11 Roark Natalie estaba acurrucada a mi lado. Un fuego ardía en la extraña chimenea delante de nosotros. Pero no había combustible, ni árbol ni leña que alimentara las llamas. Aun así, calentaba la sala y al pequeño que dormía en mi pecho. Mi hijo. Solo pensar en esa palabra causó que mis ojos se llenaran de lágrimas y me doliera el corazón. Y ya me había perdido tanto. El vientre redondo de mi compañera, sus pechos hinchados. Me había perdido el nacimiento, su primera sonrisa. Mi hijo no conocía mi cara, mi tacto, mi voz. Pero su madre sí. Mi compañera se derretía a mi lado, suave y dulce y más hermosa de lo que la recordaba, y solo habían pasado diez días. Su cara estaba un poco más redonda, sus curvas más pronunciadas. No podía esperar a desnudarla y reclamarla de nuevo, recordarl

