Capítulo veintitrés. Mí milagro

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Anastasia miró al niño frente a ella, no era muy distinto de ella, tenía el cabello oscuro como ella y su madre, excepto los ojos y el rostro que era la viva imagen de su padre. —¿Es mi hermana? —preguntó el niño parpadeando como si no pudiera creer las palabras de su madre. —Sí, es Anastasia, ¿recuerdas que te platiqué de ella? —Olimpia miró a Anastasia cuando pronunció aquellas palabras. —Sí, dijiste que se había ido de visita al cielo, ¿Le dieron permiso para volver? —La inocencia de Enzo conmovió el corazón de Ana. —Anastasia es un milagro, mi milagro —aseguró Olimpia sin ocultar sus lágrimas y su felicidad. Enzo corrió y abrazó a Anastasia como si la conociera de toda la vida, ella no pudo hacer más que corresponder el cariño que recibía. —Me temo que tenemos mucho de qué hablar

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