CAPÍTULO 2

1920 คำ
Aquella fiesta a la orilla del mar, era todo menos normal, eso lo pudo comprobar Natalie de León cuando puso un pie en aquella arena y todos a su alrededor parecían perdidos en su propio mundo. Con la excepción de los meseros que iban y venían con diversas bebidas, a pesar de la buena música nadie parecía bailar entre sí, simplemente estaban reunidos en grupos gritando a todo pulmón la letra de cada canción o en algunos casos reían de alguna incoherencia que decía alguno de ellos. La joven decidió caminar hacia el salón donde ya debían estar sus amigas, ahí el ambiente era diferente, la gente parecía más relajada, bailaban, se besaban, cantaban; la joven rubia suspiró mirando para todos lados hasta que dio con su alta amiga que parecía charlar amenamente con un joven moreno con el cabellos hasta los hombros se podría decir que le daba cierto aire a un joven Tom Cruise. — Me va a odiar por interrumpir, pero dijimos que no nos separariamos ¿No?. Dijo para sí misma mientras caminaba hacia donde Tala Castillo reía de algún mal chiste con tal de ligar. — Tala, cielo — dijo Natalie llegando hasta la nueva pareja, su amiga la miró con una ceja levantada, como apurando a que se fuera de ahí. — Nat, ¿Has encontrado a las demás?. — No, solo a ti. — ¿Y no quieres ir a buscarlas?. Natalie frunció el ceño cruzando el de brazos. — Bien — dijo Tala levantando las manos en forma de rendición, antes de mirar a su acompañante — Dame cinco. Natalie la miró confundida mientras Tala la tomaba de la mano alejándose para llegar a la barra mientras el clon de tom no quitaba la mirada de encima de las dos. — Nat ¿Sabes que te amo verdad?. — Tala… — No cielo, nada de Tala — dijo la joven imitando la voz de su amiga rubia — Se que me amas y porque me amas, dejarás que me coma a ese bombón porque como bien sabes ha sido un mes de abstinencia. — No te vayas a morir — respondió Natalie con ironía. — Natalie, ve y busca un polvo que también desde lo de Rafael no te has desempolvado. — Creí que habíamos venido a bailar y divertirnos. — Y también por un buen polvo. Natalie miró a su amiga de mala manera, antes de que está última besara su mejilla para volver con el chico que la recibió sonriente. — Buscar un polvo, a eso hemos llegado — dijo la rubia en voz baja. — No es tan difícil con un cuerpo como el tuyo. Una voz profunda hizo que Natalie se sobresaltara girándose hacia la barra detrás de ella, un hombre la miraba con una sonrisa. La joven admiro a aquel hombre, su atractivo era indiscutible, los tatuajes al descubierto en su pecho le daban aquel toque rebelde junto con el humo de cigarro evaporandose en su boca en aquella sonrisa torcida, sus ojos negros que la miraban divertido la hizo pasar saliva, era un n***o como el abismo que bien podía atravesar el alma de cualquiera. — Entonces chula, ¿Has tenido suerte? — dijo el desconocido con voz ronca. Natalie salió de su ensoñación para sonreír ante aquel hombre. — Pues depende de qué tanta suerte quieres que tenga. El joven castaño miró con sorpresa a la mujer frente a él, no siempre tenía la suerte de encontrarse una mujer que supiera lo que quería. — Me gusta que vayan al punto, no sé para qué tanto rollo si uno quiere follar pues folla y ya. — La sociedad es un juicio constante. El joven salió detrás de la barra para acercarse dejando salir el humo de la última calada. Natalie pudo oler más de cerca el tabaco y también apreciar el rostro de aquel individuo, el cabello castaño caía revuelto sobre su frente, mientras sonreía mostrando sus perfectos dientes, una pesada cadena de oro también caía de su cuello y varios anillos haciéndole juego. — ¿La misma sociedad que juzga un acto simple como si fuera uno mortal?. — ¿Acto simple? — dijo Natalie sonriendo — ¿Que se supone que significa?. — Ya sabes solo es un poco de diversión. Natalie vio cómo el hombre sacaba un tubito con unas esferas de no más de medio centímetro transparentes. — Digamos que las drogas no son lo mio. — Solo es un dulce, esto no es adictivo — dijo el hombre acercándose a ella — Podemos compartir. Rodrigo Montalban sonrió ante el nerviosismo de aquella mujer, la había visto desde que había entrado al salón, claramente no era ninguna invitada, ni sus amigas tampoco pero poco le importaba el hecho de que bastante gente se colara a aquella fiesta, después de todo si se salía de control el problema sería para Jafar. Volvió a fijar su vista en la rubia, ella podía ser su vía de escape esa noche, no estaba nada mal, además estaba seguro que la mujer no esperaría que el fuera un caballero trayendole el desayuno, había quedado claro que sería solo un buen sexo. — ¿Qué dices chula?. — Que primero quiero bailar. — Yo no bailo. — No te lo pedí. Rodrigo vio cómo la joven le guiñaba un ojo antes de pasar por su lado hacia la pista de baile, esto lo hizo sonreír mientras metía uno de sus dulces a su boca, la joven clavó su mirada en él mientras se movía al ritmo de la música, el joven castaño se acercó a paso seguro hasta apoderarse de la cintura de la rubia metiendo una de sus piernas entre las dos de la chica y siguiendo el movimiento. — Creí que no sabías bailar — dijo Natalie con una sonrisa colando sus manos en los hombros de aquel hombre. — Yo nunca dije que no sabía, solo que no bailaba. Natalie se mordió el labio mientras seguía moviendo su cuerpo en perfecta sincronía con aquel desconocido, después de todo ¿por qué no dejarse llevar? Solo es una noche más. Jonas Calibran miraba desde una distancia prudente como el joven Montalbán parecía divertirse con aquella desconocida, cuando había llegado a la fiesta hace un buen rato los hermanos se habían dedicado a juguetear con todas aquellas mujeres que los reconocían pero esa chica, ella parecía no saber en brazos de quien se encontraba, Jonas solo esperaba que Rodrigo supiera cuándo parar su juego, porque de lo contrario las consecuencias serían una catástrofe. — Jonas pareces un halcón, relájate un poco — el joven asistente sintió la mano de Jafar en su hombro presionando más de lo normal, pero no se inmutó, como bien siempre decía Rodrigo su hermano no era completamente de fiar. — Usted sabe joven Jafar, que las órdenes de su padre son bajo ninguna circunstancia dejar a su hermano solo. — Él no se moverá de aquí, como puedes ver está bastante entretenido — Jafar sonrió señalando con su copa hacia su hermano que aún se mantenía pegado a la rubia — En cambio tu Jonas, ni siquiera un vaso de agua te has tomado. — No me es necesario, estoy bien. En un momento Jafar se colocó frente al asistente con una copa frente a él. — Solo te tomará un segundo. Jonas frunció el ceño apartándose del joven Montalbán pero sus sentidos se alertaron cuando la imagen de Rodrigo desapareció de su visión. Jafar Montalbán sonrió para sus adentros cuando vio la cara de contrariedad de Jonas. — O quizá solo sea un segundo el que te haga desaparecer, salud Jonas. El joven Jonas vio al mayor de los Montalbán alejarse riendo, en ese momento supo que había caído en la trampa de Jafar, se había despistado una fracción de segundo y seguramente aquella desconocida mujer era cómplice de castaño mayor, Rodrigo podría estar corriendo peligro, tenía que actuar rápido. Rodrigo sonreía de lado mientras colocaba uno de sus dulces en los labios de la rubia para posteriormente delinearlos con sus dedos. Natalie movió el dulce con su lengua mientras la mirada penetrante de su acompañante se volvía más oscura, había accedido a compartir aquel "dulce" después de que el hombre insistiera en qué no habría efectos adversos ya que no era una droga. — Es fascinante la sensación ¿no? — hablo el castaño cerca de los labios de la joven. Natalie cerró los ojos, era una sensación como si estuviera flotando, se sentía ligera, llena de energía, sin pensamientos que la agobiaban, sabía que era una falsa sensación de felicidad, la diferencia era que estaba consciente de todo a su alrededor, de todo lo que ocurría y cada decisión tomaba. — Se siente bien — dijo la rubia al cabo de unos segundos. Rodrigo sonrió de lado cuando vio a la rubia mostrar su lengua con lo que quedaba del dulce, sin pensarlo un segundo más él unió su propia lengua a la de esa desconocida para posteriormente unirse en un beso. Natalie seguían el ritmo de aquel beso enredando sus dedos en el cabello del castaño, la verdad es que el hombre sabía cómo mover su lengua, era la primera vez que sentía miles de sensaciones en un beso, claro que Natalie lo asoció al hecho de los efectos secundarios del "dulce". — ¿Dónde está tu habitación? — dijo Rodrigo con voz ronca. — ¿Mi habitación? — dijo Natalie nerviosa mientras se alejaba de él. — ¿Te hospedas aquí no?. Natalie sonrió nerviosa mientras asentía, estaba segura que si negaba que se hospedaba aquí la echaría de la fiesta y del hotel, además podría perder su trabajo. — Sí claro, pero aún es muy temprano para irnos ¿no?. — Quiero follarte — dijo Rodrigo tomándola en sus brazos — Además no me quedaré toda la noche, solo es un polvo. — Bien, pero cierra los ojos, no quiero que sepas mi número de habitación. Rodrigo rió. — ¿Estás bromeando? No confío en ti. — Y yo tampoco en ti — habló la rubia soltándose del agarre del castaño — Así que lástima, lo hubiera disfrutado. — Yo no ruego chula. — No te lo he pedido. Natalie camino para salir de aquel diminuto pasillo, iba pensando en dónde se habrán metido sus otras tres amigas cuando unos brazos se aferraron a su cintura, el aroma del hombre desconocido le llegó a su nariz y la sensación de estremecimiento la sintió cuando la profunda voz del hombre se escuchó en su oído. — No te escaparas de mi tan fácilmente, aceptaré cerrar los ojos pero nada de trucos chula porque las consecuencias podrían ser fatales para tí. Natalie sonrió para sus adentros, se giró sobre sí para volver a besar los labios del castaño esta vez más efusivamente, la primera vez que lo besó había sentido su cartera en uno de los bolsillos ahí debía tener la tarjeta de su habitación y no se equivocó. — Vamos — dijo dejando de besarlo escondiendo la tarjeta — Cierra los ojos. En ese momento no supo porque pero Rodrigo Montalbán por primera vez hizo caso a una mujer, a una desconocida, quizá fuera la lujuria que decidía por él o la doble dosis de dulce que se había tomado aquella noche pero se dejó guiar por aquella mujer sin nombre, se dejó guiar porque por primera vez se sentía libre aunque quizá nunca lo admitiría.
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