Allegra miró a su madre con enfado, mientras la sangre bullía con fiereza en su interior. —¡No vuelvas a ponerme una mano encima! Porque puedo olvidar fácilmente que eres mi madre y devolverte el golpe —gritó con enojo. Su mejilla dolía, pero no tanto como su corazón. ¿Cuándo habían cambiado tanto? ¿Cuándo la ambición doblegó sus corazones? Pensó. Todo había sido diferente mientras Alessia y ella eran niñas. Y luego mientras crecían las actitudes de sus padres fueron cambiando. —¡No te atrevas a amenazarme, Allegra! —gruñó Consuelo con los dientes apretados y los puños cerrados. —No te equivoques, no te estoy amenazando, te estoy advirtiendo —soltó con enfado a tiempo de ver a su madre elevar la mano para golpearla. —¡¿Qué significa esto?! —La voz de Lucca resonó en la habitación, er

