Capítulo 2: El contrato y las espinas

950 Words
La luz de la mañana en la mansión Valeriano era implacable. Entraba por los ventanales del comedor, iluminando cada mota de polvo inexistente y el rostro cansado, pero extrañamente satisfecho, de Alejandro. No había dormido bien. No porque Luna hubiera llorado —de hecho, la niña había dormido diez horas seguidas por primera vez en meses—, sino porque su mente no dejaba de repetir la imagen de la nueva niñera durmiendo en un sillón, con la mandíbula relajada y una dignidad que no encajaba con sus zapatos rotos. Alejandro escuchó el bullicio en la cocina. Se acercó, ajustándose los puños de su camisa azul marino. Al llegar, se detuvo. Abi estaba de espaldas, moviéndose con una eficiencia rítmica. Había recogido su cabello en un moño alto, dejando al descubierto un cuello largo y elegante que Alejandro no había notado ayer. —Buenos días —dijo él, con su voz de barítono que solía intimidar a sus empleados. Abi se giró, sosteniendo una espátula. No saltó, no se sonrojó. Simplemente lo miró. —Buenos días, señor Valeriano. El desayuno de Luna está casi listo. Arepas de maíz dulce, sin lácteos y con fibra natural. Y para usted... —miró la cafetera—, supongo que solo café n***o y amargo, como su humor de anoche. Alejandro arqueó una ceja. Nadie le hablaba así. Nadie. —Hoy vamos a formalizar tu situación —dijo él, ignorando el comentario y poniendo un sobre de cuero sobre la isla de mármol —. Ahí está el contrato. Léelo. Es más que generoso. El precio del silencio Abi dejó la espátula, se secó las manos en su delantal y tomó el documento. Sus ojos recorrieron las páginas con rapidez. Alejandro la observaba, esperando ver el brillo de la codicia cuando llegara a la cifra del salario, que era tres veces superior al mercado. —Aquí dice que tengo prohibido hablar con la prensa sobre sus "actividades nocturnas" —leyó Abi, alzando la vista—. Y que se me otorgará un bono mensual por "discreción absoluta". —Soy un hombre público, Abi. Las mujeres entran y salen de esta casa, y no quiero que mi vida privada termine en un blog de chismes por culpa de una niñera con ganas de dinero fácil. Ese bono es para que mires hacia otro lado cuando sea necesario. Abi cerró el contrato con un golpe seco y lo deslizó de vuelta hacia él. Alejandro frunció el ceño. —No quiero el bono —dijo ella con una calma que lo descolocó—. No me importa quién entre o salga de su cama, señor Valeriano. Mi discreción no está a la venta porque, sencillamente, no me interesa su vida. Pero si quiere que firme, tiene que añadir mis cláusulas. Las reglas de Abi Alejandro soltó una carcajada incrédula. —¿Tus cláusulas? ¿Tú me estás poniendo condiciones a mí? Abi dio un paso adelante, invadiendo el espacio del magnate. Él era mucho más alto, pero ella parecía llenar la habitación con su determinación. Alejandro pudo oler el aroma a maíz dulce y a canela que emanaba de ella. Un olor a hogar que lo mareó por un segundo. —Regla número uno —enumeró Abi, marcando los puntos en el pecho de él con un dedo firme—: Nada de fiestas ruidosas ni música alta después de las ocho de la noche. Luna necesita estabilidad y sueño profundo para que su sistema inmune se recupere. Si sus amigas quieren divertirse, que lo hagan en sus hoteles. Alejandro apretó la mandíbula. Estaba a punto de protestar cuando ella continuó. —Regla número dos: La despensa es mi territorio. Ningún chef, ninguna visita y mucho menos usted, entra ahí con comida procesada o contaminada. Si Luna tiene otra crisis porque alguien dejó un rastro de harina de trigo, yo me voy y me llevo mi receta. —¿Y la tres? —preguntó él, con la voz más baja, extrañamente atraído por el fuego en los ojos de ella. —Regla número tres: Usted va a cenar con ella al menos tres veces por semana. Sin teléfono, sin contratos. Luna no solo tiene alergias, Alejandro. Tiene hambre de familia. Usted es lo único que le queda. Si no puede cumplir eso, no soy yo la que necesita este contrato, es usted el que necesita un milagro. El jaque mate Alejandro se quedó mudo. Estaba acostumbrado a mujeres que se derretían por una invitación a sus fiestas, que le pedían joyas o que se conformaban con ser su sombra por un poco de estatus. Abi lo estaba tratando como a un hombre que estaba fallando en su tarea más importante. —Eres... —Alejandro buscó la palabra—, una insolente. —Soy la única persona en esta mansión que no le tiene miedo, señor Valeriano —respondió ella, dándose la vuelta para servir el plato de Luna—. ¿Firmamos o sigo buscando trabajo en la agencia? Alejandro tomó un bolígrafo de plata de su bolsillo. Con un trazo violento y elegante, firmó el documento y garabateó en el margen: "Acepto las condiciones de la insolente". —Tienes el puesto, Abi —dijo él, acercándose a ella por la espalda, sintiendo el calor que desprendía su cuerpo—. Pero ten cuidado. Me gustan los retos, y tú te acabas de convertir en el más grande de esta casa. Abi no se giró, pero Alejandro vio cómo sus hombros se tensaban ligeramente. La batalla de voluntades acababa de empezar, y por primera vez en su vida, el playboy sentía que estaba perdiendo el control de su propia mansión... y quizá, de su propio corazón.
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