Lucca observó a Lucio con evidente enfado al escuchar sus palabras. Sintió como si estuviera burlándose de él, pero ya había tenido suficiente. —¿Qué más debo saber según tú? —Negó—. No importa, no quiero escucharte, no estoy interesado en nada que tenga que ver contigo, Lucio. Márchate de mi oficina o me veré obligado a pedir que te echen —dijo con frialdad. —No puedes hacerme esto, eres mi yerno. ¡Haré que la prensa hable de ti! —gritó con desesperación. —Haz lo que quieras, dudo mucho que alguien esté interesado en escucharte, Lucio. Sin dinero, no tienes poder —dijo sin más. Lucio salió de la oficina despotricando, pero Lucca ya no le prestó más atención, sumergiéndose en su trabajo, esperando llegar temprano a casa y disfrutar de su esposa, Alessia, la mujer de su vida. Mientras

