NO ES UN SUEÑO.

1371 คำ
Nunca me detuve a pensar en el momento de ofrecerle un lugar donde vivir a Alondra. De hecho, no pude ser capaz de explicar el motivo que me llevó a ir al reclusorio con media hora de anticipación. Sabía la hora exacta de su excarcelación. Me sentía conmovido por su caso y también sentía pena al saber que pasó doce años de su vida en un lugar nada agradable por un crimen que no cometió.   No podía concebir que fuera condenada a treinta años, por pruebas meramente circunstanciales. No podía esperar mucho de la justicia del país y la manera abrupta de llevar los juicios y condenas. El sistema tenía un fallo terrible, pero era lo que había. No era este el único caso por el cual me veía enfrentado al Ministerio Público, estaba también el proceso de Calista, la mujer seguía libre después de haber comprobado gracias a unas cintas de video su culpabilidad en la muerte de Camilo, el hijo de mi mejor amigo. Apreté el puño con discreción, pues lo último que quería era asustar a la mujer sentada a mi lado. Pero las injusticias es algo que no puedo tolerar, Calista culpó a Camila, siendo inocente, fue sometida a un acto de venganza por parte de Maximiliano, un acto ruin con el cual nunca estuve de acuerdo y no descanse hasta demostrar junto a Altaír la inocencia de la rubia, que sin querer me había robado el corazón.   El pequeño golpe sobre mi hombro, me hizo girar en dirección de Alondra. Sonreí al ver cómo sus ojos se cerraban, parecía no haber dormido la noche anterior, las ojeras bajo sus ojos verde esmeraldas la delataban. Una vez dormida, pude observar la ropa que había enviado para ella, le sentaba bien, no me había equivocado al elegir la talla.   Sin embargo, tener a Alondra en mi auto y dirigiéndonos a mi casa. No es el peor de mis males. Por mucho que trataba y trataba de no pensar en Camila, mis pensamientos iban directamente a ella. Era un error, era la esposa de Maximiliano y así me costará la vida, debía olvidarme de ella. Cerré los ojos, mientras suspiraba.   —Hemos llegado señor —La voz de Ernesto, me hizo abrir los ojos, no me había llevado al departamento, sino a mi casa fuera de la ciudad, situada camino a carretera a El Salvador. No venía a menudo por aquí, pero de alguna manera por la situación suscitada con Altaír, había optado por permanecer en el apartamento.   —Alondra despierta, Alondra, hemos llegado —dude un momento antes de mover su hombro con sumo cuidado, no quiero asustarla, sin embargo, ella parece estar profundamente dormida, pues por mucho que pronuncie su nombre y la sacudo, ella simplemente no despierta.   —¿Necesita que la traslade a una de las habitaciones señor? —Ernesto pregunta, tan atento como siempre. Pero niego, él es un hombre mayor, no soportaría el peso de la joven mujer. Le doy la gabardina en su lugar.    —Llévate esto y abre la puerta para mí —pido al tiempo que tomó el cuerpo esbelto de Alondra entre mis brazos. Nunca antes había tenido un contacto tan íntimo o de esta índole con ella, siempre fueron nuestros saludos formales, un apretón de manos y nada más. Su cabello castaño se disuelve cayendo en cascada detrás de mis brazos. Sin querer pienso en cierta ojiazul de cabellos dorados. Niego y continuó hasta entrar a la habitación que será de ella a partir de hoy en treinta días. Recuesto su cuerpo sobre la cama, ella se acomoda y hace un gesto que me provoca reírme, me abstengo pues no deseo interrumpir sus sueños, se ve tan cansada y frágil. La observo un poco más antes de salir de la habitación y cerrar la puerta tras de mí. Camino con rumbo a la biblioteca dudando de mi decisión. Puede que me esté equivocando; pero soy el tipo de persona que cree que todos merecen una segunda oportunidad. Sobre todo, cuando se la merecen en verdad y Alondra era claramente una víctima de las circunstancias, estuvo en el lugar y el momento equivocado. Abandonada por quienes debieron creer en su inocencia, su familia, sus padres quienes estaban obligados a protegerla y en su lugar terminaron por huir del país, dejándola sola a merced del sistema.   Me recosté sobre el sillón de piel en la biblioteca, cerré los ojos necesitaba descansar, entre los problemas de Maximiliano con Camila y los problemas de Altaír. Apenas había tiempo para mí. Incluso era la primera vez en el mes que pisaba mi casa. Quedándome en el apartamento de la ciudad, para estar a la orden en cualquier situación en la que se me pudiera necesitar y también por el caso de Alondra.   No puede evitar evocar la imagen de ella dormida. Su rostro estaba limpio de maquillaje, tenía unas cuantas pecas adornando su nariz, negué ¿Cómo era posible pensar en ella? Solo era mi invitada y estaría marchándose, en los siguientes treinta días. Esperaba para entonces poder limpiar sus antecedentes, para que pudiera tener mejores oportunidades de empleos y una vida digna. Se lo merecía después de tanto sufrimiento. Mis pensamientos fueron interrumpidos por el suave toque a la puerta.   —Pase —indique, me acomode mejor en el sillón, para ver a mi visitante.   —El almuerzo está servido, señor Solís ¿Su invitada almorzará en la mesa junto a usted? —preguntó la joven empleada, negué con un movimiento de cabeza. Dudo que Alondra despierte en un buen rato.   —Déjala dormir, puedes servirle el almuerzo después —ella asiente antes de salir de la biblioteca. Con un respiró profundo me pongo de pie, para dirigirme al comedor. Estoy cansado de la soledad y de amar a quien nunca podría corresponder mis sentimientos, además de que nunca sería capaz de decirle una sola palabra al respecto, no quiero perder la amistad de Maximiliano y la confianza de Camila, depositada en mí.   ****** La suavidad de las sábanas envuelve mi cuerpo, me siento descansada, relajada, como nunca antes me había sentido. Me niego a abrir los ojos y despertar a la realidad, no quiero despertar en las cuatro paredes de la celda que ha sido mi hogar durante doce años. Deseo llorar, porque este sueño ha sido realmente hermoso. Sentir el calor del sol en mi piel, respirar el aire de la ciudad en libertad y sobre todo el momento más perfecto de todos. Mariano esperando por mí, un sueño y nada más.   El sonido, de unos golpes llaman mi atención, no eran golpes brutos como los que solía escuchar desde mi celda, estos eran educados.   —Señorita ¿puedo pasar? —la voz de la chica que pregunta, me hace abrir los ojos de forma abrupta, para darme cuenta que no estoy en la celda de la prisión, sino en una habitación muy hermosa, el color hueso y las lámparas en color oro le dan un toque elegante, las cortinas en vino tinto desde el techo al piso. Me levanto, para sentarme a la orilla de la cama, antes de indicar a quien llama, que ya puede entrar.   —Lamento despertarla señorita, el señor Mariano, me ha pedido que no lo hiciera, sin embargo, pasan más de las seis de la tarde y usted no ha probado un solo bocado —abro los ojos sorprendida ¿Cuántas horas he dormido? la vergüenza me invade, pues no recuerdo cómo llegué a la habitación y sobre todo a la cama. Me estremezco al pensar que ha sido él, quien me ha traído.    —Lo siento, me he quedado profundamente dormida —la vergüenza solo se acrecentó dentro de mi pecho, mis mejillas se calentaron sin poder evitarlo.   —No se preocupe señorita. Si el señor pregunta, solo dígale que se ha despertado por su cuenta —pidió. Asentí y salí tras ella, apreciando cada detalle de la casa, la casa donde estaría viviendo, hasta conseguir un trabajo y un lugar propio, para empezar a vivir la vida que fue truncada desde que tenía dieciocho. La ráfaga de felicidad que me invade es indescriptible, saber que esto que vivo, no es un sueño.
อ่านฟรีสำหรับผู้ใช้งานใหม่
สแกนเพื่อดาวน์โหลดแอป
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    ผู้เขียน
  • chap_listสารบัญ
  • likeเพิ่ม