Pequeño Incidente

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Los viernes, Sabrina, comía con su tío Juan, hermano de su padre y su tía María, a veces también estaba su prima Vero, Juanito, hermano de Vero se fue a vivir fuera de la ciudad cuando se casó, lo veía de vez en cuando en alguna fiesta familiar. Su tía María, le había hecho de madre en algunos momentos, siempre que la necesitó, sobre todo en la adolescencia allí estaba ella, como le iba a negar comer con ellos los viernes. Esa misma tarde, a las cinco y cuarto, su padre Victor se tomaba una cerveza con Josh en una terraza. —Ya tenía yo ganas, de tomarme tranquilamente algo contigo Victor, últimamente estás poniendo muy dificil pasar el rato contigo. —Hoy no tengo prisa, ya lo sabes.— Contestaba Victor a su amigo. —Sabrina trabaja y nadie te espera ¿Verdad? —Verdad, así es, no creas que me gusta mucho que esté poniendo copas por la noche, pero que le vamos a hacer. —Ya es una mujer Victor, toma sus decisiones. —Demasiadas decisiones toma a veces. —¿Lo dices por el novio? —Claro que lo digo por el novio, no puedo ni verlo, de verdad es que me supera… —Tranquilo Victor. Escucha una cosa, mañana te vienes a comer a casa, ya lo he hablado con Higinia y le parece bien. —Tú y tu mujer sois muy amables conmigo, no es nece… —Sí que lo es, eres mi amigo y te aprecio, sé que sino estarás todo el fin de semana sin hacer nada. Pasaremos la tarde tomando unas copas, nos lo pasaremos bien. Victor sonreía, miraba con aprecio a su amigo Josh. Siempre se preocupaba de él, de las pocas personas que se preocupaban de él. Después de un par de cervezas más, se despidieron hasta el día siguiente. Cuando Victor llegó a su casa, se duchó y se puso cómodo. Sonó el teléfono, era su hermano Juan. —¿Qué tal Juan? ¿Todo bien?— Preguntó Victor. —Sí, sí, todo bien, solo quería hablar contigo un rato… —Como cada viernes, Sabrina come con vosotros, y tú me llamas para darme las novedades ¡Ay calla! Que nunca hay ninguna novedad, porque supongo que no la ha habido, como siempre. —María le ha sacado la conversación una vez más.— Le decía su hermano captando su atención. —¿Y?— Preguntaba ansioso Victor. —Nada nuevo, sigue en sus trece. —Lo sabía, no sé porque me llamas para esto… —Para hablar contigo coño, que eres mi hermano… —Lo siento, lo siento Juan. Es que esto ya dura demasiado, no sé que hacer, de verdad que no sé que hacer. —Se lo hemos vuelto a decir, pero no hace caso Victor. —Que cabezona que es la niña por Dios. —Oye, a ver cuando vienes a comer tú ¿El domingo te va bien?— Preguntaba Juan a su hermano. —El domingo es perfecto. —Vale, voy a decírselo a María, no me falles ¡Eh! —Hasta el domingo hermano.— Se despedía Victor. Aquella noche del viernes, Carly y Daniel entraron en el bar donde trabajaba Sabrina, la vieron con una bandeja, sirviendo varias copas a un grupo de gente. Se sentaron en una mesa, Sabrina dejó la bandeja en la barra y se dirigió donde estaban ellos con una sonrisa. —¿Qué tal chicos?— Los saludó alegre de verlos. —Muy bien, contentos de ver a una buena amiga.— Respondía Carly mirando a Daniel, este confirmaba con la cabeza, a la vez que aporreaba la mesa con los dedos siguiendo el ritmo de la música, como si fuera el batería del grupo. —¿Qué queréis tomar?— Preguntaba Sabrina. —Gin tonic, hoy gin tonic.— Contestaba Daniel, con los ojos cerrados escuchando la música, sin dejar de dar golpes con los dedos en la mesa. —Venga, dos gin tonics guapa.— Confirmaba Carly. —¿Qué le pasa hoy a Daniel? Está que solo le falta ponerse a cantar encima de la mesa.— Reía Sabrina mientras apuntaba la comanda. —Su tío le ha subido el sueldo y está eufórico.— Daniel abrió los ojos con una sonrisa enorme. —Ponte uno para ti Sabrina y siéntate con nosotros, te invito.— Le decía Daniel alegre. —Más tarde, en media hora tendré el descanso y hablamos un rato.— Contestó Sabrina dándose la vuelta. Pasaron unos diez o quince minutos, Carly y Daniel se tomaban sus copas hablando de sus cosas, Sabrina iba de un lado para otro, sirviendo bebidas, que recogía de la barra para llevarlas a las mesas. Era la hora punta, se llenaba el local antes de que en las discotecas hubiera ambiente. Una de las veces, que Sabrina fue a la barra a pedir varias copas, de reojo, vio como su novio, el zoquete, entraba por la puerta, por la manera de aguantarse de pie, se le notaba que no iba muy fino, o mejor dicho, que se había puesto fino a drogas, se medio tambaleaba con la mirada algo perdida. Sabrina giró la cabeza mirando a Carly, esta, que también se había dado cuenta de la presencia del novio, el zoquete, le devolvía la mirada reconociendo la intención de su amiga. Sabrina se acercó donde estaba plantado el zoquete. —Ven, apártate de aquí, que quiero hablar contigo.— Le dijo, mientras apoyándole una mano en el hombro, lo apartaba de la entrada buscando un poco de intimidad. —Hola cariño.— Decía el novio, mientras intentaba besarla y le ponía una mano en el culo. La cobra que le hizo Sabrina para librarse del beso, y el manotazo para apartarle la mano de su culo, le dejaron claro al zoquete que algo iba a pasar. —Mira, esto no tiene ningún recorrido, hasta aquí hemos llegado.— Le dijo Sabrina con decisión. —¿Me estás dejando?— Preguntaba un sorprendido novio. —Sí, justamente eso es lo que… —Y una mierda nena, a mí no me deja nadie que yo no quiera ¿Pero que coño te has pensado tú hija de puta? Le contestó gritando, parecía que se le había pasado el efecto de la droga, la empujó contra la pared y levantaba la mano para agredirla. Sabrina, soprendida y asustada, intentaba taparse la cara con las manos, veía que le iba a caer una hostia de un momento a otro. En ese momento, Daniel, que había seguido toda la secuencia de acontecimientos junto a Carly, le sujetó la mano que tenía levantada el zoquete, este se giró mirándole la cara incrédulo. Antes de que se diera cuenta, Daniel lo tenía sujetó por el cuello contra la pared, levantándolo dos palmos del suelo. —¿No has oído lo que te han dicho gilipollas?— Le increpaba Daniel con mala leche. La gente se fue arremolinando alrededor del incidente, se abrió paso entre las personas el propietario del bar, vio a Sabrina asustada, y a un tío colgado de la pared, sujeto por un hombretón agarrándolo del cuello. Conocía a los amigos de Sabrina, y conocía al novio, no tuvo que pensar demasiado para darse cuenta de lo que pasaba, le puso una mano en el hombro a Sabrina calmándola. —Ven, apártate un poco, tranquila.— Sabrina se apartó como le dijo el jefe. —¿Puedes bajar a este c*****o de mi pared por favor?— Le preguntó a Daniel, que miraba al zoquete como si lo quisiera matar. Lo soltó de golpe, casi se da un talegazo de morros al poner los pies en el suelo, el jefe lo agarró por la espalda, sujetándolo por la chaqueta, acompañándolo a la puerta de salida que no estaba muy lejos. —Lárgate y no vuelvas más, como te vea por aquí llamo a la policía, o mejor, te la enviaré donde vendes la droga, que todos sabemos donde lo haces. Y si vuelves a molestar a Sabrina, cuando te encuentre la policía, no te va a reconocer ni la madre que te parió, de la paliza que te abre dado. El jefe volvió a entrar en el local, la gente se había sentado en su sitio, Carly y Daniel consolaban a Sabrina, se le notaba en la cara el susto. —Ya está Sabrina, ese gilipollas no te volverá a molestar. Por cierto, ya era hora que lo dejaras, ese tío no era bueno para ti ¿Quieres irte a casa?— Le habló el jefe amablemente. —No, no, si no te importa haré el descanso ahora.— Respondió Sabrina. —Bien, como quieras, descansa el tiempo que te haga falta.— Miró a Carly y Daniel, dándoles a entender que cuidaran de Sabrina. La acompañaron a la mesa donde estaban sentados, Daniel fue a la barra, para pedirle un gin tonic a Sabrina y se lo llevó a la mesa. —Mira, hoy me haces de camarero tú a mí.— Intentaba hacer un chiste Sabrina, mientras levantaba la copa para darle un sorbo con la mano temblorosa. —Te hemos dicho muchas veces que ese tío no era bueno ¿Has visto como ha reaccionado? Te podía haber hecho mucho daño, y si lo llega a hacer en otro sitio, o en tu casa mientras estáis solos, te hace lo que le hubiera dado la gana.— Le recriminaba Carly a su amiga nerviosa. —Ya está bien, vamos a tranquilizarnos, no ha pasado nada, que es lo importante. Además, la buena noticia es que ya se ha deshecho de él.— Apuntaba Daniel. —Carly tiene razón, soy una cabezona y no pienso bien las cosas. Muchas gracias chicos, si no llega a ser por vosotros...— Les agradecía Sabrina. —Si no llega a ser por Daniel, que es un bruto.— Reía Carly, haciendo reír a los demás. Cuando las copas estaban a punto de vaciarse, apareció el jefe, con una bandeja y tres gin tonics más que les puso encima de la mesa. —Seguir pasándolo bien chicos, hoy las copas van a mi cargo.— Les dijo, poniéndole una mano cariñosamente en el hombro a Sabrina. —Muchas gracias jefe, por todo.— Le agradeció Sabrina. El jefe era muy estricto en cuanto al orden en el trabajo, pero tenía un gran corazón. Sabrina era trabajadora y responsable, después del susto, por una noche que estuviera con sus amigos y se lo pasara bien, no pasaba nada. Aquella misma noche, unas horas antes, después de las cervezas con Josh, Victor hizo la compra de toda la semana y algunas botellas de vino, para no ir con las manos vacías a la casa de su amigo y su hermano. En su casa, descansó, se duchó, cenó algo ligero con el albornoz puesto y buscó en el armario ropa para ponerse esa noche. Miró la hora en su reloj, entró al cuarto de baño y se peinó con cuidado, después, dejando caer unas gotas de perfume en la mano, se las pasó por la cara y el cuello. Salió de la casa, con una botella de vino metida en una bolsa y caminó, no tardó mucho en entrar en un portal, subió un par de pisos y llamó a la puerta.
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