Noche de brujas y monstruos

3052 Words
Hay días tan importantes en nuestra vida que jamás se borran, se quedan como lunares en la piel, como la tinta de un bolígrafo en la ropa. Y yo, junto a mis amigos, tengo tantos como pecas en la cara; pero hasta mis pecas empezaron en algún lado. Era el último día del décimo mes, en el año en que me mudé de vuelta a Sunshine Valley. Había vivido un par de años con mi tía fuera del país, pero, luego de unos trámites confusos, mamá y papá me trajeron de vuelta. Nada cambia en Sunshine Valley. Sigue siendo el mismo lugar con casas aburridas llena de gente aburrida y lugares aburridos; lo poco interesante es un lago (al que no puedo ir), un cementerio (al que tampoco puedo ir), y una fábrica abandonada (a la que absolutamente no puedo ir). Los lugares por los que puedo moverme se limitan a la iglesia del vecindario, la escuela y este patio lleno de tierra suelta. Aunque, debía admitir, tenía su encanto. Sobre todo, hoy. Es halloween. Afuera, los árboles habían teñido sus follajes del mismo naranja de las puestas de sol y por el cielo azul se arrastraban frías brisas que había hecho a los vecinos sacar sus abrigos y apilar en sus patios esas crujientes montañas de hojas secas. Todo era un espectáculo, desde los jardines de las casas salpicados de naranjas calabazas talladas y decoraciones espeluznantes, hasta los disfraces de los niños que ya a esta hora, cuando el sol amenazaba con hundirse tras las montañas que rodeaban el vecindario, exigían desde risas y berrinches a sus padres un poco de atención para ir a recolectar dulces en sus canastas. La fecha me encantaba, pero no sentía que a ella le encantara tanto yo. Después de todo, era un mero espectador a donde quiera que fuera. Aquí estaba yo, sentado en el polvoriento porche de la única casa sin adorno alguno más que mi persona dentro de un enorme traje que venía fabricando desde hace dos meses. Estaba en silencio, intentando no ver con ojos de envidia a mis vecinos, así que me había enfocado en la punta de mis zapatos que se asomaba bajo las mangas del traje. —¡Wow! —exclama una voz rasposa cargada de juguetona exageración—. Casi me caigo del susto, tenemos un pequeño monstruo en la casa. Volteo hacia un atrás con una sonrisa y veo el delgado cuerpo de mamá abandonar las sombras de la casa para deslizarse a través de marco de la puerta. Toma asiento a mi lado mientras recoge su vestido amarillo. —No sabía que era mi cachorrito. Me acomodo la capucha de mi traje que cae sobre mi cara para verla mejor. —Lo siento, no quería asustarte. —Descuida —me dice, tomando con sus dedos una de las hojas que se desprendía de mi traje—. ¿De qué es? —Es un oso —explico, alzando mis brazos para parecer más grande—, soy un oso de la basura y las hojas, ¡Rarg! Ella suelta una carcajada y yo también le imito, ambos riendo con el mismo timbre, como si el sonido de nuestras risas también fueran madre e hijo. De repente, sus ojos se enfocan en mi mejilla y se cubren lentamente de cierta tristeza. Ya no había risas. Alza su delgada mano e intentar tocarme, contacto que evito de inmediato al bajar la cabeza. —¿Papá estaba enojado otra vez? Asiento, enredando mis dedos en un trozo de bolsa de supermercado que había usado para una parte de mis mangas. —No te dejará salir, verdad —continúa, haciendo que ahora niegue. —Gasté su pegamento para mi traje —murmuro—. No sabía que era muy importante. —Dale tiempo, es solo que...—dudó, retorciendo la tela de su propio vestido—. Aún no se acostumbra —levantó la vista de inmediato—. Pero él te ama, te había estado esperando tanto como yo. —Sí, lo sé —fue todo lo que puede decir. Mamá se quedó en silencio a mi lado y cuando volteé hacia ella vi su rostro ahora maquillado de una tristeza que me preocupo. De inmediato pongo una sonrisa y sostengo sus manos entre las mías. —Está bien. Lo guardaré para el próximo año. De todas formas, no tengo amigos aquí todavía. Aquella mujer frente a mí guardó silencio por un momento antes de ponerse de pie de un salto y apresurarse a las macetas con plantas secas que mantenía a un lado de la puerta, escarbando como si buscara algo hasta que dio con ello. Regresa a mi lado y sus dedos llenos de tierra depositan en mi palma una sucia llave. —Ve, Clay —apresura—. Le diré que te encerraste en la habitación. La miro sin comprender. —P-Pero... Mi madre me puso en pie de inmediato y me hizo bajar del porche, alentándome con un empujoncito a llegar a la reja metálica de nuestra casa. Sabía lo que implicaba desobedecer a mi papá, pero también sabía lo que sucedería si me encontraba aquí con una llave de repuesto. Lo que nos haría a ambos. Con el corazón latiendo rápido y casi tropezando, me apresuré a llegar a la puerta y luchar con mis manos temblorosas hasta que abrí la cerradura. Cuando logré salir, volteé hacia mi madre quien aún no había dejado el porche y me miraba con una mirada brillante y a la vez triste, como la que yo tenía mientras veía a los demás hace solo un momento. Entonces tuve la sensación de quizá ese polvoriento porche era un lugar que provocaba eso y que, al igual que yo, ella también solo quería escapar. Por eso guardaba esa llave. Meneó su mano, apresurándome, y hasta entonces reaccioné. —Volveré con dulces, mamá —susurré, antes de dar la vuelta y correr por la acera de la calle bajo los altos árboles desnudos, saboreando aquel pedacito de libertad que ella me había regalado. Por fin había dejado el porche. Una risa me nació del pecho, sin poder evitar sentirme parte de algo más grande. O así fue hasta que me di cuenta de dos cosas. La primera: el traje era demasiado pesado y sofocante. La segunda: de verdad no conocía a nadie y nunca había pedido dulces, así que no sabía cómo hacerlo. Me detuve en seco, recuperando el aliento después de esa breve huida, y enfrenté por debajo de la capucha que me caía en la cara el extenso camino sin rumbo fijo, observando todos los coloridos patios y los disfraces hechos con materiales más adecuados que los míos. Desde adultos a niños, de chicas hermosas a ruidosos adolescentes, incluso algunos que asistían a la iglesia; las personas iban y venían y yo los observaba sintiéndome un poco ajeno a todo ello. —¡Cuidadooo! Alcancé a apartarme de un brinco cuando un grupo de chicos pasó volando a mi lado montando bicicletas, arrastrando el aire de octubre con ellos y algunas de las hojas de mi traje que también revolotearon tras el rastro de sus neumáticos. Mis ojos no pudieron apartarse, fascinados. Y así, atraído como las mismas hojas por ese grupo que avanzaba como una flecha por la calle, acabé arrastrando mi pesado traje en esa dirección. Un par de minutos y tropiezos después, acabé frente a una enorme casa aparentemente abandonada. La fachada estaba, de verdad, cayéndose a pedazos; los ventanales estaban completamente rotos y donde deberían había vidrios, ahora se desplegaban blancas telarañas. Terrorífico. Era un lugar al que definitivamente no debía acercarme, pero al ver ante la puerta una bonita cesta de calabaza repleta de dulces, me adentré más rápido que un rayo por el moribundo jardín. Me paré ante los dulces, miré hacia los lados, no encontré a nadie y los tomé. Mi lógica era sencilla: yo los vi, son míos. Y estaba a punto de llevármelos y cambiar mi canasta hecha con un plato de sopa y cinta por esa casi nueva y bonita, pero a un costado habían puesto con un marcador «Timm». —T-imm —mascullé, con el ceño fruncido—. Si tan solo supiera leer bien... En eso, escuché un ruido proveniente del patio trasero de la casa. Movido por la curiosidad me dispuse a ir a ver, pero solo había logrado doblar hacia el otro lado cuando oí perfectamente cómo la puerta principal se abrió, dejándome congelado por un momento hasta captar una voz humana. —¡Dereeek, el fantasma se robó mis dulces! —chilló una voz. —¿Por qué los dejaste afuera si todos los llevamos? —respondió con obviedad otra voz. —¡Pensé que me los robaría adentro, por eso no me los llevé! —Es lo más tonto que he oído, pero no me sorprende de ti —añadió una voz femenina. Mis cejas se alzaron y volteé hacia la canasta en mi mano. Así que Timm es una persona... Suspirando para aliviar mi perdida, caminé de regreso al frente para devolverla, pero ya no había nadie ahí, solo una puerta entreabierta. Dudé un poco en la entrada, pero luego de pensarlo lo suficiente, decidí que lo mejor era entregarla y disculparme por haberla tomado, no quería volverme el nuevo ladronzuelo del vecindario. La puerta rechinó un poco cuando la abrí y pude ver, gracias a la poca luz que entraba de los ventanales, el interior de la corroída casa. —¿Hola? —llamé, haciendo sonar sobre la vieja madera mis pasos y el arrastre de las hojas y ramitas que componían mi traje—. Timm, tengo tu canasta. —¡T-tiene mi...! —logré escuchar, antes de que una serie de pasos rápidos me indicara que estaban arriba. Sonriendo por haber dado con el dueño, subí corriendo las escaleras haciendo fuertes ecos hasta entrar al pasillo. De pie al inicio, pude ver al fondo la inmóvil silueta de algunas personas agrupadas. Sonreí. Estaba a punto de presentarme hasta que la capucha cayó sobre mis ojos, dejándome a oscuras. —¡Arrgh! —gruñí, alzando mis manos para quitarla, pero ni siquiera lo había logrado cuando escuché una serie de estridentes gritos. —¡El monstruo es real! ¡Corraaan! —gritaron antes de que los pasos sonaran apresurados. ¡¿Hay un monstruo?! Ante el ruido, la desesperación por no ver y mi enorme terror a los monstruos, mis gritos se unieron a los de las otras personas en la planta y empecé a correr sin mirar por dónde iba. —¡VIENE TRAS NOSOTROS! —¡Quítenmelo! —supliqué con voz miserable, sin dejar de correr a ciegas. Mi agitación estaba llegando a niveles abismales para cuando mi rostro se estampó con un golpe hueco contra una pared, haciéndome caer hacia atrás de forma dolorosa, pero permitiéndome ver por fin el techo. No me di mucho tiempo de descanso antes de ponerme de pie de un brinco y mirar hacia todos lados, solo logrando captar como las otras personas entraron tras una puerta al fondo. Intenté tranquilizar mi acelerada respiración sin dejar de buscar por todos lados el indicio de un monstruo, pero al parecer se había ido. —T-Tú no tienes tanta carne, Clay —me dije, limpiando con mis manos las lágrimas del susto que se me habían escapado—, no eres una presa sabrosa. Aún con mi cuerpo temblando como gelatina, me empecé a quitar mi pesado e incómodo disfraz de oso, pensando que los osos sí eran gordos, y que el monstruo podría confundirme con uno real. Al quedarme ya con mi ropa habitual, me apresuré a recoger los dulces que se me habían caído con el golpe y corrí hacia la puerta, oyendo voces desde el interior. —Mi mami me bautizó y voy a misa los domingos. ¡Que se lleve a Derek, no a mí! —chilló una voz aguda. —Estás celebrando una fiesta pagana, te mereces el infierno tanto como yo. —¡N-no te escucho, impío! Al saber que eran humanos, abrí de un tirón. —¡AHHHH! —explotó un estridente grito colectivo. Solté el torrente de dulces al suelo para cubrirme las orejas y me agaché al suelo. —¡Perdón, mamá, vi el mal y no me aparté! —lloró la voz de un niño. Levanté la cabeza sin comprender. Lo primero que vi ante mí fueron un par de zapatos Nike color verde, luego un pantalón de mezclilla decorado con letras en spray y, más arriba, una camisa a rayas de los yankees que se robó mi atención. Era un chico parado frente a mí. No, no era solo uno, eran más, pero todos estaban acurrucados frente a ese que con los brazos extendidos me miraba desde arriba con una mueca de confusión, hasta que soltó un suspiro de alivio por lo bajo. —No es el monstruo —informó, bajando los brazos. Tres cabezas se asomaron a su costado para verme. Una tenía el cabello rizado bajo un sombrero de vaquero; otra, dos rubias coletas; y la última, un par de orejas de gato sobre el lacio cabello castaño. —¿Y el monstruo? —soltó el vaquero, sorbiendo su nariz. —¿Estaban jugando con él? —pregunté avergonzado, estirando la mano hacia la puerta—. ¿Lo llamo? —¡NO! —gritaron los tres, saliendo de su escondite para cerrar con fuerza la puerta. Se pegaron firmemente a la madera y entonces descubrí que era dos niñas y un chico, a parte del que se había quedado en su sitio. Miré la canasta desparramada en el suelo y me agaché a recogerlos antes de ofrecerla. —Vine a devolver esta canasta, ¿está Timm? Los ojos del vaquero con cabello ruloso se llenaron repentinamente de emoción. —¡Mi canasta, la recuperaste! Nunca volveré a dejarte sola —exclamó, tomándola en un abrazo cariñoso, pero se recuperó de inmediato—. ¡Derek, vámonos! Ya descubrimos que el monstruo es real, tú ganas la apuesta. Las dos niñas asintieron, estando totalmente de acuerdo, y los tres empezaron a caminar hacia unas escaleras que daban a una pared rota con salida al jardín. —¡Era un monstruo enorme y aterrador, casi me hago pipí del susto! —continúa Timm. Los empecé a seguir hasta que sentí que algo tocaba mi hombro. Me giré y vi que los dedos de aquel chico que se había quedado atrás habían despegado de mi camiseta una hoja que se había quedado adherida con pegamento en la prenda. La observó y luego me miró con una sonrisa misteriosa. —Un monstruo de verdad aterrador —suelta. Mi boca formó un círculo ante la revelación. ¿El verdadero monstruo era yo? Abrí mi boca para preguntar, pero rápidamente puso un dedo sobre sus labios, indicándome que era un secreto. Sonreí, imitando su gesto. —Y dijo tu nombre, Timm —agrega, juguetón—. Irá tras de ti esta noche. —¡Estoy bautizado, Derek, no sé si sepas lo que eso significa! —¿Que tu mamá tenía la esperanza de que un cura te ahogara de niño? Salimos al jardín y veo que ahora el cielo es más oscuro que cuando había entrado a la casa, dando inicio a un espectáculo de luces y música por todas las casas del vecindario. Jamás había visto algo tan bonito, estaba tan absorto en ello que no me había dado cuenta que aquellos cuatro niños ya me habían dejado un poco atrás y habían tomado las bicicletas que estaban apoyadas en la reja. Sus discusiones y bromas ya se escuchaban lejos de mi alcance, haciéndome volver a la realidad, donde ahora no tenía ningún traje y seguía sin amigos. Volví la mirada a mis manos vacías y en silencio decidí que era mejor volver a casa. —¡Oye! El repentino llamado hizo que levantara mi rostro y viera que aquel chico de antes se había girado para mirarme. —¿A dónde vas? —preguntó. Volteé hacia la dirección de donde creía haber llegado y señalé lleno de duda, haciéndole reír. —¿No quieres venir con nosotros? A unas casas dan dulces de los costosos si le dices cosas bonitas a la señora. Una de sus amigas soltó un comentario sobre su descaro mientras yo me quedé ahí parado sin saber qué responder. —Yo... no tengo canasta, la perdí adentro. —Toma la mía —ofreció la chica con orejas de gato, vaciando sus dulces en la canasta de su amiga—. Sofia y yo compartimos. La rubia hizo una mueca. —Sí, mamá enloquecería si se entera que he comido tantos dulces con el concurso a unos días. Dicho eso, me la tendió y yo solo pude acercarme dudoso. Cuando la tomé, todavía tuve que mirarles sin confianza. ¿Me estaban invitando a unirme a ellos? ¿A su grupo? No tenía mucha experiencia en eso. Aquí nadie se nos acercaba, quizá se deba a mi padre, o quizá a sus amigos. De todas formas, nadie hablaba con nosotros. Aquel chico subió a su bicicleta y palmeó el asiento. —Ven, te llevaré. Dudé. ¿De verdad debería? Entonces, la imagen de los ojos de mi madre de pie en el porche pasó como movida por la brisa y fue ahí donde decidí, por ella, subirme a esa bicicleta. Y eso hice, con torpeza y con más de un golpe al conductor, pero me subí. —Sujétate, pequeño monstruo —dijo en broma. —Me llamo Clay —refunfuñé. Con una risa volteó hacia mí y hasta entonces vi que tenía en sus ojos el mismo color que el cielo en Halloween, tan azul, tan limpio, que me dejó sin palabras. —Entonces, sujétate, Clay. En ese momento no lo sabía, pero desde que mis manos le rodearon y el calor de su cuerpo apaciguó el frío de la noche, yo jamás me volvería a sentir solo, jamás volvería al porche, y jamás vería ojos más bonitos que los que me miraron rodeados de las luces de las calabazas en el último día del décimo mes en Sunshine Valley.
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