Capítulo cuatro. ¡No soy una prostituta!

1805 คำ
Aquiles tomó a la joven mujer en sus brazos para poder salir del lugar de inmediato. Si sus cálculos no fallaban, la policía arribaría dentro de los próximos diez minutos y bajo ningún motivo podían encontrarlo en el sitio. —¿A dónde me lleva? Anastasia se sentía embotada, sus ideas no eran claras. Luchaba para no cerrar los ojos, no quería despertar y darse cuenta de que estaba en la cama del hombre que la había comprado. —Te llevaré a un sitio donde puedas estar a salvo, no tengas miedo. No te haré daño —le susurró. Anastasia quería creerle. Lamentablemente, no tenía ningún puto motivo para tener fe en la humanidad. Después de todo el hombre que debía protegerla la había vendido como si fuera un maldito objeto. ¿Qué podía esperar de un hombre que no era nada suyo y que encima había pagado dinero por ella? La realidad fue como un baldazo de agua fría sobre el cuerpo enardecido de Anastasia. No obstante, no fue suficiente para aplacar el calor que nacía en sus entrañas y corría por sus venas como el veneno, rápido y mortal. El gemido que abandonó sus labios la llenó de vergüenza; ella no era una mujer de la calle, ella ni siquiera había tenido novio, era virgen… sollozó cuando otro vergonzoso gemido abandonó sus labios. —¡No soy una prostituta! —medio gritó, medio susurró. Aquiles se detuvo por un breve momento, su cuerpo se tensó al escuchar aquel erótico gemido salir de los labios de la joven. —No soy una prostituta —repitió en tono bajo y lastimero. —Lo sé, sé que no estabas en el lugar por voluntad propia, pero no puedo ponerte en el suelo, necesitamos marcharnos o estaremos en grandes problemas —dijo esperando que la joven comprendiera su necesidad de abandonar el lugar. Anastasia no podía decir que comprendía las palabras del hombre, su cuerpo parecía calentarse cada vez que su nariz golpeaba contra el pecho duro que amortiguaba su cabeza. Un escalofrío atravesó su cuerpo cuando sus muslos desnudos hicieron contacto con el frío cuero del asiento trasero del auto. Cerró los ojos y rogó internamente porque nada malo le sucediera y si le pasaba que nunca más despertara. —¿Señor? —preguntó el chofer una vez que Aquiles entró al auto. —Llévame al hangar —pidió dirigiendo su mirada sobre el cuerpo inmóvil de la chica. —Sí, señor. Aquiles recargó la cabeza contra el respaldo del sillón y cerró los ojos. Debía alejar a la joven de toda aquella mierda y buscarle un sitio seguro donde no pudieran encontrarla. Y su mejor opción fue Amorgos, donde tenía una isla privada y a la que nadie tenía permiso de entrar sin previa autorización, ya fuera sus padres o hermana. Ese pedazo de tierra fue su refugio por mucho tiempo. Durante su periodo de duelo por una mujer que ni siquiera era suya. Aquiles apartó el recuerdo tan pronto como llegó. Él no debía siquiera pensar en Helena, no tenía derecho a hacerlo. Después de todo, Helena había sido la esposa de su mejor amigo. Cuatro horas y media después finalmente bajaron del helicóptero que los había llevado hasta la isla. Aquiles pidió la entera discreción de su equipo antes de verlos marchar de regreso a Atenas. Miró a la mujer entre sus brazos y suspiró. No sabía qué tipo de mujer realmente era ella, solo sabía que estaba profundamente agradecido por haberle salvado la vida aquella noche en el callejón. Si sus atacantes lo hubiesen encontrado a estas alturas, él estaría muerto. Aquiles caminó con paso lento hasta la habitación de invitados. Nunca había traído a una mujer a este lugar. Anastasia era la primera y con seguridad sería la única, porque apenas se recuperara, la llevaría de regreso a Atenas. —No soy una prostituta —susurró cuando la dejó sobre la cama. Aquiles pensó que la muchacha se había despertado, pero al mirar su rostro se dio cuenta de que seguía dormida. De sus ojos se derramaron varias lágrimas y él supuso que se debía a todo lo que había y estaba viviendo. No podía imaginar lo que había sido de ella durante los días que estuvo encerrada a merced de esa gente y todo lo que pudieron hacerle. —Descansa, estás a salvo Anastasia —susurró. Aquiles no supo que fue lo que le llevó a apartar el mechón de cabello de su rostro y esconderlo detrás de la oreja de la muchacha. Entonces pudo darse cuenta de las ojeras que se le marcaban y del golpe fino que tenía sobre el labio. Se apartó de la cama y fue al baño por una toalla y un poco de agua. Con duda mojo la toalla y le limpió el rostro y el labio. Ella gimió, sin embargo, no abrió los ojos. Aquiles Stavros maldijo cuando sus ojos se posaron sobre las blancas y firmes piernas de la joven. El vestido era asquerosamente revelador y él no era un puto santo. ¡No!, él era un hombre e inconscientemente su cuerpo reaccionó ante la visión de aquella fina piel. Se apartó de la cama y puso una distancia prudente entre ellos; buscó con la mirada algo que pudiera servirle para cubrir el cuerpo de la muchacha, pero no encontró nada. Caminó, casi corrió a su habitación para buscar una sábana que le sirviera. Anastasia abrió los ojos cuando una fuerte y extraña sensación le atravesó el cuerpo; ella nunca había sido alcanzada por un rayo; sin embargo, podía jurar que era ese tipo de descarga que su cuerpo sintió. Su mente y sus sentidos estaban embotados. Y solo podía ser consciente del calor que corría a través de sus venas. Se puso de pie. Su cuerpo se tambaleó de un lado a otro, luchó lo que pareció una eternidad para enfocar su mirada. La habitación era muy distinta de la otra donde estuvo encerrada. Los ventanales eran amplios y el lugar era verdaderamente lujoso y entonces recordó. «¡Cinco Millones! ¿¡Quién da más!? ¡Señores! ¿¡Quién da más!? ¡Vendida!» Anastasia movió la cabeza, negando los hechos, pero se arrepintió cuando sintió la punzada atravesar su cráneo y de nuevo esa extraña sensación se adueñaba de su ser. El pequeño calor inició en su v****a y se fue convirtiendo en una llamarada que amenazaba con consumirla, devorarla en su calor. El vestido empezó a estorbarle y pronto tuvo que apartarlo de su cuerpo para no volverse loca con aquel roce de la fina tela sobre su piel. «No lo hagas, ¡no lo hagas!», gritó su conciencia. Pero la chica ya no era dueña de sus actos. Lágrimas de frustración y amargura se derramaron por sus ojos al comprender que todo esto era provocado. Su mente parecía aclararse; aun así, no era dueña de su cuerpo. Aquiles se quedó de piedra al entrar a la recámara y ver a Anastasia completamente desnuda en medio de la habitación; la sábana cayó de sus manos y su mirada se posó sobre aquellos redondos pechos y los duros pezones que apuntaban en su dirección sin pudor. Anastasia dio un paso atrás al darse cuenta de que ya no estaba sola… —Por favor, por favor, no me hagas daño. No soy una prostituta —repitió. El corazón de Aquiles se estrujó dentro de su pecho, apartó la mirada. Cogió la sábana y caminó hacia ella, luchó para comportarse como el puto caballero que no era. —Ten —dijo y su voz le salió más ronca de lo habitual. —No te acerques, por favor —pidió al verlo caminar hacia ella. Aquiles se detuvo, no se atrevió a dar un solo paso más y lanzó la sábana sobre la cama. —No haré nada que tú no quieras, no soy quien tú crees. No tomaría a una mujer sin su consentimiento —aseguró. Pero Anastasia estaba lo suficientemente asustada para prestar atención a sus palabras, ella salió disparada al cuarto de baño. Aquiles maldijo en todos los idiomas que conocía y en los que no también al escuchar los sollozos de la muchacha al otro lado de la puerta. Anastasia temblaba de pies a cabeza y cuando un latigazo de dolor atravesó su cuerpo cayó de rodillas. Lágrimas se desbordaron de sus mejillas, mientras se arrastró hacia la ducha y abrió la llave, el agua fría golpeo su cuerpo, pero no aplacó la necesidad de su cuerpo; su piel se erizó y sus pechos dolieron. Anastasia deslizó su mano entre sus piernas y tocó su clítoris hinchado, lloró y lloró porque no podía detenerse. Ella no tenía experiencia con los hombres, era virgen. No obstante, conocía su cuerpo y sabía que todas las sensaciones y emociones que la embargaba no calmarían por arte de magia. Un gemido lastimero y avergonzado salió de sus labios, cuando sus dedos acariciaron la piel sensible de su v****a. Sus jugos se mezclaron con el agua y ella se tocó. Se tocó como si fuera una mujerzuela y gimió alto y duro y, aun así, no fue suficiente para calmar el calor que la atormentaba desde sus entrañas. Anastasia odió por primera vez a su padre, se sintió ruin e indigna por lo que hacía. No obstante, no era culpable. Ella no era culpable de lo que le estaba ocurriendo, si tenía que señalar a un responsable ese no sería otro que Leónidas Drakos. Su padre. Mientras tanto, Aquiles pensó que era un hombre masoquista. La carpa en sus pantalones estaba a punto de reventar por los gemidos que escuchaba salir del cuarto de baño y al mismo tiempo la sensación de impotencia de no poder extender su mano hacia la mujer y calmar su tormento. Él podía abrir la puerta y tumbar a Anastasia contra el piso y enterrarse en sus húmedos pliegues, pero tenía una deuda con ella y no iba a pagarle robándole su virginidad de esa manera tan fría y cruel. Por lo que esperó y esperó. No supo exactamente cuánto tiempo pasó antes de que los sollozos y gemidos se apagaran. Tenía miedo de entrar y mirar a la joven. Sin embargo, no podía dejarla sola. Y la necesidad de saber como estaba fue mucho más fuerte que su prudencia. Abrió la puerta y la vio desmayada bajo el chorro de agua. La tomó entre sus brazos y la llevó hasta la cama y corrió por un par de toallas. La secó teniendo cuidado de no tocar su piel. Ella sollozó un par de veces, pero no volvió a despertarse y por primera vez desde que era un hombre adulto, durmió en la misma habitación de una mujer sin meterse entre sus piernas… —No soy una prostituta…
อ่านฟรีสำหรับผู้ใช้งานใหม่
สแกนเพื่อดาวน์โหลดแอป
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    ผู้เขียน
  • chap_listสารบัญ
  • likeเพิ่ม