Capítulo 7

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Gabriel sonrió, porque esperaba eso de ella. En el poco tiempo que la llevaba conociendo, sabía que era pretenciosa y orgullosa. —Deberías sonreír más a menudo, te ves muy hermosa cuando sonríes —a Isabela se le secó la boca, y el aire se le atascó. —Oh, lo tomaré en cuenta —dijo tratando de disimular el destello que sintió ante ese halago. Sorbió el último liquido de su taza, inhaló profundo y se dispuso a irse. —Gabriel, ha sido un placer tomar un café contigo, pero ya debo irme. —Te acompañaré —se ofreció sin dejar lugar a discusión. —Ok —no le quedó más que aceptar. Caminaron bajo la leve nieve cayendo, sus abrigos se iban llenando de nieve y formándose de un tono blanco. Llegaron al edificio de Isabela y, desde ahí abajo ella lo despidió. —Gracias por tu invitación y compañía —dijo al girarse. —No tienes que agradecer. Me ha gustado pasar este momento contigo, sabía que no eres la amargada que mostrabas ser los primeros días. —¿Es un halago o una ofensa? —Gabriel sonrió. —Un halago. —Bueno, trataré los siguientes días de no ser tan amargada. Gabriel se acercó, congelando los pies de Isabela. —Me encantaría que los demás días, fueras está versión, aunque si te soy sincero, la otra me encanta más —le dio un beso en la mejilla, cosa que hizo temblar el corazón de Isa—. Hasta mañana, Isabela. Sin más, se marchó dejando a Isabela con el corazón en la garganta y el alma en un hilo. —Uff —dijo ella, y se giró para subir a su departamento. … El aire fresco de la mañana de diciembre llenaba la habitación de Isabela mientras ella se preparaba para el día. La reunión del lunes había sido no tan parcial; aunque no todos estaban convencidos, había logrado despertar el interés de algunos miembros del equipo. Si bien la fundación tenía una parte para iniciar la restauración, se necesitaba más que eso para dejarla como el sigo XIX. Mientras se vestía, sus pensamientos regresaron a Gabriel. Había algo en él que la atraía, un magnetismo que la hacía sentir viva. La forma en que la miraba, con esos ojos verdes que parecían leer su alma, la hacían cuestionar sus propias barreras. Se regañó a sí misma por pensar en otro hombre después de todo lo que esos dos canallas le hicieron vivir. No debía estar pensando en su compañero de trabajo, ya que, no era bueno abriste a alguien que ni siquiera mostraba interés. Si ni los que mostraron interés en ella la valoraron, menos lo haría alguien que, apenas y conocía y, no había en su mirada ni palabras pronunciadas, ninguna insinuación. Decidió dejar de comportarse como una adolescente. Después de un desayuno rápido, salió de su apartamento y se dirigió a la oficina. La ciudad estaba cubierta por una ligera capa de nieve, y las luces navideñas brillaban con una calidez que contrastaba con el frío exterior. Isabela sintió que la atmósfera festiva la asfixiaba, pero su mente no se dejó dominar por esos recuerdos. Al llegar a la oficina, se encontró con Lucía, quien la esperaba ansiosamente. —¿Cómo te sientes después de la reunión? —preguntó Lucía. —Me siento bien, creo que logramos algo importante —Eso es genial. Pero hay algo más que debes saber —dijo Lucía, bajando la voz como si estuviera compartiendo un secreto—. Algunos de los socios están hablando de hacer un viaje a la mansión este fin de semana. Quieren ver el lugar en persona antes de tomar una decisión final. Esa era bueno, pensó Isabela. Si podían ver la mansión y sentir su historia, tal cual la contaba Gabriel, tal vez cambiarían de opinión. —¿Cuándo se irán? —El sábado por la mañana. Tienes que estar lista para presentar tu visión en el lugar —dijo Lucía, animada. —¡Perfecto! —exclamó Isabela. La mañana transcurrió rápidamente entre reuniones y llamadas. Isabela concertó una reunión con Elena y Gabriel. Cuando llegó la hora de salir, se sintió ansiosa, por la posibilidad de pasar más tiempo con Gabriel. Al llegar los encontró ya a ellos ahí. —No me digan que llegué tarde. —Nunca querida, desde que te conozco, siempre has sido puntual. Eso le dio un fresquito a Isabela, que evitaba la mirada de Gabriel. —Los socios han decidido hacer una visita a la mansión, quieren ver cuánto presupuesto se deberá invertir. —¿Crees que después de eso quieran invertir? —Hay algunos que están dispuestos a cooperar, pero otros están recios a hacerlo, pero confío en que se logrará el objetivo. Explicó dándole una mirada a Gabriel. —Eso es genial. Ver el lugar puede cambiar muchas opiniones —dijo Gabriel—. ¿Te gustaría que te acompañe? Puedo ayudarte a presentar tu visión. Isabela sintió que su corazón se aceleraba. La idea de tenerlo a su lado la llenaba de una sensación especial. —Me encantaría. Tus cuentos de hadas podrían enamorar a algunos y hacerles olvidar el tan elevado presupuesto —respondió, sintiendo que la vulnerabilidad era más fácil de manejar hablando con él. —Cuenta con ellos, los enamoraré como lo hice contigo —al decir eso, Isabela sintió el café formarse en bola que se atoró en su garganta, un poco más y se encasquilla—. Es broma —dijo al verla roja. —Me hace feliz que se lleven bien. El primer día parecía que iban a odiarse. La tensión en la mesa se volvió densa, e Isabela agradeció que sonara su celular para tener en que entretenerse, pero al ver de quien era el mensaje, se llenó de rabia, y su expresión agradable, se convirtió en desagrado. —¿Todo bien? —Inquirió Gabriel. Isabela asintió, conteniendo el aire. … El sábado llegó rápidamente, e Isabela se despertó, se duchó y vistió con cuidado, eligiendo un abrigo elegante y una bufanda que complementaba su atuendo. Mientras se miraba en el espejo, se preguntó si Gabriel notaría que había hecho un esfuerzo especial por verse bien. Rodó los ojos cuando se dio cuenta que parecía una ridícula. ¿De cuándo acá ella se vestía pensando si a alguien más le agradaría? Después de mirarse por repetidas veces en el espejo, se marchó. Al llegar a la mansión, el grupo de socios ya estaba reunido en la entrada. —¡Buenos días a todos! —saludó Isabela. —Buenos días, Isabela. Estamos aquí para ver la mansión ¿Tú secretaria no te lo hizo saber? —inquirió uno de los socios. —Claro que me lo hizo saber —dijo tajantemente—, si eso les hace sentir mejor, adelante.
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