. Se detuvo a centímetros de él, obligándolo a oler su aroma a jabón y piel limpia—. Sus ojos se cerraron de la misma forma que los de Luna cuando come. Usted no tiene hambre de comida, Alejandro. Tiene hambre de recuerdos. Alejandro dejó el cuenco y la acorraló contra la encimera, poniendo una mano a cada lado de su cuerpo. La intensidad de su mirada era suficiente para derretir el hielo más grueso. —Eres peligrosa, Abi. Crees que puedes leer mi mente porque sabes cocinar un par de platos que me gustan. —No leo su mente —susurró ella, sin retroceder. Su pecho rozaba el traje de él—. Leo su soledad. Esta casa es demasiado grande para un hombre que vive escapando de sí mismo. Alejandro bajó la vista a los labios de Abi. Estaban a un suspiro de distancia. El deseo lo golpeó como una ola; no era el deseo superficial que sentía por las mujeres en las fiestas, era algo primitivo, una necesidad de anclarse a la única verdad que había encontrado en años. Justo cuando iba a acortar la distancia, un pequeño sollozo llegó desde el monitor de bebés sobre la mesa. Luna estaba despertando de una pesadilla. La magia se rompió. Abi se escabulló bajo su brazo con la agilidad de un gato. —Su sobrina lo necesita más que yo, señor —dijo ella desde la puerta, con una mirada que mezclaba lástima y deseo—. Termine su cena. Mañana tenemos que ser los adultos que ella cree que somos. Alejandro se quedó solo en la cocina, con el sabor del plátano maduro en la lengua y el fuego de Abi en la sangre. Miró el plato vacío y se dio cuenta de algo aterrador: ya no quería el whisky. Solo quería más de lo que esa mujer estaba cocinando en su vida.
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