Evangeline Cuando salimos del agua, el aire frío del pasillo me golpeó como una bofetada, recordándome que la tregua en la piscina tenía límites físicos. Cassian me ayudó a ponerme la bata de seda, envolviéndome con una atención que me descolocaba. Mis manos volvieron a temblar ligeramente; el calor me había relajado, pero la debilidad seguía ahí, agazapada bajo mi piel, esperando a que el esfuerzo me pasara factura. Caminamos de regreso a la habitación en un silencio absoluto. Al entrar en la suite, la luz de la luna bañaba la cama de un tono plateado y espectral, haciendo que todo pareciera un sueño del que estaba a punto de despertar. O quizás él despertaba y yo no. ¿Podia dejarlo entrar solo para destruirlo? Me senté en el borde del colchón, frotándome los brazos para recuperar

