La jaula dorada.

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—Fratello. [Hermano] Me acerqué a él, sus brazos me rodearon y beso mi frente, su cuerpo se tensó y se apartó antes de mirar mi cuello y observar mi rostro tensó. —¿Dónde estuviste anoche? —Las palabras salieron secas y llenas de odio. —Salí con mis amigas. —Levantó mi mentón y observó mi cuello. —Te recuerdo que debes estar pura para nuestro socio ¿Qué mierda significa eso? Mi mano apartó la suya de un manotón, observé a mi padre que parecía impasible mientras su heredero hacía aquellas preguntas. El enojo fluyo por mi cuerpo en un intento de calmar las cosas. —Respondele a tu hermano. —No es mi padre. —Hable seca y caminé al comedor, al menos lo intente hasta que mi padre hablo. —No des un paso más, Valeria. Como camines un solo paso, me conocerás. —apreté los dientes y lo miré. —Responde la maldita pregunta. Mis ojos volvieron a mi hermano. Sus brazos se cruzaron y me quede un momento en silencio. —Anoche salí, un ebrio se me lanzo encima, me hizo esto, lo golpee, me fui. —hable tranquila—. ¿Necesitas corroborar mi pureza o puedo ir a comer? —¿Te tocaron? La voz de mi padre rugió mientras se levantaba, sus ojos fueron al hombre que me seguía a todos lados, pero él no sabía nada. Teníamos un trato. —¿Qué mierda estabas haciendo? Rugió mientras se acercaba a él. —Me encontraba a una distancia prudente, era un civil ebrio, cuando observe lo que pasaba me acerque, pero cuando llegué la señorita ya lo estaba golpeando, nos fuimos después de eso. Evite la sonrisa que quería aparecer en mis labios. Mis ojos seguían fijos en mi hermano, paso la mano por su pelo antes de señalar el comedor. Camine hasta a él para sentarme en la enorme mesa de roble, mis ojos repasaron la comida y tomé algunas cosas para empezar a comer. —¿No te toco nada más? —Su voz salió dura, me lo imaginaba queriendo matar a alguien. —No, solo dijo que me confundió con su pareja—arqueo una ceja—. Estaban por matarlo, hasta que la chica se acercó e hizo una escena, era verdad, ambas llevábamos vestido n***o y el cabello suelto. Y sí, —hable antes de que dijera algo—teníamos el mismo color de cabello. —Tienes que dejar de ir a esos lugares, no es seguro—negó molesto. —Fui a uno en el centro la ciudad, no tiene ningún clan a cargo. No les diría que vi a todos esos mafiosos o posiblemente mi cuartada se iría por el retrete, solo debía mantener mi discurso en silencio. —Preferiría que no fueras, hay movimientos raros. Si él supiera. Para mi hermano seguía siendo su inocente hermanita, pero eso no era del todo cierto. —Mañana es tu compromiso con Leonardo. —Las palabras de mi padre hacen que me suba la bilis—. No sé cómo explicaremos eso que llevas en el cuello, pero intenta esconderlo con maquillaje, no queremos arruinar nuestros planes. Claro que no. Era el tributo para tomar las costas y extender su poder. ¿Cómo harían? —He mandado a que te dejen vestidos, debes ir decente, pero no como una santa—mi hermano tomó la palabra—. Debes ser la mujer de Mancini. Puta, pero decente. Solo me visto como un trozo de carne vendible y finjo ser virgen. No debía ser tan difícil. —Entendido. —observé mi plato sin terminar—. Permiso para retirarme. Mi padre arrugo su nariz mientras me observaba. Sus ojos se quedaron un momento en mí antes de negar. —Figlia, non fare così con me. Ti amo. Ma devi capire che la famiglia ne ha bisogno, dal momento che tua madre è venuta a mancare... [Hija, no hagas eso conmigo. Te amo. Pero tienes que entender que la familia lo necesita, ya que tu madre ha fallecido...] —Non usare mia madre in questo. [No uses a mi madre en esto]—mis ojos arden. —Da quando se n'è andata, hai solo fatto un disastro dopo l'altro, capisco, eri tutto per lei, la sua luce. [Desde que se fue, has hecho un desastre tras otro, entiendo, eras todo para ella, su luz.] Mis ojos escocían mientras pronunciaba aquellas palabras. Apreté el tenedor con fuerza tratando de reprimir mis emociones. —Lei vi amava, tutti e due, era il suo ultimo desiderio. [Ella los amaba, a los dos, era su último deseo.] A eso se resumía todo. mi madre había elegido mi futuro esposo, aunque lo dudaba de ella. Mis dedos aflojaron el agarre del tenedor, contuve cualquier emoción y lo observé. —Mañana estaré lista para el evento, ahora quisiera irme. Sus ojos me estudiaron un momento antes de tomar aire y soltarlo exageradamente. Solo afirmó y movió la mano. Me levante ignorando a mi hermano que estaba por hablar, solo camine hasta la salida de la casa. Mis piernas se movieron solas hasta la motocicleta. Tomé el casco y las llaves de la pared. Mi guardia negó y se subió a su auto sabiendo que no lo esperaría. Apreté el acelerador y sonreí cuando el viento me golpeo el cuerpo. Las calles pasaron rápidas hasta que llegue a uno de los callejones en la parte baja de la ciudad. Estacione donde siempre, uno de los chicos se acercó, mi mano se movió lanzando un fajo de billetes en su dirección. Me sonrió antes de quedarse parado. —¡La princesa ha llegado! Observé a Filipo sonreír desde arriba del ring, sus ojos pasaron por mi rostro antes de negar. Sabía que no estaba contenta, probablemente ahora me lo desquitaría con alguien o simplemente dispararía. —¿Balas o golpes? —Lo observé con una sonrisa antes relamer mis labios. —Golpes, balas y quizás… —moví las cejas y negó. Me gustaba molestarlo, pero su política de nada sexo con los alumnos me jodia los planes por completo. Era una roca, no me deja entrar. —Cambiate y vuelve. No tarde mucho en estar lista. Sus manos tocaron las mías mientras pasaba la venda por estás. Mantuve los ojos en él que me ignoraba por completo. —Creo que me tienes miedo—mi tono estaba lleno de burla. —Solo mantengo mi vida intacta, cariño—me observó—, hay un precio por la cabeza de quién te toque. Hice una mueca y me concentre en golpear, lo hice por horas antes de pasar a practicar tiro al blanco, pero cuando menos lo espere, me encontré camino a lo que sería mi maldita venta. —Sei bellissima, ragazza mia. [Eres hermosa, mi niña.] —sonreí, aunque no quería—. Leonardo sarà felicissimo di voi. [Leonardo estará encantado contigo.] —Recuerda comportarte, debes mantenerte cerca de tu prometido, nada de escabullirte. Ignoré a mi hermano mientras observaba por la ventana. Ignoré a todos hasta que llegué a mi destino. Y murmuró aquellas palabras. —Solo comportate. El tintineo de las copas y el murmullo elegante de la multitud se mezclaban en la banda sinfonía. La sala estaba llena de hombres con trajes impecables y mujeres cubiertas de seda con diamantes, sonriendo como si este fuera un evento cualquiera. ¿Eran consciente de que estaban presenciando mi sentencia? El vestido rojo sangre que llevaba se ajustaba a mi cuerpo como una segunda piel, diseñado para hacerme parecer imponente. Como una reina. Pero yo no sentía poder. Sentía que me estaban subastando, envuelta en una cinta de oro. Solo necesitábamos al presentador preguntando quién da más. Mi padre levantó su copa y el ruido se desvaneció. —Esta noche—su voz grave se expandió por la sala— celebramos la unión de dos grandes familias. Un lazo que asegurará nuestro legado y reforzará nuestro poder. El aire se volvió espeso. Supe lo que vendría y no me gusto, sobre todo cuando la mano del sujeto que me condena se colocó en mi espalda. —Mi hija, Valeria, se casará con Leonardo Mancini. Los aplausos no tardaron en llegar, falsos y afilados como cuchillos. Yo no reaccioné. Solo me dedique a ver las sonrisas falsas, sentir sus falsa alegría. Luego sentí algo peor. Su mano en la mía. Leonardo la tomó con firmeza, levantándola ante la multitud, como si yo fuera un premio que había ganado. Estaba levantando la copa frente a todos con orgullo. No era su maldito premio. No lo seré nunca. —Es un honor, Vincenzo—dijo él con una sonrisa fría. Su mirada se deslizó hasta mí—. Una unión poderosa. Sus dedos se apretaron alrededor de los míos. No fue una caricia. Fue una advertencia. Se inclinó apenas, lo suficiente para que solo yo lo escuchara. —Tienes suerte, Valeria—susurró, con veneno en la voz—. Serás mi esposa. Mi reina. Y una reina no necesita pensar. Solo obedecer. Un escalofrío me recorrió la espalda, pero mi rostro no mostró nada. Había aprendido desde niña a ocultar el miedo, a tragarme la rabia. A sonreír cuando quería gritar. Sabía actuar cuando quería. Así que lo hice. Porque era lo que se esperaba de mí. Pero sobre todas las cosas, porque Leonardo caería la misma noche de bodas. La fiesta continuó, aunque yo no estaba realmente allí. Me deslizaba entre los invitados con una sonrisa impecable, aceptando felicitaciones que sonaban huecas en mis oídos. Hasta que lo vi, al lado de la pared, con una bandeja en la mano. Mis pies se movieron hasta llegar a él, sus ojos ámbar repasaron mi figura antes de volver a mi rostro. —No pareces feliz, princesa. Vestido de n***o, con su expresión impenetrable y esos ojos que parecían verlo todo. Con la luz del lugar podía apreciar mejor su cuerpo. parecía esculpido, demasiado para ser un mozo en un evento. —Pensé que me darías tus felicitaciones. —Sonrió de lado y negó. —¿Hay algo que felicitar? —tomé la copa y él observó a todos lados. —No. Sus ojos volvieron a estudiarme en silencio, sonrío de lado antes de relamer sus labios. —Pareces un poco frustrada. —¿A ti qué te importa? —Mi voz salió afilada. Ladeo su cabeza. —Nada. —Sus ojos recorrieron mi rostro con una precisión inquietante—. Pero ya que hice que no murieras esa noche, por lo menos, podrías sonreír—miró a un costado—, también puedo follarte en el baño, mientras tu prometido no nos mira. —Se enderezó—. Esas son todas las opciones de bebidas, señora. Estaba por preguntar que decía cuando de nuevo sentí aquella mano en mi espalda. Giré mi rostro y lo imagine con millones de aguja en los ojos. Aquel pensamiento me hizo sonreír. —¿Qué haces? —Le pregunto al sujeto por las bebidas que hay—moví mi copa—. Si sigo tomando esto, me embriagare. Sus ojos bajaron a mis pechos y relamió sus labios antes de volver a mirarme. —Puedo encargarme de ello, pero no puedes hablar más con el personal o no te gustara lo que pasara. Su mano tomó mi mentón y mordí mi lengua cuando observé a mi hermano y padre observarme. Cuando la gala terminó y los invitados se fueron, salí a la terraza en busca de aire. El mar n***o de Sicilia se extendía ante mí, inmenso, eterno. No escuché los pasos hasta que Leonardo apareció a mi lado. —Espero que hayas disfrutado tu noche, mi amor. No lo miré. —No soy tuya. Él rio suavemente. No de diversión. De superioridad. —Eres lo que yo decida que seas. Se giró, reduciendo el espacio entre nosotros. Su mano se deslizó por mi mejilla con una ternura falsa, porque su mirada era dura como el acero. —Tu padre hizo un buen trato. Y si crees que puedes desafiarme, estás equivocada. —Sonrió de lado—. Lo nuestro no es una elección, Valeria. Es destino. Lo miré. Las emociones se multiplicaron; náuseas; asco; odio. Aun con todo eso no parpadeé. No retrocedí. Si él creía que iba a ser una esposa sumisa, aquella mujer que aceptaría su jaula dorada… No sabían con quién estaban tratando. —¿Destino? —Me acerqué—. Estas equivocado, no es nada de eso y no vuelvas a tocarme. Su cuerpo dio un par de pasos más, dejo su mano en mi cuello apretando con fuerza haciéndome jadear. —No te confundas. No soy tu padre. No soy tu hermano. Y si tengo que domesticarte para que me respetes, lo haré.
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