Habían pasado exactamente catorce meses desde que Kian entró por primera vez en la habitación 402, un espacio que inicialmente le pareció un cubículo aséptico más y que ahora sentía como su propio refugio personal. En ese tiempo, el mundo exterior había seguido su curso implacable: las estaciones habían cambiado fuera de los muros de concreto y cristal del hospital, las hojas de los árboles del parque cercano habían caído para dar paso al frío, pero dentro, el tiempo parecía haberse congelado en una estasis eterna de luz fluorescente y pitidos electrónicos rítmicos. Sin embargo, para Kian, algo había mutado profundamente bajo su bata de residente. Ya no era solo el joven médico de primer año abrumado por la jerarquía piramidal y las guardias extenuantes; ahora se movía con una seguridad té

