Capítulo 1: La Niñera de los Zapatos Rotos

989 Words
La mansión de los Valeriano olía a desinfectante y a una soledad costosa. Alejandro Valeriano estrelló su vaso de cristal contra la chimenea apagada. El estruendo del vidrio rompiéndose fue lo único que rompió el silencio sepulcral de la sala. Frente a él, una mujer con uniforme de seda temblaba mientras sostenía su maleta. —¡Fuera! —rugió Alejandro. Su voz era un trueno que parecía hacer vibrar las paredes de mármol—. Casi la matas. Le diste cacahuetes a una niña que tiene prohibido hasta olerlos. ¡Lárgate antes de que use mis contactos para que no vuelvas a limpiar un suelo en esta ciudad! La mujer huyó sin mirar atrás. Alejandro se pasó una mano por su cabello oscuro, frustrado. Era el soltero más codiciado del país, un hombre que dominaba mercados internacionales con una mirada, pero que se sentía impotente ante el sarpullido que cubría los brazos de su sobrina de cinco años en la habitación de arriba. —Señor Valeriano… —la voz de su mayordomo, Roberto, sonó desde la puerta—. Hay otra candidata. Es la última de la lista de la agencia de emergencia. Alejandro consultó su reloj de oro. Eran las siete de la tarde. Luna lloraba en el piso superior y él tenía una cena de gala a las nueve. —Que pase. Pero si usa perfume barato o intenta coquetearme, la echas tú mismo antes de que abra la boca. Un encuentro de dos mundos  La puerta se abrió y entró Abi. Alejandro se quedó paralizado, pero no por la razón que ella hubiera esperado. Abi no llevaba un vestido de diseñador ni maquillaje impecable. Sus zapatos estaban visiblemente desgastados, su pantalón de tela barata le quedaba grande y su rostro mostraba las huellas de haber caminado bajo el sol del Caribe durante horas. Se veía… derrotada por la vida, pero sus ojos, de un marrón profundo y sereno, sostenían la mirada de Alejandro sin un ápice de miedo. —¿Tú eres la niñera? —Alejandro se acercó a ella, invadiendo su espacio personal con esa elegancia depredadora que lo caracterizaba. El aroma de su perfume de trescientos dólares chocó con el olor a jabón neutro de ella—. Parece que necesitas más ayuda tú que mi sobrina. ¿Siquiera sabes qué es una alergia anafiláctica? Abi apretó las correas de su vieja mochila. No se dejó intimidar por el físico imponente de aquel hombre que parecía un dios griego con un temperamento del infierno. —Sé que su sobrina no necesita una modelo que la cuide mientras usted se va de fiesta, señor Valeriano —respondió Abi con voz firme pero dulce—. Necesita a alguien que sepa leer las etiquetas de los alimentos y que no tenga miedo de ensuciarse las manos para que ella se sienta a salvo. Mis zapatos pueden estar rotos, pero mi historial de cuidados es impecable. El reto del Magnate Alejandro soltó una carcajada seca, cargada de cinismo. Se cruzó de brazos, haciendo que los músculos de sus hombros tensaran la tela de su camisa de mil dólares. —Luna no ha comido nada en todo el día. Rechaza cada plato que le sirven los chefs más caros porque tiene miedo de que le cierren la garganta. Si logras que coma algo y que deje de llorar en los próximos veinte minutos, el puesto es tuyo. Si no… —se acercó a su oído, susurrando con una sensualidad peligrosa—, te sacaré de aquí yo mismo. Abi no respondió. Simplemente asintió y caminó hacia la cocina, ignorando el lujo que la rodeaba. Alejandro la siguió, apoyado en el marco de la puerta, esperando verla fracasar. Vio cómo Abi se lavaba las manos con una minuciosidad casi quirúrgica. Vio cómo ignoraba las carnes exóticas en la nevera y sacaba una simple banana, un poco de avena y leche de coco. La vio moverse con una gracia que sus ropas humildes no podían ocultar. Diez minutos después, Abi salió de la cocina con un plato de panqueques pequeños y esponjosos que olían a canela y hogar. Subió las escaleras seguida por un Alejandro intrigado. Al entrar en la habitación de Luna, la niña estaba encogida en su cama, con los ojos rojos de tanto llorar. —Hola, Luna —dijo Abi, arrodillándose junto a la cama para quedar a su altura—. He traído "Nubes de Canela". No tienen trampas, te lo prometo. Las hice yo misma. Alejandro observó, con el corazón en un puño, cómo su sobrina, la niña que rechazaba a todo el mundo, miraba a Abi y luego el plato. Con manos temblorosas, Luna tomó un trozo y se lo llevó a la boca. El silencio en la habitación era absoluto. Luna masticó, tragó y, por primera vez en semanas, sonrió. —Sabe a mami —susurró la pequeña. Alejandro sintió un golpe en el pecho, un dolor físico que nunca había experimentado. Miró a Abi, que acariciaba el cabello de la niña con una ternura que él había olvidado que existía. En ese momento, la ropa desgastada de la mujer desapareció ante sus ojos. Solo vio luz. —Quédate —dijo Alejandro, con una voz que ya no era una orden, sino una súplica—. Quédate esta noche. Abi se levantó y lo miró. Por un segundo, la electricidad entre ellos fue tan fuerte que Alejandro olvidó cómo respirar. —Me quedaré por ella —dijo Abi con firmeza—. Pero usted y yo tenemos que establecer las reglas, señor Valeriano. En esta casa, la prioridad es Luna, no su ego. Alejandro sonrió de lado, esa sonrisa de playboy que había derretido mil corazones, pero esta vez, sintió que el que se estaba derritiendo era el suyo. Él aún no lo sabía, pero acababa de contratar a la mujer que destruiría su mundo de cristal para construirle uno de verdad.
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