Los días se volvían cada vez más difíciles, más pesados, no había instante en el que no se arrepintiera de haber tenido que ser la secretaría de Leonardo White.
Podría decir: de “aceptar ser su secretaria”, pero justo ahí radicaba: ella no había aceptado ser su secretaria, él solo se lo había ido a ordenar, y como resultado tenía el triple de trabajo que cuando era un simple secretaria, un peón más en una enorme empresa.
Tres semanas habían transcurrido desde que ella era secretaria de él, y la calma había sido su más peligrosa enemiga: no tenía un segundo de sosiego, unas enormes y atrapantes ojeras se dibujaban debajo de su demacrado rostro, por petición de él, tenía que llegar horas más temprano, ella ni siquiera comprendía la razón de aquella orden: llegaba a la empresa y solo estaban él y ella y muy pocos empleados, tan pocos que una mano era necesario para contarlos, durante el periodo en el que ambos se encontraban casi solos en la empresa, lo único que Emma recibía, era preguntas incomodas y comentarios que no salían de su mente durante el día completo.
Si fuera un poco más segura de sí misma, podría decir que Leonardo estaba coqueteando con ella…, pero era incapaz de llegar a una conclusión correcta: un día él era amable, otro era tosco, otro era coqueto, otro feliz como un niño, el otro… amargado como un anciano.
—Tienen que estar listos para mañana —le indicó él, la muchacha elevó sus ojos, demasiado agotados como para que pasaran desapercibidos ante un hombre tan observador como él—. No dormiste bien —notó, aunque era demasiado evidente.
Ella odiaba cuando él le decía algo como aquello, la culpa de que ella no haya dormido bien, era suya, y únicamente suya. Por primera vez, Emma pensaba en renunciar, sabía que pasar madrugadas enteras sin dormir, terminaría matándola.
—No mucho —respondió, desviando los ojos de Leonardo.
—Y estás más delgada —observó, con los labios fruncidos en una expresión que no fue demasiado clara para ella—. ¿Estás bien?
Emma suspiró, regulando la pequeña masa de furia que empezaba a crecer en su pecho.
—Lo estoy, es solo que es demasiado… trabajo —confesó con franqueza, tal vez buscaba que él se enojara y la despidiera, así al menos no sentiría la culpa de tener que renunciar a tal vez el mejor trabajo que podría conseguir.
—Pero es más paga.
—Pero el trabajo es demasiado para mí… —La muchacha arrojó los papeles sobre la mesa, su cabeza dolía demasiado, apenas desayunaba, dormía unos tres horas, se encerraba en su casa a terminar los documentos que su jefe le había ordenado…, no podía continuar así por demasiado tiempo, de hecho, tres semanas había sido suficientes para ella—. Creo que esto no se hizo para mí —le dijo, tal vez queriendo revelar sus ganas de renunciar…, o volver a su antiguo puesto.
—¿ Qué quieres decir con esto, Emma?
—Nunca he visto como algo b-bueno, sacrificar mi salud p-por trabajo. —Su voz sonaba exhausta y tímida, como si se atrevía a decirle eso, pero aún sentía miedo de hacerlo.
—Sigo sin entenderte. —Por supuesto que la entendía, pero le gusta el vaivén de la cansada voz de Emma—. Sé más directa. —Tomó asiento, al lado de la mujer, mirándola a los ojos, contacto que ella no pudo mantener ni siquiera por cinco segundos.
—Este puesto implica más responsabilidad de l-la q-que puedo soportar s-sin lastimar mi salud.
Emma se estremeció cuando sintió la mano de Leonardo dando débiles palmadas en su hombro, lo miró por el rabillo del ojo, tragando saliva sin decir nada. Las palmadas pronto se convirtieron en suaves caricias al hombre de la tensa mujer, que seguía con las palabras encarceladas en su garganta.
—Lo entiendo, Emma. No lo hago intencionalmente, ¿lo entiendes?
Ella le miró. En realidad si parecía que lo hacía de manera intencional, pues si él no pidiera ir tan temprano, ella al menos podría dormir un poco más de tres horas cada noche.
—Lo entiendo.
—Aunque tienes razón, ha sido mucho trabajo, yo también me encuentro exhausto. —Ella le miró, sin ser capaz de disimular sus emociones—. ¿Por qué me miras así? Lo digo en serio, ¿no me crees?
—Claro que sí, señor Leonardo… es s-solo que… este puesto es demasiado para mí, creo que… q-quisiera que… ¿no hay alguna posibilidad de que yo regrese a mi antiguo puesto?
—No. —Severa e inmediata, así fue la respuesta que Emma recibió, él ni siquiera pareció considerarlo, solo le lanzó aquella respuesta como un huracán que destruyó las débiles esperanzas de Emma de volver a su vida regular—. No hay posibilidad, Emma.
—Es q-que…
—No hay posibilidad de que recuperes tu antiguo puesto: te quedas aquí, conmigo, o te vas de la empresa.
Emma tragó saliva ante la severidad y decisión de sus palabras, una vez más, demostró que no era alguien para nada flexible. Pero, se dijo a sí misma que no podía poner su salud por encima de un puesto de trabajo…, tres semanas durmiendo mal y su cuerpo no lo resistía, apenas podía comer, pues el dolor de estómago la obligaba a rechazar la comida, el dolor de espalda y cuello no le permitían concebir paz… eso sin contar los ocasionales mareos o pérdida de consciencia que sufría de manera reiterada… no imaginaba como sería si seguía así por seis meses… o un año… tenía pensado que Leonardo se iba en tres meses, pero él parecía tener planes muy distintos y ella no soportaba una noche más sin dormir.
—Pues…, creo que no me queda otra opción —anunció Emma con pesadez, colocándose de pie de manera débil—. Voy a renunc…
—Espera, espera. —Leonardo se colocó de pie rápidamente, sujetándola por los hombros y sentándola de nuevo en donde estaba, las manos largas del hombre empezaron a masajear a la tensa mujer, quien se estremeció ante el contacto, no era alguien que hubiese experimentado demasiado tacto masculino, apenas había perdido la virginidad, y había sido en una fiesta que parcamente recordaba—. No digas cosas de las cuales te puedes arrepentir, Emma. —La voz de Leonardo entró a sus oídos, paseando por ella, sus movimientos se tornaron más suaves y relajantes, aunque se sentía incomoda, debía de admitir que le gustaba.
—Es que…, señor… es muy desgastante para mí… creo que es lo mejor…
—No, claro que no es lo mejor. —Soltó los hombros de la mujer, quien sostuvo su bolso, no importaba lo que él le dijera, ella terminaría yéndose, no podía soportar ese trabajo por mucho más tiempo—. Te quedarás sin empleo, nunca conseguirás uno como este, lo entiendes, ¿cierto?
—Tal vez no quiero un empleo como este. —De nuevo, intentó ponerse de pie y él la obligó a sentarse. Había algo en el tacto de Leonardo que la ponía nerviosa, algo que no sabía describir.
—Vamos, Emma, solo estás cansada, si dejas el trabajo hoy, mañana terminarás arrepintiéndote.
Ella lo miró, no creía que sus palabras tenían razón. El motivo por el que se encontraba así de exhausta, era justamente el trabajo. Tal vez terminaría arrepintiéndose, lo aceptaba, pero eso no significaba que no pudiese conseguir un trabajo que requiera menos de ella.
Leonardo vio como de nuevo, Emma se paró en silencio. Sus pasos eran algo torpes, se notaba demasiado extenuada, y desde su posición, él se tomó el atrevimiento de detallarla con la mirada. Una sonrisa se estampó en su rostro, a pesar de que no era la mujer más exótica que había visto en su vida, era realmente atractiva. Sus delgadas piernas y sus intensos ojos le otorgaban algo que Leonardo no sabía describir.
—Piensa bien en lo que haces —le advirtió, antes de que ella pusiera un pie fuera del lugar. La mujer no respondió, pero escuchó los pasos de Leonardo detrás de ella, acercándose a ella y sujetándola con suavidad por la cintura. La respiración femenina empezó a sacudirse, pero seguía sin decir palabra alguna—. Sé que te arrepentirás. —Cuando Leonardo se acercó a su oído para susurrar aquello, un fuerte escalofrío invadió a la mujer, quien se alejó de su jefe, mirándola con un deje de perplejidad. El perfume tan fuerte del hombre, se introdujo en sus fosas nasales y se aferró a las partes de su cuerpo que él había apenas tocado.
—Me gustaría q-quedarme, s-señor, pero… es demasiado para mí, y…
—Bien —la interrumpió, ella creyó que la dejaría irse, pero no sucedió así—. ¿Qué te parece si te propongo algo?
—¿Qué cosa? —preguntó, recelosa.
—Nada malo, no te preocupes —la tranquilizó, descifrando la prevención en aquellos ojos femeninos—. Tengo una propuesta para ti, pero… —Se aproximó más a la mujer, a su rostro, como si fuera a tocar sus labios, aunque terminó parando en su oído—… ¿qué te parece si te la digo en otro sitio?
—P-pero… es de trabajo la propuesta… ¿ver-dad? —cuestionó Emma, con voz trémula, él aún no alejaba su rostro del de ella, quien era poco buena ocultando los repentinos nervios que sentía.
—Claro, es una propuesta laboral, ¿qué creías?
—Nada —respondió Emma de inmediato—. Pero… si es una propuesta de trabajo… ¿por qué no me la da aquí?
La mano de Leonardo acarició el terso cabello de la mujer. Ella frenó un palpitante movimiento que luchaba por escaparse de su cuerpo.
—Eres mi secretaria, Emma, creo que es bueno que seas un poco más cercana conmigo.
Ella le miró, sin comprender demasiado sus palabras. ¿A qué se refería con más cercana? Entendía que era lo suficiente cercana, e incluso… demasiado.
—No entiend-do a que…
—Me caes bien, Emma, ¿lo sabías? Además de mi secretaria, me interesa que seas mi amiga, que no me veas como tu simple jefe, ese que te explota con trabajo —rió al decir aquello—, así que se me ocurrió que… no sé… —Leonardo giró, observando un cúmulo de papeles desordenados dispersos sobre el escritorio—. Tal vez podrías ayudarme a llevar esos papeles a… a mi apartamento.
Ella le miró con los labios entreabiertos y las cejas alzadas.
—P-pero yo tengo que ir a mi casa y prepararme algo de c-comer y…
—No te preocupes, ¿la comida es tu excusa? Puedo ordenar una. Una para ambos. —Se alejó de la mujer, recogiendo los papeles con una rapidez sorprendente—. Ayúdame a llevar estos papeles a mi auto, luego iremos a mi departamento en donde te ayudaré a ordenarlos si es eso lo que parece molestarte, luego te daré una propuesta que sé que aceptarás. —La mujer seguía allí parada, sin decir tan solo una palabra, no quería ejecutar lo que él le decía, y Leonardo pareció darse cuenta—. Y, para aclarar, aún trabajas para mí, así que lo que estoy diciendo no es una petición, esto es una orden.